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Han pasado casi 400 años desde que un barco británico se hundiera y se llevara a las profundidades uno de los mayores tesoros de la historia. Ahora y gracias a una nueva pista, los cazadores de tesoros de todo el mundo se preparan para ser los primeros en conseguir “El Dorado de los mares”.

Se estima que existen actualmente más de tres millones de naufragios en el fondo del océano. Durante años, gran parte de la recompensa recuperada por los cazadores de tesoros se extrajo de los naufragios en aguas poco profundas con la ayuda de buceadores.

Sin embargo, esto cambió a mediados de los años ochenta en adelante, con el advenimiento de vehículos operados por control remoto, robots equipados con luces, cámaras, drones acuáticos, propulsores de dirección y brazos futuristas capaces de levantar objetos desde profundidades kilométricas.

Por esta razón, a medida que esta tecnología bajo el agua se vuelve más accesible, los países han comenzado a desafiar el concepto de “buscadores” que tradicionalmente han llevado las operaciones de rescate. Lo que se busca con ello es frustrar las actividades de los cazadores de tesoros prohibiéndoles vender “lo que sea” de un naufragio que tenga más de cien años.

Algunas de estas expediciones son sancionadas públicamente por los gobiernos, pero se da la circunstancia de que otras son financiadas de forma privada por organizaciones, fundaciones o personajes de dudosa reputación que soló buscan hacerse inmensamente ricos.

No obstante, todavía hoy es posible dar con un hallazgo histórico sin la ayuda de la costosa tecnología. Esto mismo ocurrió en el año 2016 con el HMS Terror de Sir John Franklin. El buque se encontró en el fondo de una bahía ártica, aunque sin duda lo más fascinante fue cómo dieron con él.

Al parecer, uno de los exploradores escuchó a un Inuit, un local del Ártico, hablando de esa época seis años antes, cuando había visto lo que parecía ser una cabecera de madera que sobresalía del hielo cerca de la Bahía donde encontraron el Terror. Aunque aquel hombre había tomado una foto, nunca le contó a nadie sobre su descubrimiento porque había perdido su cámara y consideraba que era mala suerte.

Aún así, incluso sin una prueba fotográfica, el investigador creyó la historia del hombre, y el equipo terminó encontrando el Terror casi exactamente donde el hombre lo había ubicado y decía haberlo visto.

Posiblemente el caso del Terror fue fuente de inspiración para muchos buscadores de tesoros en los últimos años, aunque también, qué duda cabe, con dinero y tecnología es mucho más fácil.

Gracias a esos dispositivos que comentaba al comienzo también han aparecido en escena compañías como Odyssey Marine Exploration, algo así como la versión de Apple, Google o Microsoft de los buscadores de tesoros.

Para que nos hagamos una idea, Odyssey es la única empresa de este tipo que cotiza en bolsa. Fundada en 1994 por Greg Stemm, un ejecutivo de publicidad, y John Morris, un hombre de negocios, ha tratado de distinguirse de otras similares trabajando con arqueólogos para excavar restos e incluso formando asociaciones con gobiernos, algunos de los cuales parecen estar dispuestos a gastar millones de dólares en la tecnología submarina necesaria para salvar su patrimonio cultural de las profundidades.

Odyssey ofrece asumir la carga financiera de las excavaciones a cambio de un tanto por ciento de las ganancias. De hecho, así fue como en 2002 llevó a cabo un acuerdo pionero con Reino Unido para tratar de encontrar un extraño buque británico que se hundió en 1641.

Ese buque no era uno cualquiera, tenía un tesoro a bordo que, según los informes, valía miles de millones de dólares. Aquel buque era el Mercante Real, el Dorado de los Mares, y hoy más que nunca estamos más cerca de encontrarlo y saber hasta dónde asciende la carga de oro y plata que puede convertir a una sola persona en una de las más envidiadas de la historia.

Limbrey y su barco de las mil monedas

Cuentan los libros de historia que el capitán John Limbrey no era lo que se dice un hombre pobre. Cuando su barco, el Mercante Real, entró en el puerto de Cádiz para llevar a cabo algunas reparaciones en enero de 1637, su fortuna personal ya se estimaba en cientos de miles de piedras preciosas. Pero en el espíritu bucanero y avaro de los tiempos, Limbrey no pudo dejar pasar la oportunidad de hacer un poco más.

Ese año el capitán aventurero y comerciante zarpó de Plymouth, Inglaterra, para España y otros puntos en el Mercante Real. Lo contrataron por un período de 21 meses un grupo de destacados propietarios ingleses. Más de dos años después de que expirara el estatuto, acercándose a su tierra natal con la fortuna de un magnate como recompensa de viajes comerciales de lo más épicos, la vida de Limbrey y su barco iba a cambiar.

