Imagen: SWEviL / Shutterstock

Hasta poco antes de su muerte Robert Morris jam√°s abri√≥ la caja que le hab√≠an encomendado. Un d√≠a volver√≠an a por ella, o eso le dijeron, pero lo cierto es que hab√≠an pasado 23 a√Īos desde aquel encuentro con el extra√Īo y jam√°s volvi√≥ a saber de √©l, as√≠ que decidi√≥ ver lo que conten√≠a. Se trataba de tres textos cifrados junto a unas cartas escritas a mano informando de la existencia de un importante tesoro enterrado. Desde el S. XIX sin resolverse el Santo Grial de la criptograf√≠a‚Ķ ¬Ņo quiz√° siempre ha sido una gran broma?

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Dec√≠a Carl Hammer que alrededor de un 10% de los magos de la criptograf√≠a, de las grandes mentes descifradores de c√≥digos y mensajes secretos u ocultos tras la historia del planeta, se han dedicado a intentar resolver el puzzle incompleto. Ninguno lo ha conseguido. Un gran enigma que hoy cuenta con tantos detractores como fieles seguidores tras la b√ļsqueda del tesoro de Beale. Y todo comenzar√≠a hace mucho tiempo, a finales de 1817.

El cifrado de Beale

Imagen: Beale Papers. Wikimedia Commons

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Era el a√Īo 1885 cuando sale a escena un autor bajo el nombre de James B. Ward. El hombre revela una serie de papeles que ten√≠a en su poder, nada menos que una ‚Äúgu√≠a‚ÄĚ que conduce a un tesoro escondido. Ward explica que aquel que tenga la suficiente inteligencia ser√° capaz de descifrar el puzzle que viene incluido en los papeles. Acto seguido Ward cuenta la historia de c√≥mo han llegado esos textos hasta su poder.

Varias d√©cadas atr√°s, en 1817, un aventurero americano llamado Thomas Jefferson Beale se encontraba cazando b√ļfalos junto a un grupo de 30 hombres. El tipo era el l√≠der de una expedici√≥n que se encontraba en el suroeste de Estados Unidos, en las proximidades de lo que hoy es Colorado. Ese mismo d√≠a tropiezan con una mina en cuyo interior encuentran grandes cantidades de oro y plata.

¬ŅQu√© hacen? Algo parecido a lo que posiblemente est√©s pensando, guardar el secreto y trazar un plan para sacar de all√≠ semejante tesoro sin que nadie se percatase. Pasar√≠an en el enclave los dos a√Īos siguientes, en silencio y como hormigas trasladando los metales preciosos hasta Virginia, lugar de origen de la mayor√≠a de ellos, y ubic√°ndolos en un lugar seguro en las cercan√≠as de Lynchburg. Ese lugar, obviamente, es el quid de la cuesti√≥n, pero lo que s√≠ se sabe a trav√©s de las cartas es que est√° enterrado bajo tierra, en una b√≥veda o c√°mara subterr√°nea entre los a√Īos 1819 y 1821.

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Una vez escondido, Beale escribe tres notas, cada nota una pista, tres papeles que explicaban:

  • Nota 1: La ubicaci√≥n, donde se encuentra el tesoro
  • Nota 2: El contenido exacto del tesoro.
  • Nota 3: Qui√©nes son los due√Īos del mismo.
Imagen: Primera nota cifrada (Ubicación). Wikimedia Commons

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Imagen: Segunda nota cifrada (y luego resuelta). Wikimedia Commons
Imagen: Tercera nota cifrada. Wikimedia Commons

Ocurre que pasado el tiempo y como veremos a continuaci√≥n, Beale desaparece despu√©s de dejarle las notas a un hombre. Pasado el tiempo uno de los tres papeles logra descifrarse a trav√©s de una versi√≥n ligeramente modificada de la Declaraci√≥n de Independencia de los Estados Unidos, todo un hallazgo aunque incompleto, ya que ni el primer texto (el m√°s importante por la ubicaci√≥n) ni el tercer texto (los due√Īos del tesoro) son resueltos. Ni la Declaraci√≥n de Independencia ni ning√ļn otra fuente conocida dan como resultado un texto legible de los textos cifrados 1 y 3. En resumen, fuera lo que fuese, Beale hab√≠a hecho un gran trabajo.

