Durante mucho tiempo, la alta montaña fue vista como un límite. Un lugar duro, inhóspito, que las comunidades prehistóricas apenas cruzaban en desplazamientos puntuales. Pero hay hallazgos que obligan a revisar esa idea. Y lo que ha aparecido en una cueva de los Pirineos no es un simple rastro humano: es una señal clara de planificación, repetición… y conocimiento del entorno.
Un campamento a 2.235 metros que nadie esperaba

La llamada Cova 338, situada en el valle del Freser, en el Pirineo oriental, ha revelado algo difícil de encajar con la visión tradicional: una ocupación humana reiterada durante unos dos mil años a más de 2.000 metros de altitud. No hablamos de un asentamiento permanente. Pero tampoco de visitas aisladas.
Las excavaciones, realizadas en apenas seis metros cuadrados en la entrada de la cavidad, han sacado a la luz 23 estructuras de combustión (hogares) que se superponen sin mezclarse del todo. Ese detalle es clave, según explica el estudio publicado en Frontiers in Environmental Archaeology: indica que diferentes grupos regresaron al mismo punto en momentos distintos, separados por intervalos lo suficientemente largos como para que cada ocupación dejara su propia huella. Es, en esencia, un campamento recurrente.
Fuego, mineral y una pista clara de minería prehistórica
El hallazgo más llamativo no son solo los hogares, sino lo que había dentro de ellos. Entre los restos aparecen fragmentos de un mineral verde, probablemente malaquita, muchos de ellos triturados y sometidos a altas temperaturas. No es un detalle menor: la malaquita es un carbonato de cobre que, mediante procesos térmicos, puede transformarse en cobre metálico.
Es decir, lo que ocurrió en esa cueva podría ser una forma temprana de explotación minera. Además, hay un matiz que refuerza esta idea: otros materiales encontrados en el yacimiento no presentan señales de exposición al fuego. Esto descarta que el calor fuera accidental. Alguien estaba procesando ese mineral de manera intencionada. Y eso implica conocimiento técnico.
Objetos personales… y una presencia inesperada

Más allá de la actividad minera, la cueva también conserva rastros humanos más íntimos. En uno de los niveles aparecieron dos colgantes: uno hecho con una concha marina del género Glycymeris y otro con un incisivo de oso pardo. El primero sugiere conexiones culturales con otras regiones, posiblemente a través de redes de intercambio. El segundo, mucho más inusual, apunta a un significado simbólico más local o incluso ritual. Pero hay un hallazgo que cambia el tono de la historia.
Los arqueólogos encontraron restos óseos de un niño de unos once años: una falange y un diente de leche. No se sabe cómo murió ni si ambos restos pertenecen al mismo individuo. Tampoco si la cueva tuvo una función funeraria. Pero su presencia abre una puerta incómoda: este lugar no solo era un espacio de trabajo. También pudo tener un valor emocional o simbólico mucho más profundo.
Capas de tiempo que cuentan una historia distinta
El análisis estratigráfico ha identificado cuatro niveles en la cueva. Los más relevantes son el segundo y el tercero, donde se concentran los hogares datados entre hace 5.500 y 4.000 años, y alrededor de 3.000 años. La capa más antigua, en cambio, se remonta a unos 6.000 años, aunque solo contiene restos de carbón.
Lo interesante es cómo se organizan esas ocupaciones: no son continuas, sino intermitentes. Subidas planificadas, estancias temporales y abandono. Y luego, vuelta a empezar. Durante siglos.
La alta montaña deja de ser un territorio marginal

Este descubrimiento, cuenta La Brújula Verde, no solo aporta datos sobre una cueva concreta. Cambia el marco completo. Durante décadas, los entornos de alta montaña se consideraban marginales en la prehistoria. Lugares de paso, no de actividad sostenida. Pero la evidencia de Cova 338 sugiere algo muy distinto: que estos espacios formaban parte de estrategias económicas más amplias.
Subir hasta más de 2.000 metros no era un accidente. Era una decisión. Una que implicaba organización, recursos y conocimiento del terreno.
Lo que aún queda por descubrir
Y, sin embargo, la historia está incompleta. La excavación todavía no ha alcanzado toda la profundidad del yacimiento. Los investigadores planean continuar los trabajos en verano, con dos objetivos clave: confirmar la naturaleza exacta del mineral y determinar su origen geográfico. Y hay una pregunta más, quizás la más intrigante: si existen zonas más profundas de la cueva que puedan haber sido utilizadas como espacio funerario. Porque si eso se confirma, el significado del lugar cambiaría por completo.
Lo que empezó como una excavación en alta montaña ha terminado planteando algo mucho más amplio. Que hace 5.000 años, en un entorno que hoy sigue pareciendo extremo, había grupos humanos que no solo sobrevivían… sino que sabían exactamente a qué subían.