Hay historias ver√≠dicas que por mucho que te expliquen que aquello ocurri√≥ realmente, no acabas de cre√©rtelo. Lo que pas√≥ una tarde de 1959 a 15 mil metros de altura entra dentro de esa categor√≠a. Ese d√≠a un hombre logr√≥, literalmente, cabalgar sobre una tormenta. Jam√°s se volvi√≥ a repetir tal haza√Īa.

Para contar la historia y ce√Īirnos a la realidad hay que hablar de tres elementos protagonistas. En primer lugar el caza de reacci√≥n F8 (F8U), el desencadenante de la tremenda historia. Se trata de un caza de superioridad a√©rea, monomotor y supers√≥nico cuyo desarrollo comenz√≥ en septiembre de 1952, en plena Guerra de Corea. Cuando el avi√≥n estaba listo la Armada de Estados Unidos lo utiliz√≥ para reemplazar al Vought F7U Cutlass.

Su estreno tuvo lugar en 1955 y como particularidad se trataba del √ļltimo caza estadounidense con ca√Īones como armamento principal. El Crusader se mantuvo en producci√≥n durante 8 a√Īos sirviendo principalmente en la Guerra de Vietnam.

En segundo lugar y como elemento no menos importante debemos mencionar a un tipo de nube: cumulonimbus. Estamos ante un tipo que se desarrolla principalmente en vertical (aunque no es obligatorio), y que internamente est√° formada por una columna de aire c√°lido y h√ļmedo que se eleva en forma de espiral rotario. Su base suele encontrarse a menos de 2 kil√≥metros de altura mientras que la cima puede alcanzar unos 15 o 20 kil√≥metros de altitud.

Pero lo más importante en el contexto de la historia es que este tipo de nube se suele dar en precipitaciones intensas y tormentas eléctricas, dicho de otra forma, cuando hace muy mal tiempo.

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Por √ļltimo y quiz√°s m√°s importante, tenemos al tipo que fue capaz de conseguir lo imposible. Se llamaba William Henry Rankin.

Y jamás olvidaría esa tarde de 1959.

El accidente

F8U. Wikimedia Commons

Era el mes de julio y el d√≠a hab√≠a amanecido soleado con cielo despejado, una jornada perfecta para llevar a cabo otro vuelo rutinario en la vida del Teniente Coronel William Rankin. Ese d√≠a el coronel part√≠a junto a un compa√Īero, Herbert Nolan, en sendos F8U. La ruta iba a llevarles desde la Naval Air Station South Weymouth (Massachussetts) hasta la Marine Corps Air Station Beaufort (Carolina del Sur).

La primera parte de la jornada fue una delicia para cualquier piloto. Rankin recuerda como la luz del sol brillaba con fuerza sobre el fuselaje del aparato, también recordaba como ambos pilotos volaban muy por encima de la costa de Carolina, y lo hacían cerca de la velocidad del sonido.

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Rankin contaba con 39 a√Īos por aquellas fechas. No era un cualquiera. El Teniente Coronel era todo un veterano de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra de Corea, un tipo experimentado que por aquel entonces cre√≠a haberlo vivido todo a los mandos de una m√°quina de guerra.

A mitad de trayecto ambos pilotos están volando a casi 15 mil metros de altura. La idea era permanecer por encima de una gran columna de nube cumulonimbus que se estaba amontonando a 800 metros debajo de ellos. No debía resultar peligroso, pero amenazaba con humedecer el vuelo de los oficiales hasta llegar al destino.

Nube cumulonimbus. Getty

Sin embargo, a las 18:00, a pocos minutos de que comenzaran las maniobras de descenso a Beaufort, Rankin escucha una serie de sonidos muy extra√Īos. Algo no iba bien y su experiencia le dec√≠a que aquellos sonidos proven√≠an del motor del caza. Unos segundos despu√©s la estructura de la nave se estremeci√≥, de repente saltan todas las alarmas, la mayor√≠a de agujas indicadoras de instrumentaci√≥n de la cabina caen estrepitosamente hasta las regiones naranjas. No hab√≠a ninguna duda, algo iba terriblemente mal.

El hombre se da cuenta de que el motor se hab√≠a detenido, momento en el que el F8U comienza a hundirse hacia la tierra. Rankin debe pensar en cuesti√≥n de segundos, enciende el generador de emergencia para intentar contactar mediante radio. Acto seguido grita por radio a su compa√Īero Nolan: ‚ÄúFalto de energ√≠a, es posible que tenga que salir expulsado‚ÄĚ.

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Rankin lo intenta una vez más, el hombre trata de reiniciar su motor mientras lucha por mantener la nave estable. Negativo. Finalmente decide dar el paso más lógico dada la situación. El teniente agarra las dos manijas de expulsión de emergencia y se prepara para salir expulsado del caza, lo que abriría una nueva serie de problemas a la situación.