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O quiz√° no. Y es que a√ļn hoy, con los avances en el campo de la criptograf√≠a, ni siquiera los equipos m√°s modernos han sido capaces de acercarse a la soluci√≥n de los textos. Esto es lo que ha llevado a numerosos estudiosos en el campo a pensar si realmente existe tal tesoro, o peor a√ļn, ¬Ņexiste realmente Thomas Beale o es una gran broma del se√Īor Ward?

Los textos pasan de manos

Imagen: Mclek / SHutterstock

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Ward explicaba que una vez que Beale escribi√≥ las tres notas cifradas y las encerr√≥ en el interior de una caja de hierro, le da la caja al due√Īo de una posada que conoc√≠a y que cre√≠a fiable, el se√Īor Robert Morris, en el a√Īo 1822. Beale le da la caja con una serie de estrictas reglas e instrucciones. En primer lugar le explica a Morris que bajo ning√ļn concepto puede abrir la caja a menos que √©l o alguno de sus colegas no regresen a por ella en el transcurso de los pr√≥ximos 10 a√Īos. Por √ļltimo le indica que le enviar√° una carta con la soluci√≥n del sistema de cifrado de los textos en caso de que sea finalmente el due√Īo de la caja si no regresa.

Pasaron los a√Īos y Morris nunca volvi√≥ a saber de Beale. As√≠ que en 1845, 23 a√Īos despu√©s del encuentro con el explorador, Morris piensa que Beale ha muerto y no aguanta m√°s. Decide abrir y ver el contenido de la caja.

Con sumo cuidado abre la misteriosa caja y se encuentra con dos cartas y tres notas cifradas. Morris se viene arriba e intenta descifrar los textos pero sus intentos fueron infructuosos. El posadero se da por vencido y no le hace m√°s caso al contenido.

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Poco antes de su muerte y recordando el enigm√°tico encuentro con Beale, Morris decide traspasar los ‚Äúpoderes‚ÄĚ de la caja a un amigo an√≥nimo. Un hombre hasta la fecha desconocido que consigue descifrar los secretos que conten√≠an el texto n√ļmero 2. Este hombre lo hab√≠a intentando anteriormente con otros libros sin resultado hasta que llega a la Declaraci√≥n de la Independencia de Estados Unidos.

Al parecer, el sistema de cifrado era una secuencia de cerca de 800 n√ļmeros en cada uno de los tres textos. En el caso del texto 2, cada n√ļmero correspond√≠a a una palabra incluida en la Declaraci√≥n de la Independencia. La primera letra de cada una de esas palabras llevaba a la soluci√≥n, aunque eso s√≠, y como apuntar√≠a Ward, con algunas variaciones o modificaciones en la ortograf√≠a y puntuaciones.

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Un ejemplo del comienzo: Si el texto cifrado comenzaba con 115, 73, 24 ‚Ķ, acudiendo a la Declaraci√≥n coincid√≠an con las palabras instituted, hold, another, lo que a su vez y juntando la primera letra de cada una de ellas (I+H+A) acaba dando el texto (des)cifrado (ese principio comenzaba con un I have deposited‚Ķ ). As√≠, una vez hechas las correcciones y a√Īadidas las puntuaciones a la lectura, el texto n√ļmero 2 ven√≠a a decir los siguiente:

He depositado en el condado de Bedford, a unas cuatro millas de Buford, en el interior de una b√≥veda y a seis pies bajo tierra, los siguientes art√≠culos que a su vez pertenecen a las partes cuyos nombres figuran en el texto adjunto n√ļmero 3:

El primer depósito consiste en 1.014 libras de oro y 3.812 libras de plata, todo ello depositado en noviembre de 1819. El segundo se hizo en diciembre de 1821 y constaba de 1.907 libras de oro y 1288 de plata, además de joyas obtenidas en St. Louis por un valor de 13 mil dólares.

Todo ello empaquetado de forma segura en una cubierta de hierro. El texto n√ļmero 1 describe la localizaci√≥n exacta de la c√°mara subterr√°nea de manera que, de descifrarla, no deber√≠a existir ning√ļn problema para encontrarla.

