El océano, motor vital del planeta, está perdiendo uno de sus elementos esenciales: la luz. Investigadores alertan que una porción significativa de sus aguas ya no permite el paso de los rayos solares con la intensidad necesaria para sostener la vida. Este fenómeno, conocido como oscurecimiento oceánico, plantea un reto urgente para la biodiversidad marina y la estabilidad climática global.
Qué es la zona fótica y por qué está desapareciendo

La zona fótica es la capa superior del océano donde penetra la luz solar y se desarrolla el fitoplancton, base de la vida marina. Es también donde se genera buena parte del oxígeno que respiramos y donde se absorbe el CO₂ atmosférico. Su reducción compromete procesos esenciales como:
- La fotosíntesis oceánica.
- La cadena alimentaria marina.
- La pesca sostenible.
- El equilibrio del clima global.
Según este estudio, entre 2003 y 2022, más del 9% del océano perdió más de 50 metros de profundidad en su zona fótica. En regiones críticas, la pérdida superó los 100 metros, afectando gravemente a las especies que dependen de la luz para alimentarse o reproducirse.
Causas y zonas más afectadas

El estudio, liderado por científicos del Plymouth Marine Laboratory, identifica causas tanto naturales como antrópicas. En zonas costeras, el exceso de nutrientes procedentes de fertilizantes, la escorrentía de sedimentos y materia orgánica disuelta han reducido la claridad del agua. En mar abierto, el calentamiento global ha alterado la floración del fitoplancton y la estratificación de las masas de agua.
Las regiones más impactadas incluyen el Atlántico Norte, el Ártico y el Antártico, además de mares cerrados como el Báltico. En el Reino Unido, los efectos varían según la zona: mientras algunas se han oscurecido, otras han visto un aumento en la claridad del agua.
Las consecuencias ya se hacen sentir
El oscurecimiento oceánico está empujando a las especies hacia la superficie, lo que incrementa la competencia por recursos, eleva el estrés biológico y las hace más vulnerables a depredadores —incluidos los humanos—. Además, compromete la capacidad del océano de actuar como sumidero de carbono, debilitando un pilar fundamental en la lucha contra el cambio climático.
El estudio subraya la importancia de invertir en tecnologías de monitoreo oceanográfico y en políticas que gestionen el impacto humano sobre los ecosistemas marinos. El océano está enviando señales claras. La pregunta es si sabremos leerlas a tiempo.