En una cueva de las montañas de Altái, en el sur de Siberia, los arqueólogos llevan décadas recogiendo miles de pequeños fragmentos de hueso. La mayoría son tan diminutos y están tan rotos que resulta imposible saber a qué animal pertenecieron. Pero el ADN que todavía conservan acaba de revelar una sorpresa: algunos eran de un gran bovino extinto que la ciencia nunca había identificado.
Se trata de un pariente de los yaks actuales que siguió su propio camino evolutivo durante cientos de miles de años. Y vivió en el mismo lugar donde habitaron los denisovanos y los neandertales, dos especies humanas que también desaparecieron.
El hallazgo se publicó en la revista Current Biology y fue realizado por investigadores del Centro de Paleogenética de la Universidad de Estocolmo, en Suecia, la Universidad de California en Santa Cruz y la Universidad de Viena, liderados por Jonas Oppenheimer, Alexandre Gilardet y Love Dalén.
Un animal que solo existía en el ADN

La mayoría de los fósiles se identifica por su forma: un cráneo, un cuerno o una mandíbula suelen bastar para reconocer una especie. En este caso no había nada de eso. Por eso, el equipo extrajo material genético de los huesos y reconstruyó 20 genomas antiguos que abarcan unos 200.000 años, procedentes de la cueva Denísova y de yacimientos cercanos al río Yeniséi.
«Es un descubrimiento notable de una gran especie extinta a partir de pequeños huesos que no permiten un diagnóstico», destacó Dalén. Mientras se determina su nombre formal, los investigadores lo apodaron «yak X» y proponen vincularlo con el llamado «yak del Baikal», una forma descrita en 1954 a partir de restos fósiles.
Primo lejano del yak
El análisis genético muestra que el linaje de este animal empezó a separarse del de los yaks actuales hace unos 400.000 años, y que esa separación se completó hacia hace 250.000 años. Para dar una idea de esa distancia, Gilardet la comparó con la que existe entre los osos pardos y los osos polares, que se separaron en una época similar.
Los genomas tampoco muestran prácticamente rastros de cruce con otros bovinos que compartían la región, como el bisonte estepario o el uro, el antepasado salvaje de las vacas domésticas. Durante al menos 250.000 años, este animal se mantuvo genéticamente aislado.
El calor como amenaza

El estudio también detectó un momento crítico en su historia. Hace unos 120.000 años, durante el último periodo interglaciar, un intervalo de clima especialmente cálido, la población original fue reemplazada por otra y perdió diversidad genética. «Podría reflejar las consecuencias genéticas del calentamiento climático en una especie adaptada al frío», explicó Oppenheimer.
El ejemplar más reciente analizado tiene unos 27.000 años, pero no se sabe exactamente cuándo se extinguió la especie. Su historia se suma a la de otros grandes mamíferos de la Edad de Hielo, como el mamut lanudo o el rinoceronte lanudo, que desaparecieron cuando el clima cambió y los humanos modernos se expandieron por Eurasia.
¿Una presa de los humanos antiguos?
Que sus huesos aparezcan fragmentados en una cueva ocupada por denisovanos, neandertales y, más tarde, por humanos modernos abre una posibilidad tentadora: que este bovino formara parte de su dieta. Los grandes herbívoros eran una fuente clave de carne y grasa en la Siberia glacial, y romper los huesos para extraer la médula era una práctica común. Por ahora, esa relación es una hipótesis que futuros estudios de marcas de corte podrían confirmar.
Lo que sí deja claro el trabajo es el poder de la paleogenética: incluso restos que parecían inútiles pueden revelar especies enteras que la historia había olvidado.