No hay muchas herramientas científicas capaces de cambiar la forma en la que una civilización se entiende a sí misma, pero el telescopio espacial Hubble es una de ellas. Desde su lanzamiento en 1990, este observatorio ha permitido mirar más lejos y con más claridad que nunca, redefiniendo conceptos clave sobre la expansión del universo, la formación de galaxias y la naturaleza del cosmos. Y, sin embargo, su final no llegará por un fallo técnico ni por obsolescencia directa, sino por algo mucho más simple y difícil de evitar: está perdiendo altura.
El problema no es nuevo, pero se ha vuelto más evidente en los últimos años. Como cualquier objeto en órbita baja terrestre, el Hubble está sometido a una ligera fricción con las capas más externas de la atmósfera. Esa resistencia, aunque mínima, actúa como un freno constante que reduce progresivamente su velocidad y, con ello, su altitud. Lo que antes era un proceso muy lento ahora se ha acelerado por un factor que no depende del telescopio: la actividad del Sol.
El Sol está empujando la atmósfera hacia el espacio… y eso afecta al Hubble

Durante los picos del ciclo solar, la radiación emitida por el Sol calienta la atmósfera superior de la Tierra. Ese calentamiento provoca que la atmósfera se expanda ligeramente hacia el espacio, aumentando la densidad del entorno por el que se mueven los satélites en órbita baja. Para el Hubble, eso se traduce en más fricción, más pérdida de energía y una caída más rápida de lo previsto.
Actualmente, el telescopio se encuentra a unos 530 kilómetros de altitud. Puede parecer una distancia segura, pero en términos orbitales no es especialmente alta. Sin sistemas de propulsión propios que le permitan corregir su trayectoria (algo que sí se hacía en el pasado mediante misiones tripuladas del transbordador espacial), el Hubble depende completamente de las condiciones naturales de su entorno.
Si esta tendencia continúa, el telescopio acabará entrando en una fase en la que su órbita se vuelva inestable. En ese punto, el reingreso a la atmósfera será inevitable.
El verdadero problema no es que caiga, sino cómo lo haga
Que un satélite reingrese en la atmósfera no es algo extraordinario. De hecho, ocurre con frecuencia. La diferencia en este caso está en el tamaño y la estructura del Hubble. Con dimensiones comparables a un autobús y componentes extremadamente resistentes (incluido su espejo principal de 2,4 metros), existe la posibilidad de que algunos fragmentos sobrevivan al reingreso.
Las probabilidades de que esos restos impacten en zonas habitadas son muy bajas, pero no son cero. Y eso basta para que agencias como la NASA tomen el asunto con especial cuidado. El objetivo no es evitar la caída (eso, a largo plazo, es prácticamente imposible sin intervención), sino asegurarse de que ocurra de forma controlada.
La solución pasa por guiar su último viaje
Entre las opciones que se barajan, la más viable consiste en enviar una misión robótica que se acople al telescopio y permita dirigir su descenso. La idea es relativamente sencilla: convertir un final inevitable en un proceso controlado.
El destino más probable sería el llamado Punto Nemo, una zona remota del océano Pacífico que funciona como un auténtico “cementerio espacial”. Allí han terminado cientos de satélites y estructuras orbitales, precisamente porque es uno de los lugares más aislados del planeta, lejos de rutas marítimas y de cualquier población humana.
Este tipo de operación no solo reduciría riesgos, sino que también marcaría un cierre más digno para una misión que ha sido, durante décadas, sinónimo de exploración científica.
Hubble sigue siendo relevante en la era del James Webb

Podría parecer que, con la llegada del telescopio James Webb, el papel del Hubble ha quedado superado. Pero la realidad es más matizada. Ambos observatorios trabajan en rangos distintos del espectro electromagnético. Mientras el Webb se especializa en el infrarrojo, el Hubble sigue siendo fundamental para observaciones en luz visible y ultravioleta.
Esa complementariedad ha permitido, de hecho, que ambos telescopios colaboren indirectamente en investigaciones recientes, ofreciendo una visión más completa del universo. Por eso, la comunidad científica no ve al Hubble como una herramienta obsoleta, sino como un instrumento todavía útil cuyo final debe gestionarse con cuidado.
Un final inevitable para un observador histórico
El destino del Hubble no es una sorpresa, pero sí un recordatorio. Incluso las máquinas más extraordinarias están sujetas a las mismas leyes físicas que gobiernan todo lo demás. La gravedad, la fricción y el tiempo terminan imponiéndose, incluso sobre uno de los mayores logros tecnológicos de la humanidad.
La diferencia está en cómo elegimos cerrar esa historia. En el caso del Hubble, no se trata solo de dejar que caiga, sino de acompañar su último trayecto con la misma precisión con la que observó el universo durante más de tres décadas.
Porque si algo ha demostrado este telescopio es que mirar hacia arriba cambia la forma en la que entendemos todo lo que está abajo. Y quizá por eso su final importa tanto: no es solo el cierre de una misión, sino el final de una de las miradas más influyentes que hemos tenido sobre el cosmos.