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Sin embargo el amigo de Morris hab√≠a sido incapaz de descifrar la primera y la tercera nota. Este an√≥nimo es el que acaba contactando con Ward y los dos acaban publicando el folleto de todo aquello cuanto sab√≠an hasta la fecha. Lo hacen, seg√ļn explica Ward, con la esperanza de que en ese presente o futuro cercano la conjunci√≥n de mentes puedan dar con la soluci√≥n y desbloquear los dos sistemas de cifrado que llevan al tesoro.

La b√ļsqueda del tesoro de Beale

Imagen: Merydolla / Shutterstock

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En las d√©cadas siguientes todos los intentos por descifrar los textos fueron in√ļtiles. A pesar de que exist√≠a una posibilidad de encontrar un tesoro enterrado en alg√ļn punto espec√≠fico, nadie dio con la soluci√≥n. Esto propici√≥ que a finales del siglo XIX muchos comenzaran a preguntarse si realmente exist√≠a tal tesoro o si por el contrario era una historia inventada. Al fin y al cabo, nadie pod√≠a afirmar haber visto los documentos originales de Beale a excepci√≥n del propio Ward.

Así, a comienzos del S.XX se mezclan las expediciones de buscadores del misterioso tesoro con los más escépticos. Hasta finales de la década de los 60, momento en el que aparece en escena Carl Hammer, uno de los pioneros de romper un código informatizado, y quién fija su atención en los cifrados de Beale. Hammer no consigue grandes progresos pero concluye que los patrones de las dos notas sin descifrar parecen no ser aleatorias.

La investigación de Hammer abría de nuevo de par en par la promesa de Beale (o quien sabe si de Ward). Lo cierto es que su trabajo venía a decir que si Beale o el mismo Ward habían hecho un texto aleatorio como broma, era altamente improbable que mostrara el grado de sistematicidad que había encontrado.

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Más tarde aparecía en escena el criptógrafo Jim Gillogly con su artículo A Dissenting Opinion, quién hace un nuevo descubrimiento sobre los textos. Gillogly contaba que aunque Hammer estuviera en lo cierto y el texto cifrado no estaba hecho al azar, también había encontrado que el mismo cifrado no parecía corresponder a las propiedades del propio idioma inglés. Es decir, que al intentar utilizar la Declaración de la Independencia para el texto 1 y 3 (igual que se hizo en el 2), el resultado produjo varias secuencias sospechosamente ordenadas, cuando lo normal en un intento de descifrar es que se produzcan secuencias de aspecto arbitrario de letras.

La afirmaci√≥n de Gillogly volv√≠a a poner en duda a Ward, ¬Ņser√≠a una invenci√≥n? Se sab√≠a que las copias de los documentos con los que hizo p√ļblico el ‚Äútesoro de Beale‚ÄĚ los hab√≠a puesto a la venta por 50 centavos de d√≥lar la copia (de la √©poca). ¬ŅSer√≠a posible que estos documentos fueran un enga√Īo y una m√°quina de hacer dinero para Ward?

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La duda, desde luego, estaba más que fundamentada y seguiría latente. Llegados a 1982 aparece en escena el investigador y escéptico Joe Nickell, quién publica un informe evaluando el material que se sabe a través de diferentes tipos de pruebas.

Primero con el registro hist√≥rico, del que Nickell encuentra que Robert Morris efectivamente existi√≥ y fue el due√Īo de una posada en la ubicaci√≥n correcta. En cambio el detective no encuentra una pista que ofrezca datos reales sobre Thomas J. Beale, no hay evidencia de su existencia. S√≠ la hay para el autor James B. Ward, quien seg√ļn sus pesquisas y los registros que encontr√≥, se hab√≠a registrado durante un tiempo como un mas√≥n. Nickell dec√≠a que los conocidos lo describ√≠an como un hombre √≠ntegro, pero poco m√°s se sab√≠a.

No sólo eso, el investigador también concluía que el lenguaje utilizado por las copias que facilitó Ward no se ajustaban al período en el que supuestamente las escribió Beale. Nickell se refería a palabras o expresiones demasiado nuevas para la década de 1820, aunque cabía la posibilidad de que fueran los primeros usos.

