Desde hace décadas, la comunidad científica sabe que bajo la Antártida existe una especie de “anomalía” en el campo gravitatorio: una zona donde la fuerza de gravedad es ligeramente más débil que en otras regiones del planeta. Ahora, en un contexto marcado por el calentamiento global y la acelerada transformación del hielo polar, entender mejor este fenómeno se ha vuelto más urgente que nunca. Y una nueva investigación podría estar aportando pistas clave.
Como era de esperar, los cambios en la gravedad antártica parecen estar estrechamente vinculados con grandes transformaciones climáticas y geológicas del pasado. Un análisis histórico publicado recientemente en Scientific Reports señala que esta anomalía no siempre fue igual: comenzó siendo más tenue, pero se intensificó de forma notable entre hace 50 y 30 millones de años, justo cuando la Antártida quedó cubierta por extensas capas de hielo.
Aun así, los investigadores reconocen que todavía no está claro de qué manera esta zona de baja gravedad podría influir en el presente y el futuro del continente, especialmente en un escenario donde el cambio climático avanza año tras año.
No todos los lugares pesan lo mismo
La Tierra no ejerce la misma fuerza gravitatoria en todos sus puntos. Aunque para nosotros estas diferencias son imperceptibles (nadie sale volando ni queda aplastado por una variación local), sí tienen efectos reales, especialmente sobre los océanos.
Para describir estas variaciones, los científicos utilizan el concepto de geoide: una superficie irregular que representa cómo sería el nivel medio del mar si solo dependiera de la gravedad terrestre. Esa superficie no es lisa, sino ondulada, precisamente porque la gravedad cambia ligeramente de un lugar a otro.

En términos sencillos, el agua tiende a desplazarse hacia las zonas donde la gravedad es más intensa. Por eso, en regiones con menor atracción gravitatoria relativa (como ocurre en torno a la Antártida) el nivel del mar puede ser más bajo de lo que cabría esperar.
Según explicaron los investigadores del Instituto de Física del Globo de París, esta “depresión” gravitatoria responde a un déficit de masa en las profundidades del planeta. Es decir, en las capas internas bajo la Antártida habría menos masa de la que se encuentra en otras regiones, lo que debilita ligeramente el tirón gravitatorio en la superficie.
Cómo reconstruir el interior del planeta sin rayos X
Para entender el origen de esta anomalía, el equipo científico creó un modelo tridimensional del interior terrestre. ¿Cómo se hace algo así sin poder perforar miles de kilómetros? Utilizando terremotos.
Las ondas sísmicas generadas por los sismos viajan a través del planeta y cambian su velocidad y trayectoria según los materiales que atraviesan. Analizando registros sísmicos globales, junto con datos geodinámicos y de física mineral, los investigadores pudieron reconstruir cómo se distribuyen las masas en el interior de la Tierra.
“Es como hacer una tomografía computada de todo el planeta”, explicó Alessandro Forte, geofísico de la Universidad de Florida y autor principal del estudio. “No contamos con rayos X, pero los terremotos nos proporcionan la ‘luz’ necesaria para observar lo que ocurre en el interior”.
A partir de ese modelo, el equipo retrocedió en el tiempo hasta hace unos 70 millones de años para simular cómo evolucionó el flujo de materiales en el manto terrestre.
Cuando lo frío se hunde y lo caliente asciende
Los resultados apuntan a un proceso complejo. En una primera etapa, material frío y denso descendió hacia las profundidades del manto bajo la Antártida. Ese hundimiento contribuyó a generar la anomalía gravitatoria inicial.
Más tarde, entre hace aproximadamente 50 y 30 millones de años, ocurrió lo contrario: material más caliente y menos denso comenzó a ascender desde zonas profundas del manto. Este movimiento redistribuyó la masa bajo el continente.
La combinación de ambos procesos, material frío que se hunde y material caliente que asciende, amplificó el déficit de masa en profundidad, intensificando así la zona de baja gravedad.
Este período coincide con un momento crucial en la historia del planeta: la formación de grandes capas de hielo en la Antártida. Aunque el estudio no establece una relación causal directa, sí sugiere que los procesos internos de la Tierra pudieron influir en la evolución climática del continente.
Por qué importa hoy
Las variaciones en la gravedad afectan la distribución del agua y, por extensión, el comportamiento del nivel del mar y las mareas. Estos factores, a su vez, influyen en los patrones climáticos globales.
Comprender mejor esta anomalía podría aportar información valiosa sobre la estabilidad de las grandes masas de hielo antárticas en un mundo que se calienta rápidamente.
“Si logramos entender con mayor precisión cómo el interior de la Tierra influye en la gravedad y el nivel del mar, podremos evaluar mejor los factores que afectan el crecimiento y la estabilidad de las grandes capas de hielo”, señaló Forte.
Por ahora, el “agujero gravitacional” de la Antártida sigue siendo un misterio en evolución. Lo que está claro es que, lejos de ser una simple curiosidad geofísica, podría convertirse en una pieza más del complejo rompecabezas que define el futuro del continente más frío (y uno de los más vulnerables) del planeta.