Durante mucho tiempo, los denisovanos fueron casi un fantasma de la evolución humana. Sabíamos que existieron, que se cruzaron con nuestros antepasados y que parte de su ADN continúa presente en millones de personas, pero sus restos físicos podían contarse prácticamente con los dedos de las manos.
Una cueva del suroeste de China acaba de cambiar considerablemente esa imagen.
Dos estudios publicados en Nature (este y este) han identificado nuevos restos denisovanos en la cueva de Bianfu, en la provincia china de Yunnan, y reconstruido parte de la vida de quienes ocuparon aquel lugar. La secuencia arqueológica se extiende aproximadamente entre hace 190.000 y 70.000 años, mientras que los fósiles homininos analizados se sitúan entre 167.000 y 134.000 años atrás.
La ubicación es especialmente importante. Hasta ahora existía un enorme vacío entre los hallazgos denisovanos de Siberia, la meseta tibetana y otras zonas de Asia oriental. Bianfu sitúa directamente a estos humanos arcaicos mucho más al sur, en una región cercana a los corredores que conectan Asia oriental con el sudeste asiático.
Había 60.000 fragmentos de hueso. Cinco escondían una historia completamente distinta

El problema era encontrarlos. Los investigadores examinaron morfológicamente más de 60.000 fragmentos óseos recuperados en Bianfu. De ellos seleccionaron 76 para una técnica llamada ZooMS y 17 para análisis proteómicos más detallados. El resultado permitió identificar tres huesos humanos que habían pasado prácticamente desapercibidos: dos fragmentos de parietal y parte de un radio del brazo.
Después analizaron esos tres restos junto con dientes humanos descubiertos durante la excavación. Cinco piezas (los dos fragmentos craneales, el radio, un cuarto premolar inferior y un segundo molar inferior) contenían una variante concreta de la proteína COL1A2 observada en otros denisovanos conocidos. Los análisis filogenéticos reforzaron esa atribución.
No apareció ADN antiguo utilizable, de modo que el hallazgo no permite obtener un genoma completo ni determinar exactamente cómo se relacionaban estos individuos con otras poblaciones denisovanas. Las proteínas conservan mucha menos información que el ADN, pero pueden sobrevivir durante períodos mucho más largos y permiten identificar fósiles cuando su forma ya no resulta suficiente.
El conjunto completo de Bianfu incluye además otros dos dientes homininos, por lo que el yacimiento ha proporcionado siete fósiles humanos. Cinco son los que cuentan con la identificación proteómica denisovana descrita en el estudio molecular.
El hueso de un brazo revela algo que nunca habíamos visto

Uno de esos fragmentos es especialmente importante. El radio BFD771 constituye una de las escasas evidencias disponibles del cuerpo denisovano por debajo del cráneo. Hasta ahora, buena parte de lo que sabíamos sobre su anatomía procedía de dientes, mandíbulas y fragmentos craneales.
Su morfología resulta curiosa: presenta determinados rasgos comparables con los neandertales, mientras que en otros aspectos se aproxima más a Homo sapiens. Eso no convierte al individuo en un “eslabón perdido”. Más bien refuerza la idea de que la anatomía denisovana era más variable de lo que permiten imaginar los poquísimos restos conocidos hasta ahora.
Bianfu también conserva algo que los huesos aislados rara vez ofrecen: un contexto sobre cómo vivían.
Más de 1.300 herramientas de piedra, huesos utilizados como utensilios, restos animales y polen muestran una población que habitó un paisaje dominado por bosques de coníferas y que cazaba especialmente animales medianos y grandes. La secuencia cultural del yacimiento podría abarcar hasta 120.000 años.
Los denisovanos empiezan a dejar de ser aquel misterioso pueblo de Siberia

Cuando su existencia se reveló genéticamente en 2010, el único lugar inequívocamente relacionado con ellos era la cueva Denisova, en Siberia. Desde entonces el mapa no ha parado de crecer.
Una mandíbula de la meseta tibetana fue relacionada molecularmente con los denisovanos. Después llegaron evidencias de Taiwán y el cráneo de Harbin, en el noreste de China, además de indicios genéticos que apuntaban desde hacía tiempo a múltiples poblaciones distribuidas por Asia.
Bianfu llena ahora una pieza especialmente grande de ese rompecabezas. Los denisovanos podían vivir en la fría Siberia, ocupar la meseta tibetana a miles de metros de altitud y, como muestra este hallazgo, establecerse también en los ambientes mucho más templados del suroeste chino.
La gran pregunta sigue siendo qué significa realmente la palabra “denisovano”. Quizá no describa una única población uniforme, sino varios grupos relacionados que ocuparon enormes extensiones de Asia y se mezclaron entre ellos, con neandertales y finalmente con nosotros.
Durante años conocimos esa historia principalmente porque sobrevivió escrita en nuestro ADN. Ahora, poco a poco, empiezan a aparecer también quienes la escribieron.