En primer lugar sab√≠a con certeza que, pasara lo que pasara y estando a extrema altitud (a 15 mil metros de altura), su cuerpo tocar√≠a tierra en unos 10 minutos de descenso en paraca√≠das. A esto hay que sumarle que cuando salga expulsado del caza le acompa√Īaran una serie de ‚Äúincomodidades‚ÄĚ como son la s√ļbita descompresi√≥n de una eyecci√≥n. El piloto carec√≠a de un traje de presi√≥n y sab√≠a que su m√°scara de ox√≠geno deb√≠a mantenerlo respirando en la atm√≥sfera enrarecida que se encontraba bajo la nave.

Rankin. Check-Six

Además también desconfiaba de esa tormenta gris que se había estado formando y ocultando debajo, junto a las nubes cumulonimbus que le obligaron a ascender a mitad del vuelo. De todas formas no había mucho que pensar, y después de todo, si el tipo era Teniente Coronel y había pasado por dos guerras con honores, aquello no lo iba a amedrentar.

Así fue como tomó la decisión, apretó con fuerza las asas de expulsión y el cuerpo del valiente oficial salió disparado del caza. Una carga explosiva que le propulsó desde la cabina de mando hasta la atmósfera con extremada fuerza, tanta, que el hombre perdió por el camino el guante de su mano derecha. En aquel instante, en el momento justo en que tu cuerpo se encuentra fuera de la máquina y eres capaz de advertir que a partir de ahora estas absolutamente sólo en el aire, cualquier persona medianamente normal podría entrar en pánico y perder el conocimiento.

No era el caso de Rankin, quien hab√≠a pasado una gran cantidad de tiempo como paracaidista en su trayectoria profesional. Claro que esta vez iba a ser ‚Äúalgo‚ÄĚ distinto. Una inmersi√≥n muy particular que nadie m√°s ha experimentado.

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Cabalgando sobre la tormenta

C√ļmulos de cumulonimbus. Wikimedia Commons

El cuerpo de Rankin comenzó a descender a gran velocidad. El hombre se precipitaba hacia la tierra, pero antes debía pasar por esa masa enorme y densa de nube tormentosa. Cada metro, cada centímetro que se aceleraba hacia el encuentro con la naturaleza podía apreciar con mayor nitidez el estruendoso sonido de los relámpagos que rugían en el interior de la nube.

Sin embargo, el piloto no podía pensar demasiado en lo que se le venía encima debido a las circunstancias desconcertantes. El frío extremo en la parte superior de la atmósfera le estaba helando por completo las extremidades, y por si esto no fuera poco, el repentino cambio en la presión atmosférica le había provocado una hemorragia nasal junto a un doloroso hinchazón en el abdomen debido al impacto del granizo de la tormenta. Para Rankin el malestar era tan extremo que durante un instante pensó que los efectos de la descompresión lo matarían antes de tocar tierra.

El descenso continuaba y el rugido del viento penetraba en sus o√≠dos. El hombre sab√≠a que en esas circunstancias hab√≠a que mantener la cabeza fr√≠a. Jadeando hasta la √ļltima gota de ox√≠geno que le quedaba en la m√°scara de emergencia, se resist√≠a a tirar del cord√≥n de su paraca√≠das. Unos segundos de m√°s pueden marcar el devenir de la historia entre el fracaso o el √©xito. El bar√≥metro incorporado hab√≠a sido dise√Īado para que el paraca√≠das se auto desplegara a una altitud de respiraci√≥n segura, aunque el suministro de ox√≠geno que ten√≠a era limitado.

Por otra parte, abrir el paracaídas demasiado temprano prolongaría su descenso, lo que finalmente podría resultar fatal debido a una muerte por asfixia o incluso por hipotermia. Bajo unas circunstancia normales un profesional esperaría unos 3 minutos y medio de caída libre para alcanzar la altitud respirable (3 mil metros). Pero aquello, desgraciadamente, no eran unas circunstancias normales. Debía intentar que el paracaídas se abriera sólo.

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Paracaidista en el descenso. Getty

Poco después llega el encuentro. El cuerpo del piloto penetra en la parte superior de la tormenta. La densa nube gris cambió completamente el escenario, del sol radiante con el que había comenzado la jornada ahora se había pasado a un negro intenso donde las temperaturas descendían rápidamente. En menos de un minuto el frío extremo y el viento comenzaron a hacer mella sobre las extremidades de Rankin con evidentes síntomas de congelación.

La primera articulaci√≥n que qued√≥ maltrecha fue su mano izquierda. El viento ya no es que fuera molesto, dentro de la nube se hab√≠a convertido en un peque√Īo martilleo que penetraba a trav√©s de su casco. Medio congelado, herido e incapaz de ver m√°s all√° de unos pocos metros dentro de la oscura nube, el teniente coronel se arma de valor y se mantiene firme sin abrir el paraca√≠das.

Sin embargo y pasado un tiempo que ni él mismo pudo precisar con exactitud, Rankin comenzó a preocuparse de que el interruptor automático del paracaídas no había funcionado. Estaba seguro de que había estado descendiendo durante unos minutos, y lo hizo sabiendo por experiencia que el sentido del tiempo es bastante relativo y voluble en unas circunstancias como las que vivía.

