Los dinosaurios produjeron animales de varias decenas de toneladas, depredadores de ocho toneladas y especies emplumadas comparables con un cuervo. Sin embargo, dejaron vacío un tamaño que hoy está repleto de ratones, musarañas, lagartos y pequeñas aves.
El dinosaurio no aviano adulto más pequeño conocido pesaba alrededor de 400 gramos. Es diminuto frente a un tiranosaurio, pero gigantesco comparado con el colibrí abeja o la musaraña etrusca, que no alcanzan los dos gramos.
La gran anomalía de los dinosaurios quizá no sea cómo consiguieron hacerse enormes. Es por qué nunca llegaron a ser verdaderamente pequeños.
Un modelo llenó el Mesozoico de dinosaurios inexistentes

Stephanie Lechki y Roger Benson analizaron las masas corporales de 515 especies de dinosaurios no avianos y las compararon con miles de mamíferos, aves, reptiles y tortugas. No realizaron nuevas excavaciones: pusieron a prueba un modelo que relaciona el tamaño corporal con la capacidad de obtener energía y convertirla en descendencia.
Ser pequeño reduce el coste de mantener el cuerpo y permite alcanzar antes la edad reproductiva, pero también limita la cantidad de alimento que puede conseguirse. Ser grande abre el acceso a más recursos, aunque exige mucha más energía. Entre ambos extremos debería aparecer un tamaño especialmente eficiente.
El estudio publicado en Evolution calculó correctamente los tamaños más frecuentes de los mamíferos (unos 100 gramos) y de las aves (alrededor de 33 gramos). Sin embargo, ninguna combinación fisiológica razonable logró reproducir la distribución de los dinosaurios.
Incluso configurado para favorecer cuerpos grandes, el modelo situó el tamaño óptimo de un dinosaurio en unos tres kilos y predijo numerosas especies adultas de entre 100 y 300 gramos. Ninguna aparece en el registro fósil.
Dos yacimientos eliminaron la excusa de los huesos frágiles

La explicación más inmediata es la fosilización. Los esqueletos pequeños se destruyen con mayor facilidad, son arrastrados por el agua y resultan mucho más difíciles de encontrar. Esa pérdida infla artificialmente el tamaño aparente de los dinosaurios conocidos.
Para evitarla, los investigadores se concentraron en dos depósitos extraordinarios: el Grupo Jehol, en el noreste de China, y la Formación Djadokhta, en Mongolia. Ambos conservan esqueletos completos o articulados de animales diminutos, incluidos mamíferos, lagartos y aves.
Djadokhta incluso presenta un tamaño frecuente de dinosaurio cercano a 760 gramos, mucho menor que el observado en conjuntos fósiles dominados por animales grandes. Pero ni allí ni en Jehol aparece un adulto no aviano dentro de la franja de 100 a 300 gramos predicha por las ecuaciones.
En esas mismas rocas sí quedaron preservados otros vertebrados de ese tamaño. Por eso, los autores consideran probable que la ausencia sea biológica y no únicamente una pérdida del registro.
No es una certeza absoluta. El descubrimiento de un dinosaurio adulto de 200 gramos bastaría para obligar a revisar la conclusión.
Los pequeños espacios ya podían estar ocupados
Si el cuerpo de los dinosaurios permitía la miniaturización y sus huesos no desaparecieron todos, queda una explicación ecológica: quizá no tenían dónde vivir.
Los mamíferos mesozoicos ya ocupaban muchos nichos diminutos como consumidores de insectos, semillas y otros recursos. También estaban las crías de dinosaurios mayores. Como nacían de huevos relativamente pequeños y podían multiplicar enormemente su masa hasta la edad adulta, atravesaban diferentes tamaños y dietas durante su crecimiento.
Una investigación publicada en Science ya mostró que los terópodos juveniles probablemente llenaban espacios que, en los ecosistemas modernos, ocupan especies adultas independientes. Los adolescentes de los grandes depredadores actuaban como carnívoros medianos y reducían el espacio disponible para competidores.
Los autores proponen que algo parecido pudo ocurrir en el extremo inferior: mamíferos, lagartos y dinosaurios juveniles habrían consumido los recursos necesarios para mantener una especie adulta del tamaño de un ratón.
Las aves ofrecen la excepción decisiva. Su tamaño habitual cayó hasta los 30 o 100 gramos durante el Cretácico temprano, coincidiendo con la aparición de capacidades de vuelo más avanzadas. Volar pudo abrir recursos y espacios inaccesibles para los competidores terrestres, liberándolas del límite ecológico que frenaba a los demás dinosaurios.
Todavía es una hipótesis. Pero ahora la paleontología tiene un vacío muy concreto que explicar: no faltan dinosaurios pequeños. Falta una categoría entera de dinosaurios que, según su propia biología, nunca debió estar vacía.