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Ciencia

Siempre imaginamos a los neandertales como criaturas del hielo, pero vivían en un mundo muy diferente y su destino estaba sellado

Un estudio reconstruyó 100.000 años de hábitats neandertales y descubrió que su desaparición ocurrió mientras gran parte de su mundo todavía seguía conectado.
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Durante generaciones, los neandertales fueron retratados como habitantes robustos de un mundo congelado: humanos adaptados al hielo que finalmente sucumbieron cuando el clima cambió demasiado rápido. La explicación resultaba sencilla, convincente y hasta inevitable. Pero un nuevo estudio acaba de desmontar buena parte de esa historia.

Al reconstruir la evolución de sus hábitats durante casi 100.000 años, un equipo internacional descubrió que los territorios adecuados para esta especie no se derrumbaron ni quedaron completamente aislados antes de su extinción, ocurrida hace aproximadamente 40.000 años. Los neandertales todavía tenían espacio para vivir, recursos potenciales y corredores para desplazarse.

Si el clima no destruyó su mundo, entonces la causa de su desaparición podría haber llegado caminando desde otro lugar.

Los neandertales no eran las criaturas del hielo que imaginábamos

Cazador Neandertal
© Gorodenkoff – Shutterstock

La investigación, dirigida por Masoud Yousefi y publicada en Communications Earth & Environment, reconstruyó por primera vez los hábitats neandertales en toda su distribución conocida. El análisis abarcó desde el Último Período Interglaciar, hace unos 130.000 años, hasta los milenios inmediatamente anteriores a su desaparición.

Para hacerlo, los científicos combinaron modelos de distribución de especies con uno de los registros fósiles y arqueológicos más amplios disponibles. En total, incorporaron 683 localizaciones correspondientes a tres grandes periodos climáticos: MIS5, MIS4 y MIS3.

Los modelos consideraron factores como la temperatura durante el trimestre más frío, las precipitaciones del periodo más seco, la elevación y la pendiente del terreno. El resultado cuestionó directamente la representación tradicional del neandertal como un especialista de los paisajes helados.

La temperatura invernal fue la variable más importante, pero su efecto funcionaba en la dirección contraria a la esperada: los inviernos más cálidos generaban hábitats más favorables.

Las regiones preferidas se concentraban en las costas occidentales de Europa, el norte y el este del Mediterráneo, los alrededores del mar Negro y el sur de la cuenca del Caspio. En cambio, las grandes cordilleras y las llanuras continentales castigadas por inviernos extremos resultaban mucho menos adecuadas.

Lejos de depender de un único ambiente, los neandertales llegaron a ocupar 19 biomas diferentes. Podían desenvolverse en bosques mixtos cálidos, zonas de matorrales, regiones secas y bosques fríos de coníferas. Su flexibilidad ecológica era mucho mayor de lo que sugería el viejo estereotipo.

Un corredor de 6.000 kilómetros atravesaba Eurasia

El estudio también permitió reconstruir las rutas que conectaban a las distintas poblaciones. Una de ellas atravesaba más de 6.000 kilómetros, desde Europa oriental hasta las montañas de Altái, en el sur de Siberia.

Los investigadores la denominaron Corredor Este de Europa-Siberia. La ruta avanzaba al norte de los mares Negro, Caspio y de Aral, y habría permitido que los grupos occidentales mantuvieran algún grado de conexión con las poblaciones situadas en los extremos orientales de Eurasia.

También apareció una segunda vía que partía del Mediterráneo oriental, cruzaba la Meseta Central Iraní y finalmente se incorporaba al corredor principal en Asia occidental.

Estos caminos muestran que los neandertales no vivían necesariamente encerrados en pequeños refugios inconexos. Las costas funcionaban como territorios favorables y, al mismo tiempo, como auténticas autopistas naturales para sus desplazamientos. La ruta hacia Siberia constituía la gran excepción continental.

El descubrimiento es importante porque pone a prueba una de las explicaciones más aceptadas sobre su extinción: que el enfriamiento fragmentó progresivamente sus hábitats, separó a las poblaciones y provocó un colapso demográfico inevitable.

Los mapas, sin embargo, cuentan una historia diferente.

Su mundo se redujo, pero nunca llegó a romperse por completo

Los científicos midieron la superficie habitable, el tamaño de las áreas centrales, la conectividad entre territorios, la resistencia del paisaje y la calidad ambiental promedio. Aunque la extensión adecuada disminuyó ligeramente durante el MIS3, el periodo relacionado con la desaparición neandertal, el retroceso fue modesto.

La conectividad incluso alcanzó su máximo durante el MIS4 y, durante el MIS3, se mantuvo en niveles comparables con los del MIS5. Ninguno de los indicadores mostró una tendencia constante hacia una fragmentación extrema justo antes de la extinción.

Eso no significa que el clima fuera irrelevante. Un descenso de las temperaturas pudo reducir la cantidad de presas, debilitar algunas poblaciones o volver más difíciles determinados desplazamientos. Pero los resultados ofrecen poco respaldo a la idea de que el cambio climático, por sí solo, destruyó el hábitat neandertal.

El sorprendente hallazgo de la bebé mamut mejor conservada del mundo
© Pexels.

Los paisajes de Eurasia durante el Pleistoceno tardío tampoco eran extensiones uniformes de hielo. Estaban formados por mosaicos de bosques, matorrales y espacios abiertos capaces de ofrecer recursos variados en áreas relativamente continuas.

Cuando los neandertales desaparecieron, todavía existían grandes territorios donde podían sobrevivir. La pregunta, por lo tanto, deja de ser qué ocurrió con el paisaje y pasa a ser quién más comenzó a ocuparlo.

La llegada de otro humano pudo inclinar definitivamente la balanza

En ese mismo periodo, los Homo sapiens se expandían por Eurasia. Ambas especies necesitaban alimentos similares, cazaban grandes animales y competían por espacios estratégicos. Incluso sin una confrontación permanente, la presencia de grupos humanos más numerosos o mejor conectados pudo reducir el acceso neandertal a presas y territorios esenciales.

La disminución de la megafauna registrada entre hace 76.000 y 32.000 años habría intensificado esa presión. Con menos animales disponibles y un nuevo competidor extendiéndose por el continente, las poblaciones neandertales pudieron quedar por debajo de un umbral crítico.

El estudio también menciona evidencias controvertidas de violencia y posible canibalismo interpretadas por algunos investigadores como señales de enfrentamientos directos. No obstante, el escenario más probable no requiere imaginar una guerra organizada entre especies. Una competencia prolongada por recursos limitados podría haber sido suficiente.

La explicación final, por tanto, no señala a un único culpable. El enfriamiento habría debilitado a ciertas comunidades, mientras que la expansión de los Homo sapiens aumentó la presión sobre grupos ya pequeños. La combinación pudo desencadenar un colapso demográfico irreversible.

Los nuevos mapas, además, indican dónde podrían esconderse capítulos todavía desconocidos de esta historia. El corredor hacia Siberia y la ruta que atravesaba la Meseta Central Iraní contienen regiones muy favorables en las que aún no aparecieron restos. Futuras excavaciones podrían revelar nuevos yacimientos e incluso pistas sobre encuentros con denisovanos y otros grupos humanos.

La gran conclusión modifica profundamente el retrato tradicional: los neandertales no desaparecieron porque fueran incapaces de soportar un planeta cambiante. Eran viajeros adaptables, ocupaban ambientes diversos y conservaron territorios conectados hasta el final. Su problema pudo ser que, cuando el mundo empezó a volverse más difícil, ya no estaban solos.

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