Entonces pasa lentamente su mano derecha por el cord√≥n que abre el paraca√≠das. Se pregunta si debe o no tirar de √©l. La mano izquierda ya no le respond√≠a y es muy posible que en poco tiempo tampoco lo haga la derecha. Mientras se debat√≠a entre abrirlo manualmente o no el hombre siente un fuerte tir√≥n hacia arriba en su arn√©s. Aquello le era familiar: su paraca√≠das se hab√≠a desplegado. No pod√≠a ver mucho por encima de √©l, pero tir√≥ con fuerzas y concluy√≥ que se hab√≠a abierto correctamente. No eran las mejores condiciones, pero si todo iba bien le esperaba una ca√≠da libre, aunque eso s√≠, muy h√ļmeda, ventosa y perturbadoramente oscura.

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Cumulonimbus. Wikimedia Commons

Ocurre que Rankin no estaba cerca de la altitud respirable que esperaba. Las fuertes corrientes habían disminuido sustancialmente su velocidad terminal, y la volátil tormenta había disparado el barómetro y consecuentemente la apertura del paracaídas de forma prematura.

Así que sin saber con exactitud la altitud, Rankin tenía claro que todavía estaba lejos de la tierra, y lo hacía colgando indefenso en el interior de esa monstruosidad que lo había engullido. Y entonces ocurrió el momento trascendental de su épica historia. El hombre observó un primer rayo seguido de varios truenos. En medio de aquel espectáculo eléctrico la naturaleza decidió que Rankin no debía morir, los caprichosos vientos de la tormenta presionaron sobre su cuerpo hacia abajo hasta que encontró las poderosas corrientes ascendentes. Una suerte de vaivén que finalmente lo arrastró a él y a su paracaídas a cientos de metros de altura en la tormenta.

No hace falta decir lo peligroso e inaudito que resultaba aquella escena. Un efecto (Cloud Suck) que es familiar para aquellos aficionados al parapente o el ala delta donde los pilotos experimentan una elevación significativa debido a las corrientes térmicas bajo la base de la nube (generalmente cumulonimbos). En el caso de Rankin no había más que su cuerpo y el paracaídas balanceándose.

En un momento dado el paraca√≠das pierde su forma y comienza a colgarse del cuerpo de Rankin como una manta h√ļmeda. Si se acaba enrollando completamente el descenso desde el cielo alcanzar√° una velocidad verdaderamente terminal. Su cuerpo entonces cae para poco despu√©s volver subir debido a las corrientes ascendentes, empuj√°ndolo hacia el cielo desde la fr√≠a oscuridad de la nube.

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El paraca√≠das vuelve a su forma correcta y el proceso descrito anteriormente se repite infinidad de veces, tantas, que el hombre fue incapaz de contarlas. El granizo en el interior de la tormenta segu√≠a caus√°ndole peque√Īas heridas, pero peor a√ļn, aquellas piedras heladas tambi√©n podr√≠an acabar destrozando la tela del paraca√≠das.

Portada del libro. Huckberry

Sin embargo y cuando el hombre estaba a punto de perder la conciencia, Rankin percibe que la violencia de la tormenta comienza a disminuir. Casi a la misma vez su cuerpo comienza a dar peque√Īas se√Īales de recuperaci√≥n, aparecen las primeras sensaciones en sus extremidades entumecidas, lo que claramente indicaba que las temperaturas estaban subiendo. Ahora la terrible lluvia se hab√≠a convertido en una c√°lida lluvia de verano.

Y de repente la luz. El piloto, empapado y herido, surge desde la parte inferior de la nube cumulonimbos y divisa a lo lejos las primeras extensiones planas del campo a través en Carolina del Norte. Su paracaídas seguía funcionando y estaba a unos 200 metros del suelo. Lo que hace unos minutos era el final ahora parecía que no, parecía que iba a salir vivo para contarlo.

Cuando estaba a pocos metros del suelo la naturaleza le ten√≠a guardada una √ļltima ‚Äútravesura‚ÄĚ. Una s√ļbita r√°faga de viento lo empotra en un matorral, lo que deriva en un final muy poco √©pico y digno para semejante historia.

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Ahora sí, nada más tomar tierra se quita el casco y lo besa. Luego pasa a evaluar la situación. Eran las 18:40, lo que suponía que había pasado alrededor de 40 minutos moviéndose, volando, cabalgando sobre la atmósfera en el interior de una brutal tormenta en una nube cumulonimbos. El hombre se quitó el paracaídas y comenzó a caminar en busca de civilización. Llegó hasta una carretera y logró que lo recogiese un coche que lo trasladó hasta un pueblo cercano en Ahoskie (Carolina del Norte). Desde allí llamó a una ambulancia para posteriormente pasar varias semanas recuperándose en un hospital.

Sorprendentemente, sus heridas fueron menores (la mayoría congelaciones superficiales) y al poco tiempo estaba como nuevo.

Un a√Īo despu√©s contaba al mundo entero lo ocurrido aquella tarde de verano de 1959 en su libro The Man Who Rode the Thunder. Nunca nadie, ni antes ni despu√©s, logr√≥ salir con vida de un accidente de avi√≥n a 15 mil metros de altura para caer en una nube y permanecer rodando en el interior de una tormenta durante 40 minutos.