3I/ATLAS vuelve a dar una pista clave, pero esta vez no tiene que ver con su trayectoria ni con su composición química. El foco está en su corazón. Gracias a semanas de observaciones continuas, los astrónomos han conseguido algo que hasta ahora se resistía: medir directamente cómo gira su núcleo a partir de su propia actividad.
Un chorro que delata el movimiento interno
Durante una campaña de observación de casi 40 noches, un equipo de investigadores siguió la evolución de 3I/ATLAS desde el Observatorio del Teide. En lugar de limitarse a analizar la cola de polvo —que siempre apunta en sentido opuesto al Sol—, detectaron un chorro estrecho de gas y partículas que emergía desde la región iluminada del núcleo.
Lo importante no fue solo su presencia, sino su comportamiento: el chorro cambiaba de orientación de manera regular. Esa oscilación, repetida noche tras noche, es la huella directa de la rotación del núcleo. Como una linterna mal alineada, el chorro barre el espacio a medida que el cometa gira sobre sí mismo.
Entre 14 y 17 horas por vuelta

Al comparar la posición del chorro en distintas noches, los investigadores pudieron estimar el período de rotación: entre 14 y 17 horas para completar una vuelta. El rango se debe a pequeñas variaciones en la intensidad del chorro y a la geometría cambiante entre el cometa, el Sol y la Tierra, pero el dato es sólido.
Lo llamativo es que ese ritmo encaja perfectamente con el de muchos cometas del Sistema Solar. No es una rotación extrema ni caótica. Es, en términos físicos, un comportamiento “normal”. Y ahí está la clave: por primera vez, un objeto interestelar muestra una dinámica interna directamente comparable a la de cometas bien estudiados.
Por qué este dato importa de verdad
Medir la rotación de un cometa no es un detalle anecdótico. El período de giro condiciona cómo se distribuye el calor solar, qué regiones se activan, cómo se fragmenta el material y hasta qué tensiones internas sufre el núcleo. En cometas conocidos, estos parámetros son esenciales para entender su evolución y su posible desintegración.
Hasta ahora, en objetos interestelares solo se podían hacer inferencias indirectas. En el caso de 3I/ATLAS, el chorro activo actúa como un marcador natural, ofreciendo una ventana directa a su física interna.
Un paso más en el seguimiento global
3I/ATLAS fue detectado oficialmente el 1 de julio de 2025 por el sistema ATLAS, y desde entonces se ha convertido en uno de los cuerpos más observados del año. Cada nuevo dato añade una capa de contexto: cómo libera material, cómo responde al calentamiento solar y ahora, también, cómo gira su núcleo.
Lejos de agotar el interés, este resultado refuerza la idea de que 3I/ATLAS no es solo una rareza orbital. Es un laboratorio natural que permite poner a prueba, con datos reales, hasta qué punto los procesos cometarios son universales. Y esta vez, al menos en su rotación, la respuesta parece clara: no es tan distinto de lo que ya conocemos.