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Ciencia

El nuevo hábito que se instala antes del primer año y preocupa a los expertos

Cada vez más bebés interactúan con pantallas antes de cumplir un año, en un fenómeno que crece silenciosamente dentro de los hogares. Un reciente informe revela cifras sorprendentes, diferencias según el entorno familiar y señales que podrían cambiar la forma en que entendemos el desarrollo temprano.
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La tecnología ya no espera a la adolescencia para entrar en escena. Hoy, se instala desde los primeros meses de vida, moldeando rutinas, vínculos y hábitos cotidianos. Lo que parece inofensivo podría estar redefiniendo la infancia de formas que aún no comprendemos del todo. Un estudio reciente pone números a esta realidad y abre preguntas clave sobre el presente y el futuro de los más pequeños.

Un contacto que comienza antes de lo esperado

El vínculo entre bebés y dispositivos digitales se está formando mucho antes de lo que se creía habitual. Según un informe basado en miles de familias, una amplia mayoría de niños de apenas nueve meses ya tiene contacto diario con pantallas. Este dato refleja un cambio profundo en la dinámica de los hogares modernos, donde los dispositivos forman parte de la rutina desde etapas muy tempranas.

El tiempo promedio de exposición ronda los 41 minutos diarios, lo que confirma que no se trata de episodios aislados, sino de una presencia constante. Este fenómeno no surge de manera uniforme: responde a patrones vinculados al entorno familiar, las costumbres y la organización del hogar.

Uno de los datos más llamativos es que los hijos únicos presentan una mayor exposición. En estos casos, el porcentaje de uso diario se eleva considerablemente, lo que sugiere que la ausencia de hermanos puede influir en la forma en que los adultos gestionan el entretenimiento o la estimulación.

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© Kaku Nguyen – Pexels

Cuando el entorno familiar marca la diferencia

No todos los hogares presentan las mismas dinámicas. El estudio identificó variaciones claras según la estructura familiar, especialmente al comparar familias monoparentales con aquellas donde conviven dos adultos.

En promedio, los bebés que viven con un solo progenitor pasan más tiempo frente a pantallas que aquellos que crecen en hogares con dos padres. Aunque la diferencia puede parecer moderada, revela cómo las condiciones del día a día (como la disponibilidad de tiempo o la carga de tareas) pueden influir en la exposición digital.

Además, existe un pequeño grupo que supera ampliamente los niveles habituales. Aunque representa una minoría, algunos bebés llegan a acumular más de tres horas diarias frente a dispositivos. Este dato enciende alertas entre los especialistas, no solo por el tiempo en sí, sino por lo que podría estar desplazando.

Lo que se gana… y lo que podría perderse

El análisis no se limitó a medir el tiempo frente a pantallas. También exploró cómo este hábito se relaciona con otras actividades fundamentales en la primera infancia.

En el caso de la lectura, los resultados muestran que no hay cambios significativos mientras el uso de pantallas se mantenga por debajo de cierto umbral. Sin embargo, cuando el tiempo aumenta considerablemente, la frecuencia de esta práctica comienza a disminuir.

Algo similar ocurre con las actividades al aire libre. Los datos revelan que los bebés sin exposición diaria tienen mayor probabilidad de salir todos los días. A medida que el uso de pantallas se incrementa, esta proporción desciende de forma progresiva, marcando una posible sustitución de experiencias.

También se observaron diferencias en otras rutinas clave, como el canto o la interacción directa con los adultos, elementos que suelen estar vinculados al desarrollo emocional y cognitivo.

Un debate que ya no se centra solo en el tiempo

Frente a estos datos, los especialistas proponen un cambio en la forma de abordar el tema. La discusión ya no gira únicamente en torno a cuánto tiempo pasan los niños frente a una pantalla, sino también a cómo y para qué se utiliza.

El uso pasivo (como mirar contenido sin interacción) no tiene el mismo impacto que una experiencia compartida, donde el adulto participa, guía y acompaña. Esta diferencia introduce un matiz clave en el debate: no toda exposición es igual.

Desde esta perspectiva, la tecnología no necesariamente reemplaza una infancia activa, pero sí requiere un uso consciente. La calidad del contenido, el contexto y la interacción se vuelven factores determinantes.

Un escenario en plena transformación

El crecimiento de este fenómeno coincide con un momento en el que distintos países comienzan a revisar sus políticas sobre el uso de tecnología en la infancia. Nuevas recomendaciones buscan ofrecer orientación clara a las familias, especialmente en los primeros años de vida.

Otros estudios complementarios refuerzan la magnitud del cambio: a los dos años, casi todos los niños ya han tenido contacto con pantallas.

Además, algunas investigaciones sugieren que un uso intensivo podría estar asociado a diferencias en el desarrollo del lenguaje, especialmente cuando se compara con niveles más moderados de exposición.

Este escenario confirma que la tecnología ya forma parte del entorno cotidiano desde edades cada vez más tempranas. Sin embargo, las preguntas sobre sus efectos y sobre cómo integrarla de manera equilibrada, siguen abiertas.

Lo que está claro es que la infancia está cambiando. Y quizás, sin darnos cuenta, ese cambio ya está ocurriendo mucho antes de lo que imaginábamos.

 

[Fuente: Infobae]

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