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Ciencia

La mala suerte quizá no sea tan aleatoria como parece, pero la explicación no está en el horóscopo sino en la física cuántica. Un investigador de Oxford cuestiona si el universo juega realmente a los dados

Tim Palmer lleva años defendiendo que la mecánica cuántica podría estar usando las matemáticas equivocadas. En su nuevo enfoque, llamado mecánica cuántica racional, los sucesos que parecen azarosos surgirían de una estructura más profunda que todavía no entendemos del todo.
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Hay días que parecen escritos por alguien con mala intención. El café se derrama, el móvil cae justo por el lado de la pantalla, el tren se va cuando uno llega al andén y la rueda del coche decide rendirse en el peor momento posible. Lo llamamos mala suerte porque no tenemos una explicación mejor, y quizá porque pensar que todo fue casualidad resulta menos inquietante.

Tim Palmer, físico de la Universidad de Oxford, no está estudiando si tu lunes empezó torcido por culpa de una fuerza misteriosa. Pero su trabajo sí toca una pregunta mucho más profunda: ¿el azar existe de verdad o solo aparece porque nuestras teorías no alcanzan a ver la estructura completa de la realidad?

Su propuesta, presentada como mecánica cuántica racional, cuestiona una de las bases más incómodas de la física moderna: la idea de que, en el mundo cuántico, algunos eventos son fundamentalmente probabilísticos. Palmer cree que tal vez el problema no esté en la naturaleza, sino en el lenguaje matemático que usamos para describirla.

El problema no sería el universo, sino las matemáticas con las que intentamos atraparlo

La mecánica cuántica funciona extraordinariamente bien. Sus predicciones sostienen buena parte de la tecnología moderna, desde semiconductores hasta láseres. Pero también obliga a aceptar situaciones extrañas: partículas que se describen como superposiciones, resultados que solo pueden predecirse con probabilidades y mediciones que parecen convertir posibilidades en hechos.

Palmer propone mirar el problema desde otro ángulo. Según Oxford, su teoría parte de una idea provocadora: la naturaleza “aborrece el continuo”. Es decir, quizá la realidad física no esté hecha de infinitos matemáticos perfectos, ni de números con precisión ilimitada, sino de una estructura más discreta y finita.

En la física estándar, el estado de un sistema cuántico se representa en un espacio matemático continuo llamado espacio de Hilbert. Palmer plantea que ese continuo podría ser una aproximación útil, pero no la descripción final de lo real. Su nuevo trabajo propone una teoría donde ese espacio se discretiza, lo que abriría una forma diferente de interpretar fenómenos cuánticos y, potencialmente, de ponerlos a prueba con ordenadores cuánticos.

El gato de Schrödinger ya no estaría vivo y muerto a la vez

La imagen más famosa de esta rareza es el gato de Schrödinger. En la versión popular, un gato encerrado en una caja puede considerarse vivo y muerto al mismo tiempo hasta que alguien abre la tapa. En realidad, el experimento mental era una crítica a las implicaciones absurdas de llevar la superposición cuántica al mundo cotidiano.

Para Palmer, ese tipo de paradojas aparecen porque la teoría permite demasiados escenarios matemáticos, incluidos algunos que no corresponderían a estados físicamente reales. Su enfoque busca restringir el conjunto de posibilidades a una estructura más profunda, de modo que el gato estaría vivo o muerto desde el principio, aunque el observador no supiera cuál de las dos cosas ocurrió.

Esta idea conecta con una línea anterior de trabajo del propio Palmer: la teoría del conjunto invariante, donde el universo se describe como un sistema determinista que evoluciona sobre una geometría fractal de medida cero en su espacio de estados. En esa teoría, la geometría profunda de la realidad sería más fundamental que las ecuaciones diferenciales tradicionales del espacio-tiempo.

Entonces, ¿la mala suerte existe o no?

La mala suerte quizá no sea tan aleatoria como parece, pero la explicación no está en el horóscopo sino en la física cuántica. Un investigador de Oxford cuestiona si el universo juega realmente a los dados
© Shutterstock / Nicoleta Ionescu.

Aquí conviene frenar un poco. Que Palmer cuestione el azar cuántico no significa que haya demostrado que tus malas rachas tienen una causa cósmica identificable. La conexión entre “me pasan cosas malas seguidas” y “el universo es determinista” es atractiva para un titular, pero científicamente es muy resbaladiza.

La vida cotidiana está llena de sistemas complejos: tráfico, clima, decisiones humanas, errores mecánicos, distracciones, probabilidades acumuladas. Muchas veces llamamos “mala suerte” a una cadena de eventos independientes que nuestra mente agrupa porque busca patrones. La teoría de Palmer no convierte esas coincidencias en destino.

Lo que sí hace es cuestionar una idea más fundamental: que el azar sea una propiedad última de la realidad. En su enfoque, lo que llamamos aleatorio podría ser la consecuencia de no poder acceder a todas las capas de información del sistema. Popular Mechanics resumió esta interpretación como una posible señal de que la realidad tendría reglas ocultas, aunque también dejó claro que se trata de una propuesta que desafía la visión dominante, no de un consenso cerrado.

Una teoría provocadora, pero todavía lejos de cerrar el debate

Palmer no está solo en su incomodidad frente al azar cuántico. Gerard ’t Hooft, Premio Nobel de Física, ha defendido durante años enfoques deterministas para entender la mecánica cuántica. Carlo Rovelli, desde otro marco conceptual, también ha cuestionado algunas lecturas tradicionales de la realidad cuántica. Pero eso no convierte la mecánica cuántica racional en la nueva teoría aceptada por la física.

La propuesta debe hacer algo más que sonar elegante: necesita producir predicciones comprobables. En su artículo de 2026, Palmer plantea que los ordenadores cuánticos podrían servir como banco de pruebas para detectar límites en la capacidad de información de los estados cuánticos. Esa es la parte crucial. Sin experimento, la idea queda como interpretación. Con experimento, podría convertirse en una grieta real dentro del edificio cuántico actual.

Por ahora, el universo sigue pareciendo probabilístico en los laboratorios. La teoría estándar sigue funcionando. Y los días malos siguen siendo días malos.

Pero la pregunta que deja Palmer es demasiado interesante para ignorarla: ¿y si el azar no fuera una propiedad profunda del mundo, sino una sombra proyectada por las matemáticas que usamos para mirarlo? Ahí, justo entre una ecuación incompleta y una taza de café derramada, empieza el misterio.

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