En un universo con trillones de planetas, las probabilidades juegan a favor de la vida. Las estimaciones más conservadoras sugieren que podrían existir decenas de civilizaciones solo en la Vía Láctea, y aun así, seguimos sin oír una sola señal. Por ahora, la Tierra continúa siendo el único punto azul del cosmos donde la vida es una certeza. Todo lo demás (atmósferas prometedoras, exoplanetas con agua, señales anómalas) pertenece al terreno de la conjetura.
La astrobióloga Ester Lázaro, investigadora del Centro de Astrobiología (CSIC-INTA) y responsable del grupo de Estudios de evolución experimental con virus y microorganismos, explica que la ausencia de pruebas “no implica necesariamente que estemos solos”.
En una entrevista para el programa Las científicas responden (patrocinado por L’Oréal-Unesco For Women in Science y Bristol Myers Squibb), Lázaro sostiene que “puede que la vida exista en formas que todavía no sabemos reconocer, o que su ventana de comunicación sea mucho más corta de lo que imaginamos”.
La ecuación que quiso responderlo todo

En el año 1961, el astrónomo Frank Drake intentó ponerle números a la esperanza. Su ecuación, hoy célebre, buscaba estimar cuántas civilizaciones podrían comunicarse con nosotros en la galaxia. Para hacerlo, consideraba factores como la cantidad de estrellas con planetas, el número de mundos potencialmente habitables y la probabilidad de que la vida evolucione hasta desarrollar inteligencia y tecnología.
Pero había una variable crucial: la duración de esas civilizaciones. ¿Cuánto tiempo pueden sobrevivir antes de desaparecer?
“Esa es la gran incógnita”, apunta Lázaro. “Una civilización podría haber existido hace millones de años, comunicarse durante apenas unos siglos y luego extinguirse sin dejar rastro detectable”. De ahí la pregunta que el físico Enrico Fermi lanzó hace más de medio siglo y que sigue flotando sin respuesta: “Si hay tantas civilizaciones ahí fuera… ¿dónde están todos?”
Vida microscópica: la regla, no la excepción
La biología terrestre ofrece un espejo elocuente. Durante casi toda su historia, la vida fue microbiana y sencilla. Los organismos complejos (y mucho más, los seres inteligentes) son la excepción. Por eso, dice Lázaro, “si la vida existe en otros planetas, lo más probable es que sea microscópica. Es la forma más resistente, adaptable y duradera que conocemos”.
Los llamados extremófilos, capaces de sobrevivir en radiación, hielo o ácidos, demuestran que la vida no necesita condiciones “ideales”. En la Tierra prosperan en cuevas, volcanes y fondos abisales; en otros mundos, podrían hacerlo bajo el hielo o en los océanos ocultos de Europa o Encélado. “Estos hallazgos”, explica la investigadora, “nos obligan a ampliar la definición de habitabilidad. La vida puede esconderse en lugares que ni siquiera imaginamos”.
Civilizaciones que no duran lo suficiente

Pero si hablamos de verdadera inteligencia, el panorama cambia. Las civilizaciones tecnológicas podrían ser efímeras, señala Lázaro. “El progreso trae consigo la capacidad de autodestrucción. Quizá muchas especies llegan a ese punto y desaparecen antes de que podamos detectarlas”.
En apenas un siglo, los humanos hemos modificado el clima, agotado recursos y desarrollado armas que podrían aniquilarnos. Si ese patrón es universal, el silencio del universo podría ser el eco de su fragilidad.
Una búsqueda que también nos explica
Cada exoplaneta descubierto, cada espectro químico analizado, nos acerca un poco más a entender nuestro propio lugar en el cosmos. “La búsqueda de vida extraterrestre no es solo científica, también es filosófica”, concluye Lázaro. “Nos obliga a pensar en lo que significa estar vivos, en lo improbable de nuestra existencia y en cómo la cuidamos”.
Quizá el universo esté lleno de vida. Quizá nadie quiera (o pueda) responder. Pero seguir preguntando ya dice mucho de nosotros: una especie diminuta que mira al cielo y se atreve a desafiar el silencio.