Para entonces ya era un comerciante bien establecido en el negocio a veces peligroso del comercio entre Inglaterra y España. Limbrey aprovechó la excepcionalidad de los años en que Reino Unido se mantuvo al margen de las guerras que arrasaron todo el continente europeo para ofrecer su barco “neutral” para el transporte de riquezas, suministros, armas y soldados a los diversos teatros de la contienda.

En aquellos años era más seguro contratar a ingleses que a españoles, franceses u holandeses para arriesgar sus propios barcos, y la gente de mar de Reino Unido hizo mucho dinero con este negocio.

España siguió ese espíritu emprendedor de Limbrey. El gobierno español lo contrató para transportar tropas, suministros, armas y especies entre la península y los puertos gobernados por España en Italia (o puertos amigos en Portugal). Combinó esos viajes con paradas comerciales propias, incluida una ruta ilegal en el sur de Francia para tomar un cargamento de preciados cordones y ropa de cama: productos prohibidos en España (entonces en guerra con Francia), aunque los más deseados por los pudientes y sus señoras.

Estaba tan bien posicionado, que en 1639 él y sus marineros ingleses adoptaron temporalmente nombres en español, rebautizaron su barco como San Jorge y navegaron a través del Atlántico como parte de la escolta armada de la flota anual del tesoro. Regresaron a España en 1640, después de un gran número de aventuras con los españoles.

En el viaje de regreso, Limbrey se acercó al desastre. Al acercarse al puerto español de Cádiz, el Mercante Real casi se inunda debido a la pesada carga que transportaba. El buque apenas podía atracar. Permanecieron un año en Cádiz reparando el barco.

El siguiente viaje comercial que pretendía realizar en el Mercante Real debía ser el último, y su destino era su tierra natal en Inglaterra. Limbrey se encargó de que cuando el barco finalmente zarpara hacia su casa, sería un viaje que transportaría no solo su propia riqueza y rica carga de mercancías, sino también oro, gemas, cofres de plata y otros “tesoros” para británicos y mercantes flamencos.

Para el entonces poderoso veterano de las rutas comerciales transatlánticas, llegó la oportunidad cuando se propagó el fuego a bordo de un barco empleado para transportar 60 cofres de monedas de plata, lingotes y muchísimo oro a 30.000 soldados españoles estacionados en Flandes.

Limbrey estaba más que feliz de ofrecer sus servicios y los de su tripulación. Así, en agosto de 1641, su embarcación de 700 toneladas zarpó hacia los Países Bajos en convoy con su buque hermano, el Mercante de Dover.

Lo que siguió fue una de las grandes calamidades de la época mercantil.

Reparado y aparentemente en buen estado, el Real y el Dover zarparon de Cádiz a mediados de septiembre. Las fechas de los eventos son algo confusas: en ese momento, España utilizaba el “calendario gregoriano” que empleaban la mayoría de las naciones occidentales, pero Inglaterra se aferraba al calendario “juliano” establecido por primera vez por Julio César.

Los españoles estaban 10 días por delante del calendario de Inglaterra, así que mientras los ingleses cuentan que el barco se hundió el 23 de septiembre de 1641, la fecha en que se produjo la pérdida en la “versión española” fue el 6 de octubre de 1641.

Sea como fuere, pasaron algunos días mientras los dos barcos navegaban hacia el Océano Atlántico, luego, y según la práctica de la época, avanzaron hacia el noreste hacia la desembocadura del Canal de la Mancha. Mientras los barcos navegaban, el Dover decidió seguir un curso diferente entre Ushant en la costa francesa y las Islas Scilly al suroeste de Gran Bretaña. Por su parte, el Mercante Real navegó solo hacia el Canal de la Mancha, momento en que comenzó el desastre.

A medida que la marea se elevaba anunciando la tormenta que se acercaba, el Real comenzó a filtrar agua por todos lados. Durante horas, su tripulación trabajó sin descanso tratando de bombear, pero el barco seguía hundiéndose lentamente. Algunos de los hombres, aterrorizados, tomaron el bote salvavidas del barco, abandonando a Limbrey y otros que todavía luchaban tratando de salvar el Real y sus incontables riquezas.

En este punto de la historia la mayoría de las narraciones son hipótesis. Lo único cierto es que el Mercante se hundió junto a 18 tripulantes y el descomunal cofre del tesoro. Para que nos hagamos una idea, se estima que fue igual a un tercio del valor del tesoro nacional británico.

La pérdida del barco se hizo noticia en toda Europa. Los informes alertaron a los mercaderes y financieros horrorizados, quienes habían esperado recibir sus joyas, plata, oro, cordones y especias. Desde entonces, sumergido en alguna zona de los fondos marinos durante casi cuatro siglos, las gemas, joyas, barras y monedas del reluciente tesoro dorado del Real están esperando que alguien las encuentre.

