Stephen Hawking dedicó su vida a estudiar el origen del universo, los agujeros negros y la naturaleza del tiempo. En 2009 decidió abordar ese último misterio de una forma poco habitual para un físico teórico: organizando una fiesta. No era una broma privada ni una excentricidad.
Era un experimento real, diseñado con ironía británica, para poner a prueba una de las ideas más fascinantes (y problemáticas) de la física moderna.
Una fiesta con champán… y una trampa temporal
La escena estaba cuidadosamente montada. Había botellas del mejor champán francés, bocadillos de pepino (un clásico británico), música, globos y una pancarta que daba la bienvenida a los asistentes. Hawking esperó. No apareció nadie.
La razón era simple: las invitaciones se enviaron únicamente después de que la fiesta hubiera terminado. Si los viajes en el tiempo eran posibles, razonaba el físico, alguien del futuro habría recibido el mensaje y regresado al pasado para asistir. El silencio fue absoluto.
Un experimento tan simple como demoledor

Hawking llevaba años defendiendo que los viajes temporales eran extremadamente improbables. En el año 1992 incluso formuló la llamada conjetura de protección cronológica, una idea según la cual las leyes de la física impedirían cualquier viaje al pasado antes de que pudiera producirse una paradoja.
La fiesta no pretendía ser una demostración matemática. Era algo mucho más humano: una prueba intuitiva, casi doméstica, de que si los cronoviajeros existieran… probablemente ya se habrían dejado caer. El propio Hawking contó la anécdota tiempo después con una mezcla de humor y satisfacción. No parecía decepcionado. Al contrario.
El problema de buscar viajeros en el tiempo
El experimento no fue el único intento de cazar visitantes del futuro. Años más tarde, un grupo de físicos del Instituto Tecnológico de Michigan decidió probar suerte usando internet. En lugar de buscar autoproclamados viajeros temporales, rastrearon mensajes publicados antes de eventos históricos concretos.
Eligieron dos casos muy específicos: la aparición del cometa ISON y el nombre que adoptaría Jorge Bergoglio al convertirse en papa. La idea era sencilla: si alguien conocía el futuro, debía haber dejado huellas digitales imposibles de explicar. No encontraron ninguna.
La pregunta que sigue sin respuesta

¿Significa todo esto que viajar en el tiempo es imposible? No exactamente. Las teorías actuales no lo prohíben de forma tajante. Algunas soluciones matemáticas de la relatividad general permiten bucles temporales, universos rotatorios o geometrías exóticas capaces de doblar el tiempo sobre sí mismo.
El problema es otro: no existe evidencia experimental, ni una forma realista de construir algo así. Por ahora, el tiempo sigue avanzando en una sola dirección.
La mejor invitación que nadie aceptó
La fiesta de Hawking nunca tuvo asistentes, pero sí dejó una imagen inolvidable: la de uno de los científicos más brillantes del último siglo utilizando globos y copas de champán para explicar un dilema profundo del universo.
Si algún día alguien aparece con una invitación fechada en 2009 y un sello del futuro, la historia cambiará por completo. Hasta entonces, aquella sala vacía en Cambridge sigue siendo el mejor argumento a favor de una idea incómoda: si los viajeros en el tiempo existen, todavía no han encontrado la dirección correcta.