Hay fósiles que obligan a reconstruir un animal entero a partir de unos pocos huesos. Este hace exactamente lo contrario: permite observarlo casi directamente a los ojos.
Dentro de una pequeña pieza dorada de ámbar procedente de las minas de La Toca, cerca de Santiago, en República Dominicana, quedó atrapada una mantis hace aproximadamente 30 millones de años. No sobrevivió al encuentro con aquella resina pegajosa, pero el mismo material que acabó con ella terminó haciendo algo extraordinario: conservar su cuerpo durante una fracción considerable de la historia de la vida en la Tierra. Y el detalle es espectacular.
Todavía pueden distinguirse sus grandes ojos compuestos, las antenas, las finas espinas de sus patas delanteras e incluso patrones de coloración en las extremidades. Heritage Auctions, que documentó y subastó el ejemplar en 2011, lo describe como una mantis del orden Mantodea procedente del Oligoceno.
Una mantis de apenas 1,3 centímetros congelada durante 30 millones de años

El insecto mide aproximadamente media pulgada, unos 1,27 centímetros, y está encerrado dentro de una pieza pulida de ámbar de alrededor de 4,4 centímetros de longitud. En su interior hay además otros tres insectos, identificados como escarabajos elatéridos o click beetles.
Lo excepcional es el estado de la mantis.
Según Heritage, este tipo de inclusiones son raras y los ejemplares que aparecen suelen estar deformados o haber perdido patas durante los intentos del animal por escapar de la resina. En este caso, buena parte de la anatomía permanece reconocible. La pieza terminó vendiéndose el 12 de junio de 2011 por 1.553,50 dólares.
Es fácil imaginar la escena.
Un pequeño depredador se mueve por un bosque tropical. Quizá está cazando, quizá simplemente atraviesa la vegetación. Toca una secreción pegajosa producida por un árbol y queda adherido. Más resina termina envolviéndolo. Después vienen millones de años de enterramiento y transformaciones químicas hasta que aquella sustancia acaba convertida en ámbar.
No conocemos exactamente los últimos segundos de esta mantis, pero sí podemos contemplar su resultado.
El ámbar funciona como una trampa natural capaz de sobrevivir millones de años

El ámbar es resina vegetal fosilizada. Cuando insectos u otros organismos pequeños entran en contacto con la resina fresca pueden quedar atrapados y, en determinadas circunstancias, ser cubiertos antes de que sus delicadas estructuras desaparezcan. El American Museum of Natural History compara el proceso con una auténtica “trampa para insectos” creada por la naturaleza.
Ese proceso explica por qué el ámbar puede conservar detalles que normalmente se perderían durante la fosilización. Y esta mantis no es un caso aislado. Las colecciones del American Museum of Natural History documentan otra mantis de ámbar dominicano de unos 25 millones de años, preservada junto a pequeños dípteros. El museo conserva además imágenes de otro ejemplar, acompañado por hormigas, datado entre 25 y 30 millones de años.
Eso convierte al ámbar dominicano en una extraordinaria ventana hacia los diminutos habitantes de antiguos bosques tropicales.
No necesitamos un dinosaurio para viajar 30 millones de años hacia atrás
Quizá esa sea la parte más fascinante. Cuando pensamos en vida prehistórica solemos imaginar esqueletos gigantescos, dientes, huellas o reconstrucciones realizadas a partir de fragmentos. Una mantis encerrada en ámbar ofrece una experiencia completamente diferente. No estamos viendo la impresión que dejó su cuerpo ni intentando imaginar cómo habría sido.
Estamos contemplando al propio insecto que cayó sobre una resina pegajosa hace unos 30 millones de años, con sus patas, sus antenas y sus enormes ojos todavía allí. Un accidente que probablemente duró apenas unos minutos terminó convertido en una imagen capaz de sobrevivir decenas de millones de años.