La pista que todos estaban esperando

Sabiendo la historia del Mercante no es de extrañar que durante siglos se haya convertido en lo que llaman el “Dorado de los mares”. Antes de que llegara este mes de marzo de 2019, lo más cerca que se ha estado del hallazgo tuvo lugar en 2007.

Ocurrió cuando Odyssey Marine Exploration sorprendió al mundo anunciando que había recuperado 500.000 monedas de plata que pesaban 17 toneladas de un barco que describían como el ficticio Black Swan. Las monedas, que se decía que tenían un valor de 250 millones de libras, se llevaron a Gibraltar y luego a Florida, donde tuvo lugar un litigio para dirimir a quién le pertenecían.

Para los medios británicos estaba claro de que el botín provenía del Real. España en cambio estaba convencida de que se había recuperado de Nuestra Señora de las Mercedes, un buque de guerra español hundido por los británicos en Portugal.

Finalmente, se probó en el juicio que la carga recuperada estaba siendo transportada por la fragata española Nuestra Señora de las Mercedes que se hundió en 1804. El 27 de febrero de 2012, el tesoro del barco se trasladó de regreso a España, donde las monedas y otros artefactos del naufragio ahora se exhiben en museos públicos.

Por supuesto, Odyssey no ha dado la búsqueda del tesoro por perdida. De hecho, el equipo siguió buscando el Real a través del programa de Discovery Channel de 2009, Treasure Quest, pero una vez más no tuvieron éxito.

Finalmente, este mes de marzo de 2019 ocurrió lo que tantos buscadores de tesoros llevaban siglos esperando. Un equipo de pesca del Reino Unido cerca de Cornwall encontró un extraño atascado en sus redes: se trataba del ancla gigante y oxidado del barco. Poco después se confirmaba que el descubrimiento era efectivamente parte del Mercante Real debido a su tamaño, edad y ubicación.

Si bien el descubrimiento del ancla ha proporcionado datos de ubicación invaluables para que comiencen una búsqueda exhaustiva de los restos del barco, el proyecto requerirá mucho más que añadir una simple X en un mapa para marcar el lugar a analizar.

Tal y como han explicado varios expertos estos días, como Mark Milburn, cazador de tesoros y propietario de Atlantic Scuba, este tipo de esfuerzos requiere un equipo técnico muy especial con buzos entrenados y especializados.

Sobre todo, cuenta Milburn, “deben estar listos para el océano, los restos del naufragio, y la dura competencia, porque sin duda, habrá muchos ansiosos por obtener su parte del tesoro”. Para el experto:

El lugar donde se encontró es de unos 100 metros de profundidad; hay muy pocas personas calificadas para bucear tan profundamente antes de que lleguen equipos más sofisticados. Yo mismo iré allí para echar un vistazo, pero tenemos que esperar las condiciones adecuadas y debido a que ahora mismo son muy peligrosas en esa zona, la ventana es muy estrecha.

Estoy seguro de que habrá mucha gente persiguiendo el tesoro. Mi principal preocupación será que la gente lo tome y no se lo cuente a nadie. Es una leyenda verídica tan grande... y la gente sabe que todavía está en aguas profundas.

En cualquier caso, y como comentábamos al comienzo, cualquier hallazgo o descubrimiento exitoso del fastuoso tesoro debe ser reportado, en este caso al gobierno británico.

Sin embargo, cuenta el propio Milburn que mientras que las aguas estatales determinan la recompensa por pertenecer al estado, un buzo podría mantener su tesoro bajo derechos de salvamento, aunque necesitaría una licencia para reclamar dicho derecho.

Sea como fuere, las aguas británicas podrían volverse un poco más populares en los próximos meses, sobre todo con la subida de las temperaturas y la posibilidad, más real que nunca, de dar con uno de los tesoros más alucinantes de la historia.

Todo ello sin tener en cuenta que la confirmación de los restos y su próspera carga no solo se han confirmado en una zona marcada en rojo tras el descubrimiento del ancla, sino que se ha transmitido a todos y cada uno de los audaces buscadores que llevan toda una vida esperando semejante noticia.

Dicen que la riqueza de conocimientos que descubrirán los arqueólogos e historiadores cuando finalmente den con el naufragio puede ser más valioso aún que la mismísima carga que lleva el buque. Un tesoro que podría valer cientos de miles de millones de dólares.

O quizás mucho, muchísimo más.

[Telegraph, Wrecksite, Wikipedia, MoneyWeek, BBC, USAToday]

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Miguel Jorge

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