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Ciencia

La Unión Soviética intentó domesticar zorros para ver hasta dónde podía moldear la evolución. Décadas después, algo inquietantemente parecido podría estar ocurriendo solo

En 1959, un experimento soviético comenzó a seleccionar zorros por docilidad para comprobar si la domesticación podía cambiar no solo su conducta, sino también su cuerpo. Hoy, nuevas observaciones sugieren que algunas poblaciones urbanas podrían estar recorriendo un camino similar sin que nadie las esté criando a propósito.
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La historia de la domesticación animal está llena de coincidencias y decisiones deliberadas. Sin embargo, no siempre somos conscientes de cuándo un animal salvaje empieza a cambiar para adaptarse a nosotros. El zorro, pariente cercano del perro, es un ejemplo fascinante: fue protagonista de uno de los experimentos científicos más largos de la historia y hoy podría estar repitiendo ese proceso por su cuenta.

El experimento que cambió la relación con un depredador

El experimento soviético que intentó domesticar zorros y cómo podría estar repitiéndose sin querer
© Unsplash / Nathan Anderson.

En la Unión Soviética del año 1959, los genetistas Dmitri Belyaev y Lyudmila Trut seleccionaron zorros rojos (Vulpes vulpes) en función de su mansedumbre. La hipótesis era que, con generaciones de cría controlada, aparecería el llamado “síndrome de domesticación”: orejas caídas, hocicos más cortos, pelaje moteado y un carácter más amistoso hacia los humanos.

Quince generaciones después, ya había ejemplares como Pushinka, capaces de convivir con personas. El experimento sobrevivió al colapso de la URSS y se prolongó más de seis décadas, dejando una línea conocida como “zorro domesticado ruso” o Vulpes vulpes f. amicus. Belyaev murió en los años 80 y Trut en 2024, pero los descendientes de aquellos zorros aún existen.

Zorros urbanos y la posible autodomesticación

El experimento soviético que intentó domesticar zorros y cómo podría estar repitiéndose sin querer
© Unsplash / Erik Mclean.

La pregunta es si hoy estamos viendo un proceso similar en libertad. En ciudades europeas, los zorros han aprendido a vivir junto a humanos, alimentándose de desechos y desplazándose por calles y parques. El biólogo Kevin Parsons, intrigado por esta adaptación, estudió más de un centenar de cráneos de zorros urbanos y rurales de la colección de los Museos Nacionales de Escocia.

Los resultados, publicados en 2020, revelaron que los zorros de ciudad tenían hocicos más cortos, cabezas más anchas y cerebros más pequeños que sus equivalentes rurales: rasgos compatibles con el síndrome de domesticación. Esto sugiere que la convivencia constante con humanos podría estar moldeando su anatomía y comportamiento sin que lo advirtamos.

Una convivencia con posibles riesgos

Si bien el contacto cercano entre zorros y personas despierta simpatía, también plantea dilemas ecológicos y sanitarios. La adaptación a la vida urbana puede alterar su papel en los ecosistemas y aumentar la transmisión de enfermedades. Comprender este fenómeno no es solo una curiosidad científica: es clave para gestionar una relación que, consciente o no, estamos transformando día a día.

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