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El detective tambi√©n pone de relieve que parece sospechosamente conveniente que el √ļnico texto que se hab√≠a descifrado y posteriormente publicado por Ward fuera precisamente el que proporcionaba todos los detalles tentadores acerca del tesoro, claro est√°, sin la ubicaci√≥n precisa, y recordando que esa primera nota ofrec√≠a la localizaci√≥n exacta del tesoro. Para Nickell el tercer texto es el m√°s superfluo (los due√Īos del tesoro) pero a la vez le confiere al conjunto mayor autenticidad.

Por √ļltimo, Nickell y su colega Jean Pival analizaron los estilos de los textos supuestamente de Beale y los de Ward. Seg√ļn ambos investigadores:

Las sorprendentes similitudes en los documentos de Ward y Beale indican que un autor era el responsable de ambos. A pesar de que dos escritores pueden compartir una caracter√≠stica idiosincr√°sica, la puesta en com√ļn de varias caracter√≠sticas extraordinarias constituye, en mi opini√≥n, evidencia concluyente de que la misma mano escribi√≥ ambos documentos.

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Imagen: Cepera / Shutterstock

Como reconoce el mismo Nickell, queda la gran pregunta acerca de c√≥mo un hombre descrito como √≠ntegro acaba elaborando un plan de enga√Īo de este calibre. Quiz√°, apunta, la buena reputaci√≥n no fue derivada de su trabajo, o quiz√° la desesperaci√≥n financiera lo llev√≥ a traicionar sus valores. O quiz√° tambi√©n, existe una tercera explicaci√≥n aportada por el investigador: todo se pod√≠a deber a una ilustraci√≥n metaf√≥rica de la filosof√≠a mas√≥n, a menudo implicadas con s√≠mbolos y alegor√≠as.

Sea como fuere tras Nickell aparec√≠a en escena Peter Viemeister, historiador e investigador del c√≥digo Beale, qui√©n aseguraba que a utilizando el censo junto a otros documentos de la √©poca hab√≠a identificado a varios Thomas Beale, todos nacidos en Virginia y todos ajust√°ndose a los hechos conocidos. ¬ŅEntonces?

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De lo que no hay duda es de que los textos cifrados de Beale son un documento histórico de la historia de la criptografía en Estados Unidos y de la propia cultura popular. Tal es así que mismo relato se ha llegado a unir a la figura de Edgar Allan Poe, sugerido este como el verdadero autor del folleto descriptivo. La razón es el propio interés del autor por la criptografía y su cercanía en el tiempo con el encuentro Beale-Morris. Sin embargo Poe murió en 1849, mucho antes de la publicación de los textos, y su prosa difería significativamente de los textos.

Existiera o no Beale, fuera o no Ward, sea o no una broma o estafa de este √ļltimo, lo cierto es que a√ļn hoy no existe consenso. Los entusiastas de la criptograf√≠a y numerosos grupos de investigaci√≥n han continuado tratando de descifrar los textos en vano, los c√≥digos que llevar√≠an a ese supuesto tesoro valorado en m√°s de 60 millones de d√≥lares en la actualidad.

Durante gran parte del S. XX se han dado infinidad de intentos con buscadores de tesoros o eminencias en el campo como Herbert O. Yardley (fundador de la US Cipher Bureau) o el famoso criptoanalista William Friedman. Friedman, figura del codebreaking en Estados Unidos durante la primera mitad del S. XX y al cargo de los servicios de inteligencia, incluy√≥ al propio cifrado de Beale como parte del programa de formaci√≥n, y lo hizo porque aunque no fueran ciertas o existan garant√≠as de su veracidad, en todo caso se trata de una ‚Äúobra de una ingenuidad diab√≥lica, espec√≠ficamente dise√Īada para atraer al lector desprevenido‚ÄĚ.

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Si durante mucho tiempo -incluso a√ļn hoy se defiende- el manuscrito Voynich fue la piedra filosofal de esos grandes misterios y enigmas por resolver (con o sin c√≥digo de por medio), los devotos de Beale han conformado una imagen a√ļn perdurable, una historia a√ļn cre√≠ble que cautiva como pocas. Al fin y al cabo, ¬Ņa qui√©n no le apetece encontrar un tesoro con semejantes riquezas?


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