Un perro deja caer un palo delante de su dueño. Cuando la persona intenta recogerlo, el animal lo toma rápidamente y se aleja.
Charles Darwin describió una escena parecida hace más de un siglo y la interpretó como una muestra del sentido del humor animal.
Hoy los científicos son bastante más cautos con esa expresión. Pero cada vez existe más evidencia de que jugar con las expectativas, provocar deliberadamente una reacción y disfrutar de situaciones absurdas no son comportamientos exclusivamente humanos.
Grandes simios que parecen gastar bromas
Uno de los ejemplos más llamativos procede de los grandes simios.
Investigadores han documentado en orangutanes, chimpancés, bonobos y gorilas conductas que denominaron playful teasing, o provocación juguetona. Los animales ofrecen objetos y los retiran antes de que el otro pueda tomarlos, bloquean movimientos, tiran suavemente del pelo o interfieren repetidamente con otro individuo mientras observan atentamente su reacción.
Estas interacciones comparten varias características con las bromas humanas: son deliberadas, provocativas y suelen buscar una respuesta del otro.
Eso no demuestra que un chimpancé entienda un chiste como nosotros, pero sí sugiere que algunos componentes cognitivos del humor podrían tener raíces evolutivas antiguas.
Las ratas también “se ríen”
Las ratas proporcionan otro de los ejemplos clásicos.
Durante el juego social producen vocalizaciones ultrasónicas alrededor de los 50 kHz, sonidos demasiado agudos para que podamos escucharlos sin equipos especiales.
Esas vocalizaciones aumentan cuando los investigadores les hacen cosquillas y están asociadas con conductas de aproximación y estados positivos. En algunos experimentos, las ratas incluso buscan repetir la interacción.
Por eso, algunos investigadores han comparado estas señales con una forma evolutivamente antigua de la risa humana.
No significa que una rata encuentre gracioso un chiste, pero sí que juego, placer social y vocalización positiva parecen tener una historia evolutiva mucho más profunda de lo que se creía.
El juego aparece en muchos más animales
Durante mucho tiempo se consideró que jugar era una característica especialmente propia de mamíferos y aves. Actualmente sabemos que aparece también en peces, reptiles e incluso anfibios.
El investigador Gordon Burghardt ha documentado ejemplos de manipulación de objetos y otras conductas lúdicas en grupos que tradicionalmente se consideraban incapaces de jugar.
Las aves ofrecen algunos de los casos más llamativos. Los cuervos pueden deslizarse sobre superficies nevadas utilizando objetos, mientras los loros kea son famosos por explorar, manipular y aparentemente provocar a otros individuos durante interacciones sociales.
Estas conductas no necesitan tener una utilidad inmediata. Precisamente esa ausencia de una recompensa evidente es una de las características utilizadas para identificar el juego.
¿Eso significa que tienen sentido del humor?
Aquí aparece el problema.
El humor humano implica procesos complejos como detectar una incongruencia, comprender intenciones y compartir expectativas sociales.
No podemos preguntar a un animal si algo le parece gracioso. Por eso, los investigadores suelen hablar de juego, provocación lúdica, vocalizaciones positivas o comportamientos similares al humor en lugar de asegurar que otras especies poseen exactamente nuestro mismo sentido del humor.
Pero la frontera cada vez parece menos clara. Si un primate ofrece repetidamente un objeto solo para retirarlo cuando otro intenta tomarlo, observa la reacción y vuelve a hacerlo, hay al menos algunos ingredientes básicos que también encontramos en nuestras bromas.
El humor humano probablemente sea mucho más complejo. Pero la capacidad de jugar con otros, romper expectativas y disfrutar de la reacción podría haber comenzado mucho antes de que nuestra especie aprendiera a contar chistes.