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Ciencia

Los monos capuchinos cazan lagartos, roedores y aves, pero lo más revelador ocurre después: abren la presa y comen primero el cerebro y las vísceras. Ese orden parece diseñado para extraer la máxima energía antes de perder el botín

Más de 5.000 horas de seguimiento revelaron 446 episodios de consumo de vertebrados. La carne no funciona como un banquete colectivo: los machos cazan más, los órganos blandos desaparecen primero y la mayoría come a solas.
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Un capuchino consigue atrapar un lagarto. Antes de entretenerse arrancando pequeños trozos de músculo, accede al cerebro, los ojos y las vísceras. Son tejidos blandos, fáciles de ingerir y especialmente ricos en grasas. Si otro mono se acerca para disputar la presa, la parte más valiosa ya ha desaparecido.

Esta secuencia se repitió suficientes veces para que los investigadores dejaran de considerarla una colección de escenas aisladas. Los capuchinos barbudos de Brasil siguen una estrategia reconocible para capturar, procesar y consumir otros vertebrados.

Cinco mil horas para reconstruir una carnicería

Los monos capuchinos cazan lagartos, roedores y aves, pero lo más revelador ocurre después: abren la presa y comen primero el cerebro y las vísceras. Ese orden parece diseñado para extraer la máxima energía antes de perder el botín
© Tiago Falótico/USP.

El equipo siguió durante 45 meses a dos grupos de capuchinos barbudos de Fazenda Boa Vista, en el estado brasileño de Piauí. Las 5.093 horas de observación produjeron 446 registros de consumo de vertebrados, el conjunto de datos más extenso recopilado hasta ahora para esta especie.

Los animales capturaron principalmente lagartos, geckos y otros reptiles, además de roedores, aves, murciélagos, zarigüeyas e iguanas. El estudio publicado en PLOS One incluye los primeros registros confirmados de capuchinos barbudos comiendo algunas de esas presas.

La actividad tampoco estaba repartida de forma uniforme. Los machos presentaron una tasa de consumo de vertebrados 1,4 veces superior a la de las hembras. Los adultos cazaron mucho más que los individuos infantiles y únicamente los machos fueron observados comiendo serpientes.

La diferencia puede relacionarse con el tamaño corporal (los machos adultos pesan bastante más), pero también con el riesgo. Las hembras parecen concentrarse en recursos más previsibles, mientras que los machos pueden permitirse perseguir presas capaces de defenderse.

El cerebro y las vísceras desaparecen primero

Los monos capuchinos cazan lagartos, roedores y aves, pero lo más revelador ocurre después: abren la presa y comen primero el cerebro y las vísceras. Ese orden parece diseñado para extraer la máxima energía antes de perder el botín
© Tiago Falótico/USP.

Las aves pequeñas solían ser ingeridas enteras. Cuando no era así, los capuchinos comenzaban por el cerebro y los órganos internos. En los mamíferos también comían las patas, la cola y ocasionalmente los ojos; de los lagartos aprovechaban pies, piel, cola, cerebro y vísceras.

Las serpientes recibían un tratamiento diferente: normalmente desechaban la cabeza y consumían el resto del cuerpo, prestando especial atención a los órganos internos.

Los músculos exigían arrancar pequeños bocados, masticarlos repetidamente y tragarlos. El cerebro y las vísceras, en cambio, podían consumirse con rapidez. Los autores plantean que acceder primero a esos tejidos permite obtener una gran concentración de grasas y nutrientes antes de que la presa sea robada.

Eso no significa que los monos conozcan conscientemente la composición nutricional de cada órgano. El estudio documenta un orden de consumo consistente y propone una ventaja energética capaz de favorecerlo.

La competencia encaja con otro resultado: el 82% de los episodios analizados involucró a un solo consumidor. Las escenas colectivas representaron menos del 18% y, aun cuando varios individuos participaban, una única presa podía terminar monopolizada.

La caza primate pudo empezar sin grandes equipos

Los monos capuchinos cazan lagartos, roedores y aves, pero lo más revelador ocurre después: abren la presa y comen primero el cerebro y las vísceras. Ese orden parece diseñado para extraer la máxima energía antes de perder el botín
© Tiago Falótico/USP.

La imagen popular de los orígenes humanos suele colocar a varios cazadores cooperando para derribar un gran herbívoro. Estos capuchinos ofrecen un escenario anterior y menos espectacular: individuos que capturan pequeñas presas, comen rápidamente las partes más valiosas y evitan compartir un recurso limitado.

El grupo que no recibía alimentos suplementarios registró una tasa de depredación 1,88 veces superior a la del grupo alimentado. La caza también aumentó cuando disminuyó la disponibilidad de frutos, apoyando la idea de que la carne puede actuar como recurso energético de emergencia.

Pero los propios investigadores piden cautela. Una revisión de la carnivoría en 89 especies de primates encontró poco respaldo general a la idea de que todos cacen más cuando escasean los vegetales. En muchas especies, la carne parece aportar sobre todo micronutrientes y no necesariamente cubrir un déficit calórico.

Tampoco se puede concluir que los primeros homininos actuaran exactamente como estos monos. Lo que ofrece el estudio es un modelo para buscar evidencias diferentes. Los yacimientos suelen prestar atención a grandes huesos con marcas de corte, aunque la explotación de animales pequeños pudo dejar señales mucho más frágiles.

La gran pista sobre el origen de nuestra dieta carnívora quizá no esté en un enorme esqueleto descuartizado. Podría encontrarse en diminutos cráneos abiertos para alcanzar primero el cerebro.

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