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Ciencia

Estados Unidos vertió 62.000 litros de solución alcalina en el Atlántico para abrirle un “hueco” químico al CO₂. Siguieron el agua durante cinco días, pero aún falta la única cifra que importa

El ensayo demostró que es posible modificar y rastrear de forma controlada la química del océano. Lo que todavía no se ha publicado es cuánto CO₂ abandonó realmente la atmósfera y permaneció almacenado.
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La imagen de una mancha rosa avanzando por el océano convirtió el experimento en una historia sobre un vertido químico. Sin embargo, los investigadores no estaban intentando capturar directamente el dióxido de carbono como si el mar fuera una gigantesca aspiradora.

Su objetivo inmediato era más modesto y, a la vez, mucho más difícil de comprobar: cambiar la química de una parcela de agua para que pudiera absorber CO₂ posteriormente y desarrollar una forma fiable de medir ese proceso.

El hidróxido no captura el carbono al instante

Estados Unidos vertió 62.000 litros de solución alcalina en el Atlántico para abrirle un “hueco” químico al CO₂. Siguieron el agua durante cinco días, pero aún falta la única cifra que importa
© Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI).

Durante seis horas, el proyecto LOC-NESS liberó aproximadamente 62.000 litros de una solución con hidróxido de sodio de alta pureza en la cuenca de Wilkinson, dentro del golfo de Maine. Fue el primer ensayo de aumento de la alcalinidad oceánica realizado bajo un permiso de investigación de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos.

El hidróxido de sodio eleva la alcalinidad y desplaza el equilibrio químico del carbono ya disuelto. Parte del CO₂ pasa a presentarse como bicarbonato y carbonato, dos formas más estables de almacenamiento dentro del agua. Al reducirse la presión parcial del CO₂ marino, se genera un desequilibrio con la atmósfera: queda una especie de “hueco” químico que permite la entrada de más gas desde el aire.

Pero esa entrada no es inmediata. Una revisión sobre la medición de estas técnicas calcula que el intercambio entre la atmósfera y el océano tiene una escala característica cercana a seis meses, aunque puede variar desde menos de un mes hasta varios años dependiendo de las corrientes, el viento, la profundidad de la capa mezclada y la región.

El experimento de Cape Cod, por tanto, creó condiciones favorables para retirar carbono. No permaneció activo el tiempo suficiente para observar toda la captura potencial.

Cinco días para seguir el agua, no para cerrar el balance

Estados Unidos vertió 62.000 litros de solución alcalina en el Atlántico para abrirle un “hueco” químico al CO₂. Siguieron el agua durante cinco días, pero aún falta la única cifra que importa
© Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI).

El intenso color no procedía del hidróxido, sino de rodamina, un trazador añadido para distinguir la parcela tratada del océano circundante. Un barco científico siguió la mezcla, mientras cuatro vehículos submarinos autónomos y varios planeadores registraban su pH, temperatura, salinidad y concentración de CO₂. También se utilizaron satélites, redes de plancton y muestras recogidas a diferentes profundidades.

Los resultados preliminares presentados por Woods Hole indican que la mancha pudo rastrearse durante aproximadamente cinco días, que su movimiento coincidió estrechamente con los modelos y que tanto el pH como el colorante regresaron a sus niveles iniciales dentro de los plazos previstos.

Tampoco se detectaron diferencias significativas entre el interior y el exterior de la parcela en bacterias, fitoplancton, zooplancton ni larvas de peces y langostas. Eso no equivale a declarar segura la técnica: el estudio fue pequeño, tuvo una exposición breve y no midió directamente sus efectos sobre niveles superiores de la cadena alimentaria o sobre las pesquerías.

La EPA concedió el permiso después de consultas ambientales y bajo la condición de que la prueba no provocara una degradación irrazonable del ecosistema. Era una autorización para investigar, no una luz verde para repetir el vertido a escala industrial.

El verdadero experimento es la contabilidad

Estados Unidos vertió 62.000 litros de solución alcalina en el Atlántico para abrirle un “hueco” químico al CO₂. Siguieron el agua durante cinco días, pero aún falta la única cifra que importa
© Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI).

Para que esta estrategia sirva contra el cambio climático no basta con demostrar que el pH subió y volvió a bajar. Los científicos deben calcular cuánto CO₂ adicional cruzó desde la atmósfera, qué proporción permaneció disuelta, adónde fue transportada y si alguna reacción secundaria anuló parte del beneficio.

También hay que descontar las emisiones producidas al fabricar el material alcalino, trasladarlo hasta los puertos, distribuirlo con barcos y vigilar enormes extensiones oceánicas. La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos advierte de que esta infraestructura tendría necesidades energéticas considerables y que la monitorización podría representar una parte sustancial del coste total.

El ensayo resolvió una pieza imprescindible: demostró que una parcela de agua modificada puede ser localizada incluso mientras las corrientes la deforman y diluyen. Ahora falta conectar esa mancha con una cantidad verificable de carbono atmosférico.

La rodamina consiguió responder dónde fue el agua. Para convertir el océano en una herramienta climática, todavía hay que demostrar dónde terminó el CO₂.

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