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Ciencia

Francia levantó dos montañas de residuos mineros de 150 metros y las abandonó en 1986. Cuarenta años después, la naturaleza les dio una segunda vida que nadie esperaba

Dos enormes montañas de residuos de carbón quedaron abandonadas en el norte de Francia. Cuatro décadas después, el calor acumulado en sus laderas permitió desarrollar un ecosistema inesperado.
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Durante décadas, los habitantes de Loos-en-Gohelle, una pequeña localidad del norte de Francia, convivieron con dos enormes pirámides negras que se elevaban sobre sus casas. No eran montañas naturales ni monumentos construidos deliberadamente. Eran millones de toneladas de residuos acumulados durante generaciones de extracción de carbón.

Cuando la actividad minera terminó en 1986, aquellas estructuras de unos 150 metros de altura parecían destinadas a convertirse en cicatrices permanentes de la industrialización. Nadie las había levantado pensando en conservar la naturaleza y mucho menos en crear un nuevo ecosistema.

Pero ocurrió algo inesperado. El sol comenzó a calentar sus laderas oscuras, aparecieron nuevas plantas y algunos animales encontraron condiciones que no existían en los campos circundantes. Cuatro décadas después, el antiguo paisaje industrial alberga cientos de especies y se ha convertido en un ejemplo singular de recuperación ecológica.

Dos montañas de carbón abandonadas escondían una característica inesperada

Francia levantó dos montañas de residuos mineros de 150 metros y las abandonó en 1986. Cuarenta años después, la naturaleza les dio una segunda vida que nadie esperaba
Los antiguos depósitos de residuos del complejo 11/19 fueron preservados como parte de la memoria minera de Loos-en-Gohelle. Desde 2012 forman parte del paisaje carbonífero de Norte-Paso de Calais reconocido por la Unesco. © Henri Martin / Alamy.

Las pirámides pertenecen al antiguo complejo minero 11/19, situado en la cuenca carbonífera de Norte-Paso de Calais. Durante años, los trabajadores acumularon allí esquistos, fragmentos de roca y materiales que no podían aprovecharse durante la extracción del carbón. Estos enormes depósitos, conocidos en Francia como terrils, alcanzaron aproximadamente 150 metros sobre la llanura circundante. Sin embargo, el material que los formaba tenía propiedades muy diferentes de las del suelo natural.

Según explica la revista de divulgación naturalista La Salamandre, en su investigación sobre las escombreras de Loos-en-Gohelle, las pendientes oscuras, pedregosas y expuestas al sol favorecen unas condiciones ecológicas particularmente singulares. El esquisto negro absorbe intensamente la radiación solar. A esto se suman un drenaje rápido del agua, la escasez de suelo fértil y unas pendientes que reciben diferentes cantidades de luz durante el día.

El resultado es la aparición de microclimas cálidos y secos que pueden recordar a determinados ambientes mediterráneos, incluso en una región dominada por temperaturas oceánicas y lluvias frecuentes. Aquello que había sido considerado un residuo industrial terminó creando condiciones para la llegada de organismos adaptados al calor.

La transformación fue mucho más lejos: cientos de especies encontraron un refugio

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Las laderas de los antiguos depósitos mineros de Loos-en-Gohelle combinan rocas oscuras y vegetación espontánea. El calentamiento solar de estas superficies crea condiciones favorables para especies adaptadas a ambientes secos y cálidos. © V. Cohez / CPIE CdT.

Con el paso de los años, algunas laderas comenzaron a cubrirse de vegetación. Otras permanecieron prácticamente desnudas, creando una combinación de superficies rocosas, pastizales y pequeños bosques. Esa diversidad de ambientes favoreció la llegada de insectos, aves, mamíferos y plantas que aprovecharon las nuevas condiciones.

Los datos publicados por el Ayuntamiento de Loos-en-Gohelle en su inventario de biodiversidad registran 159 especies animales y 190 especies vegetales en el conjunto del espacio 11/19. Entre ellas se contabilizaron 88 especies de aves, 25 de mariposas diurnas, 15 de libélulas y numerosas plantas de interés ecológico.

La Universidad de Lille también documenta esta recuperación en su material científico sobre territorios posmineros, donde destaca cómo estos espacios pueden ofrecer condiciones valiosas para especies que encuentran cada vez menos hábitats adecuados en los paisajes agrícolas y urbanos.

Lo curioso es que no todas las especies necesitan un entorno completamente verde. Algunas dependen precisamente de los terrenos abiertos, las rocas expuestas y las superficies donde el sol puede elevar la temperatura. Las montañas artificiales terminaron funcionando como pequeños refugios ecológicos, aunque eso no significa que la contaminación minera haya dejado de representar un problema en otros lugares.

Una decisión política evitó que desaparecieran y terminó cambiando la ciudad

Francia levantó dos montañas de residuos mineros de 150 metros y las abandonó en 1986. Cuarenta años después, la naturaleza les dio una segunda vida que nadie esperaba
Los montículos del complejo minero 11/19 forman parte de un paisaje donde los terrenos industriales abandonados conviven con zonas de vegetación. Su conservación ha permitido desarrollar nuevos espacios de biodiversidad. © Goncalo Lopes / Alamy.

La naturaleza no actuó completamente sola. Tras el cierre de las explotaciones, las autoridades locales optaron por preservar las escombreras en lugar de eliminarlas. Marcel Caron, alcalde entre 1977 y 2001, impulsó su conservación como parte de la identidad industrial de Loos-en-Gohelle. Posteriormente, la localidad desarrolló programas de restauración ambiental, corredores ecológicos y nuevas iniciativas energéticas.

En 2012, el paisaje minero de Norte-Paso de Calais fue incorporado a la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, un reconocimiento a su valor histórico, cultural y paisajístico. La transformación también refleja un cambio en la forma de interpretar los espacios industriales abandonados. Durante mucho tiempo, la restauración ambiental se asociaba principalmente con eliminar los restos de las actividades humanas y devolver los terrenos a un estado anterior.

Lo ocurrido en Loos-en-Gohelle demuestra que, en determinadas circunstancias, conservar y gestionar una estructura artificial puede favorecer nuevos hábitats sin borrar las huellas del pasado. Las dos pirámides siguen allí, dominando el horizonte como lo hacían cuando los mineros trabajaban bajo tierra. Solo que ahora cuentan otra historia: la de un paisaje construido para acumular desechos que terminó encontrando una inesperada función ecológica.

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