Hace unos 7.300 años, frente a la costa sur de la isla japonesa de Kyushu, un volcán estalló desde el fondo del mar. La erupción de Kikai-Akahoya provocó terremotos, un megatsunami y una lluvia de ceniza que cubrió buena parte del archipiélago. En algunos lugares, la capa de ceniza alcanzó varios metros de espesor.
En esa época, Japón estaba habitado por los jomon, comunidades de cazadores-recolectores conocidas por fabricar algunas de las cerámicas más antiguas del mundo. Durante décadas se asumió que la erupción había sido una catástrofe uniforme para ellos. Un nuevo estudio muestra que la historia fue bastante más compleja.
Una de las mayores erupciones del Holoceno

Kikai-Akahoya fue una erupción de índice de explosividad volcánica 7, el segundo nivel más alto de la escala. Es una de las pocas erupciones confirmadas de esa magnitud desde el fin de la última glaciación, hace unos 11.700 años. Las estimaciones recientes calculan que expulsó más de 100 kilómetros cúbicos de magma, y su ceniza llegó hasta Okinawa y el sur de la península de Corea.
El volcán, hoy una caldera en gran parte sumergida, se encuentra a unos 50 kilómetros de la costa de Kyushu. El tsunami que generó dejó depósitos a lo largo de cientos de kilómetros de la costa occidental de Japón.
Ganadores y perdedores de un desastre

El estudio, publicado el 14 de octubre en la revista Science Advances por investigadores de la Universidad de Cambridge y la Universidad de Lund, usó modelos estadísticos para reconstruir cómo cambió la población jomon en todo el archipiélago antes y después de la erupción.
En el sur de Kyushu, la zona más cercana al volcán, la población colapsó. Pero los datos muestran que ya venía en declive antes de la erupción, y que la región estaba habitada sobre todo por grupos pequeños y muy móviles.
La sorpresa apareció en el norte de Kyushu. Allí la población siguió creciendo durante el desastre y después de él. Los autores creen que se debe a la llegada de refugiados desde las zonas más afectadas, que se instalaron en las costas del norte, donde los ecosistemas marinos se recuperaron rápido y ofrecían alimento abundante.
«Los sobrevivientes migraron, forjaron nuevas relaciones sociales e inventaron nuevos tipos de economía», explicó Enrico Crema, investigador de la Universidad de Cambridge y autor principal del estudio.
El efecto que llegó más lejos
El hallazgo más inesperado se dio en las regiones alejadas del volcán. Allí la población venía creciendo antes de la erupción, pero después se estancó o empezó a bajar. Los investigadores proponen varias explicaciones: un cambio climático de corto plazo provocado por la ceniza en la atmósfera, problemas de salud asociados al volcanismo y algo menos obvio, el desgaste de los dientes de ciervos y jabalíes que pastaban en tierras cubiertas de ceniza volcánica. Animales con dientes dañados se alimentan peor, y eso pudo reducir una fuente clave de comida para los cazadores.
Para Peter Jordan, profesor de arqueología de la Universidad de Lund y autor senior del trabajo, el estudio muestra lo impredecibles que pueden ser las consecuencias de un gran desastre, y que incluso en situaciones extremas las personas siguen teniendo opciones. Una lección que, miles de años después, sigue siendo relevante para un país que convive con más de un centenar de volcanes activos.