Durante siglos, la voz de los antiguos gobernantes mayas se apagó bajo el peso de la selva. Pero en la Zona Arqueológica de Ek’ Balam, en Yucatán, un fragmento de estuco devolvió su identidad a uno de ellos: Ukit Kan Lek Took’, el soberano que presidió el auge de la ciudad entre los años 770 y 890 d.C.
La pieza fue hallada durante los trabajos de conservación de la Plaza Elevada Este de la Acrópolis, una estructura monumental de más de 40 metros de longitud que servía como residencia de la élite.
El descubrimiento, realizado por el equipo dirigido por los arqueólogos Leticia Vargas de la Peña y Víctor Rogerio Castillo Borges, fue más que un hallazgo fortuito: una tapa de bóveda, designada como TB 29, que había permanecido sellada por más de doce siglos y que contenía un texto glífico de valor incalculable.
La bóveda que habló

La losa, de 77 centímetros de largo y recubierta por una delicada capa de estuco, mostraba la figura del dios K’awiil, asociado al rayo, la realeza y la fertilidad del poder divino. Junto a la imagen, una serie de glifos preservaba un nombre: Ukit Kan Lek Took’, acompañado de una fecha exacta —18 de septiembre del año 782 d.C.— que conmemoraba el cierre ritual de la habitación donde fue hallada.
El epigrafista David Stuart, director del Boundary End Archaeological Research Center, logró descifrar la inscripción. Según explicó, el texto no solo certifica la presencia del gobernante, sino que ofrece un punto de referencia cronológico excepcional para fechar todo el conjunto arquitectónico. Por primera vez, los investigadores pudieron afirmar con certeza que ese aposento fue la residencia del propio Ukit Kan Lek Took’, el corazón de su poder político y simbólico.
El palacio del rayo

La tapa TB 29 no apareció sola. En una habitación contigua, la número 80, se recuperó una segunda inscripción, TB 28, con una variante onomástica del mismo nombre: Ukit Winik Kan Lek Took’. Los especialistas creen que podría tratarse del mismo gobernante o de un miembro de su linaje, lo que refuerza la idea de que la Plaza Elevada Este funcionó como el núcleo residencial y dinástico del reino de Talol, del que Ek’ Balam era capital.
Años antes, en 2012, otro hallazgo ya había anticipado esta posibilidad: una fachada teratomorfa de más de tres metros de altura en el cuarto 79, adyacente al aposento real. Su enorme mandíbula esculpida en estuco representaba la boca del inframundo, símbolo de tránsito entre la vida y la muerte. Por su estilo, se cree que fue un modelo o ensayo para el posterior edificio funerario Sak Xok Naah —“La casa blanca de la lectura”—, el mausoleo donde reposaron los restos del soberano.
El discurso de piedra

La restauración permitió identificar al menos nueve habitaciones decoradas con frisos, relieves y figuras modeladas en estuco: guerreros, cautivos, jaguares, tortugas, soles y monos. Cada elemento formaba parte de un programa iconográfico complejo, una narrativa visual que hablaba de poder, legitimidad y conexión divina. El dios K’awiil, representado una y otra vez, actuaba como garante del linaje real, recordando que el rayo no solo destruye, también consagra.
Para los arqueólogos, la bóveda sellada es una cápsula del tiempo que revela la dimensión íntima del poder maya. El cierre ritual de la habitación, registrado con precisión en el 782 d.C., sugiere que Ukit Kan Lek Took’ quiso inmortalizar su autoridad mediante un gesto sagrado: clausurar su morada con la imagen de su deidad protectora, sellando en piedra el eco de su nombre.
El poder de lo que resiste
Más de mil años después, esa inscripción resurge como un testimonio de permanencia. El hallazgo no solo reconstruye la historia de Ek’ Balam, sino que devuelve rostro y voz a un soberano que quiso desafiar al tiempo. Entre relámpagos, glifos y estuco, el nombre de Ukit Kan Lek Took’ vuelve a brillar, recordando que la verdadera eternidad maya no estaba en los templos, sino en la palabra grabada en piedra.