En 2017, Nueva Zelanda decidió probar qué ocurría si una botella de cerveza dejaba de ser una botella y terminaba convertida en algo mucho menos intuitivo: parte de una carretera.
La idea nació alrededor de DB Export, una marca de cerveza de DB Breweries que desarrolló un sistema para triturar vidrio y convertirlo en un sustituto de la arena. El objetivo inicial era producir unas 100 toneladas, aproximadamente el equivalente a medio millón de botellas. La propia compañía terminó fabricando 104 toneladas de Beer Bottle Sand durante aquel año. Pero aquí hay un matiz que se ha perdido en algunas versiones recientes de la historia: las 500.000 botellas no acabaron todas dentro de una misma carretera.
El experimento vial de Hamilton utilizó bastante menos. Y aun así, lo que ocurrió allí terminó siendo bastante más interesante.
Una intersección con casi 12.000 botellas debajo

El lugar elegido fue la intersección de Horsham Downs Road y Lake Road, cerca de Hamilton. La Waikato District Alliance, una colaboración entre el gobierno local y Downer New Zealand, sustituyó parte de la arena convencional de la mezcla asfáltica por vidrio reciclado triturado.
El tramo de prueba ocupaba unos 1.500 metros cuadrados y utilizó material procedente del equivalente a casi 12.000 botellas. El vidrio había sido procesado hasta conseguir partículas similares en tamaño y comportamiento a la arena empleada normalmente en el asfalto.
La idea tenía dos objetivos bastante sencillos. Por un lado, evitar que vidrio difícil de reciclar terminara en vertederos. Por otro, reducir la cantidad de arena natural necesaria para construir carreteras. DB Export había presentado precisamente el proyecto como una forma de disminuir la presión sobre playas y otros lugares de extracción.
Lo interesante llegó cuando los ingenieros empezaron a observar cómo se comportaba el pavimento.
El vidrio no solo funcionó: en algunos aspectos funcionó mejor

Un informe posterior encargado por la Agencia de Transporte de Nueva Zelanda analizó aquel caso y concluyó que las mejoras de rendimiento observadas en experimentos internacionales también aparecieron en Hamilton.
La mezcla mostró mayor durabilidad y mejor comportamiento a altas temperaturas, incluso utilizando proporciones de vidrio reciclado superiores a las permitidas entonces por las especificaciones habituales.
La Waikato District Alliance ya había señalado durante el propio ensayo que la superficie estaba funcionando bien, mientras que los responsables del proyecto afirmaban que el nuevo asfalto había superado hasta ese momento al material existente.
Eso importa especialmente porque el calor es uno de los enemigos del pavimento. Cuando aumenta la temperatura, el betún puede ablandarse y favorecer deformaciones provocadas por el tráfico. El ensayo neozelandés sugería que sustituir una parte del agregado fino por vidrio correctamente procesado podía hacerse sin sacrificar las prestaciones de la carretera e incluso mejorarlas bajo determinadas condiciones.
No significa que simplemente arrojar vidrio triturado al asfalto haga automáticamente mejores carreteras. La granulometría, la proporción utilizada, el resto de los agregados y el diseño de la mezcla siguen siendo determinantes.
Lo que era un experimento terminó entrando en las reglas

El uso de vidrio reciclado en las carreteras neozelandesas ya no es únicamente una curiosidad de aquel proyecto. Las especificaciones actuales de Waka Kotahi, la Agencia de Transporte de Nueva Zelanda, permiten utilizar vidrio recuperado en distintos componentes del pavimento. En las capas de base, por ejemplo, se admite hasta un 5% en masa, y cantidades superiores pueden autorizarse si el material supera determinados ensayos de comportamiento. El vidrio también puede emplearse como agregado reciclado en ciertos asfaltos bajo aprobación técnica.
Así que aquella carretera de Hamilton nunca estuvo realmente hecha de 500.000 botellas de cerveza. La historia es algo más precisa (y probablemente más interesante): Nueva Zelanda convirtió alrededor de medio millón de botellas en más de 100 toneladas de arena artificial, metió una parte bajo una carretera y descubrió que el residuo podía competir con materiales extraídos directamente de la naturaleza.
Una botella vacía había terminado convertida en pavimento. Y el pavimento, contra lo que cabría esperar, no fue el eslabón débil.