A mediados de los años 80, la malvasía cabeciblanca estaba al borde de desaparecer de la península ibérica. Su población se había reducido hasta apenas unas pocas decenas de ejemplares y cualquier nueva amenaza podía ser definitiva. Entonces apareció otra ave muy parecida: la malvasía canela, originaria de Norteamérica.
No era especialmente agresiva, no arrasaba los humedales ni desplazaba de forma evidente a otras especies. El problema era mucho más silencioso: podía reproducirse con la malvasía cabeciblanca y producir descendencia fértil. Eso significaba que, si seguía expandiéndose, podía terminar diluyendo genéticamente a la especie autóctona hasta hacerla desaparecer como población diferenciada.
La malvasía canela había llegado a Europa después de que varios ejemplares escaparan de colecciones de aves acuáticas mantenidas en Reino Unido. A partir de ahí consiguió establecer una población reproductora y comenzó a extenderse por el continente siguiendo sus rutas migratorias. En España, el primer avistamiento se produjo en 1983, en el delta del Ebro.
En aquel momento podía parecer simplemente otro pato más dentro de un humedal, pero las autoridades entendieron pronto que el verdadero peligro estaba en la hibridación. Por eso decidieron actuar antes de que la especie invasora se estableciera de forma masiva.

La amenaza no era física, sino genética
La malvasía canela no necesitaba expulsar ni matar a la cabeciblanca para ponerla en peligro. Bastaba con que ambas especies se cruzaran.
Los híbridos comenzaron a detectarse en España a comienzos de los años 90, pero para entonces las autoridades ya habían puesto en marcha un programa de control. Desde mediados de los años 80, los ejemplares de malvasía canela que aparecían en territorio español eran retirados o abatidos.
Entre 1984 y 2011 se eliminaron de los humedales españoles cientos de ejemplares entre malvasías canelas puras e híbridos. La estrategia funcionó, pero tenía un límite evidente: mientras siguiera existiendo una población importante en el norte de Europa, nuevos individuos podían seguir llegando a la península.
El principal foco estaba en Reino Unido, donde la población de malvasía canela había crecido hasta varios miles de ejemplares. Eso convertía el problema en algo imposible de resolver únicamente desde España.
La clave fue que Europa actuó de forma coordinada
En 2005, Reino Unido puso en marcha un programa propio de erradicación de la especie. La población comenzó a desplomarse rápidamente y otros países europeos siguieron estrategias similares.
Ese esfuerzo coordinado cambió el escenario por completo. Con menos malvasías canelas desplazándose por Europa, también disminuyó la presión sobre la población ibérica de malvasía cabeciblanca.
Con el paso de los años, la presencia de la especie invasora en España se volvió excepcional, mientras que la cabeciblanca consiguió recuperarse desde aquel mínimo crítico de los años 80.
El caso terminó convirtiéndose en uno de los ejemplos más citados sobre cómo gestionar una especie invasora cuando todavía está en las primeras fases de expansión.
La malvasía cabeciblanca pasó de decenas de ejemplares en los años setenta a una población mucho mayor hoy 🦆📈 gracias a los esfuerzos de conservación.
Aunque sigue creciendo, enfrenta amenazas como la pérdida de hábitat 🏞️ y la hibridación con la malvasía canela⚠️ que ponen en… pic.twitter.com/VPRVPiaxsZ
— Fundación Biodiversidad (@FBiodiversidad) February 5, 2026
Actuar pronto fue lo que marcó la diferencia
Eliminar una especie invasora cuando ya ocupa grandes territorios suele ser extremadamente difícil, costoso y, en muchos casos, prácticamente imposible.
Por eso, la historia de estas dos malvasías funciona como un ejemplo de la importancia de intervenir antes de que el problema se descontrole. España detectó la amenaza cuando todavía había pocos ejemplares, mantuvo el control durante décadas y después se benefició de la colaboración de otros países europeos.
La medida fue drástica, pero evitó un tipo de desaparición mucho menos evidente que una extinción tradicional: que una especie dejara de existir poco a poco porque sus genes quedaran absorbidos por otra población.
En este caso, el mayor riesgo no era que la malvasía cabeciblanca dejara de verse de un día para otro, sino que terminara desapareciendo lentamente dentro de otra especie.