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Ciencia

Un experimento accidental de 192 años convirtió a estos cerdos en animales únicos

A comienzos del siglo XIX, varios cerdos fueron abandonados en las remotas islas Auckland para servir como alimento de emergencia a posibles náufragos. Tras casi dos siglos aislados, sus descendientes habían cambiado físicamente y adquirido una característica inesperadamente valiosa: un extraordinario interés para la investigación biomédica.
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Una despensa en mitad del océano

Las islas Auckland se encuentran unos 560 kilómetros al sur de Nueva Zelanda, en una de las regiones más remotas y hostiles del planeta.

En 1807, el capitán Abraham Bristow liberó allí varios cerdos. La idea era sencilla: si algún barco naufragaba en aquellas aguas, los supervivientes tendrían animales que cazar y comer mientras esperaban un rescate.

Hubo al menos otras dos introducciones durante la primera mitad del siglo XIX. Después, los animales quedaron prácticamente aislados y comenzaron a reproducirse sin intervención humana.

Sin saberlo, los marineros habían iniciado un experimento evolutivo que duraría casi dos siglos.

Los cerdos comenzaron a cambiar

Sobrevivir allí no era sencillo.

Frío, lluvia, fuertes vientos y una disponibilidad limitada de alimento favorecieron durante generaciones a animales capaces de desenvolverse en aquel ambiente.

Los cerdos de Auckland terminaron diferenciándose de muchas razas comerciales modernas: desarrollaron cuerpos relativamente pequeños y estrechos, hocicos largos y una importante cobertura de pelo y cerdas que ayudaba a soportar el clima.

Pero su éxito tenía un enorme coste ecológico.

Los animales removían el suelo, destruían vegetación y afectaban a especies de aves marinas que habían evolucionado en un ecosistema prácticamente sin grandes mamíferos terrestres. Para restaurar la isla, Nueva Zelanda comenzó a plantearse su eliminación.

En 1999 rescataron exactamente 17

Antes de que aquella población pudiera desaparecer, la Rare Breeds Conservation Society of New Zealand decidió conservar parte de su patrimonio genético.

En 1999, exactamente 192 años después de la primera introducción, una expedición capturó 17 cerdos salvajes y los trasladó a Nueva Zelanda continental.

Los animales fueron inicialmente mantenidos en cuarentena en unas instalaciones especiales de Invercargill y posteriormente utilizados para establecer una población reproductora. 

Entonces apareció una segunda razón para conservarlos.

Casi dos siglos de aislamiento tenían una ventaja inesperada

El aislamiento geográfico había mantenido a estos animales alejados de muchos agentes infecciosos habituales de las poblaciones porcinas comerciales.

Eso resultaba especialmente interesante para un campo médico complejo: la xenotrasplantación, que intenta utilizar células, tejidos u órganos de animales para tratar a seres humanos.

Los cerdos son candidatos especialmente interesantes por sus similitudes fisiológicas con nosotros. Pero existe un enorme problema: junto al tejido podría transmitirse también algún microorganismo porcino.

Una población aislada y extremadamente controlada sanitariamente ofrecía una oportunidad excepcional.

Sus células terminaron dentro de pacientes humanos

Descendientes de aquellos cerdos fueron utilizados en Nueva Zelanda para producir islotes pancreáticos, conjuntos de células capaces de secretar insulina.

En un ensayo iniciado en 2009, 14 personas con diabetes tipo 1 recibieron células porcinas encapsuladas procedentes de esta población. Antes del procedimiento, los investigadores buscaron 26 microorganismos diferentes tanto en los animales donantes como en las preparaciones celulares.

Durante al menos un año de seguimiento no se detectó transmisión de los microorganismos porcinos analizados a los pacientes. Eso no convierte la técnica en un tratamiento estándar, pero convirtió a esta población en un recurso particularmente interesante para investigar nuevas formas de xenotrasplantación.

La historia terminó dando un giro difícil de imaginar.

En 1807, los humanos dejaron aquellos cerdos en una isla esperando que algún día alguien tuviera que matarlos para sobrevivir.

Casi dos siglos después, volvieron a buscarlos porque mantenerlos vivos podía resultar muchísimo más valioso.

 

 

Fuente: Xataka.

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