Imagen: Journal of Anthropological Archaeology

Krasnosamarsk, al noreste de Rusia, es una tierra dura y hace 4.000 años lo era aún más. Sin embargo, ni los arqueólogos estaban preparados para encontrar una tumba con 50 perros. Sus huesos cuentan una historia terrorífica que entronca directamente con el mito del hombre lobo.

La historia de este asentamiento se remonta a hace 5.000 años. Entonces ya era un lugar de importancia religiosa, con tres grandes túmulos funerarios llamados Kurgan. No obstante, el hallazgo más intrigante corresponde a mil años más tarde, con la llegada de una tribu llamada los Srubnaya, en plena edad del bronce.

Los Srubnaya dejaron una serie de estructuras que probablemente tenían una finalidad religiosa. En ella los arqueólogos han encontrado numeros restos humanos, la mayoría de niños. En el centro del asentamiento, en una enorme fosa común, el antropólogo David Anthony y su equipo ha dado con una fosa común con los restos minuciosamente cortados y quemados de 50 perros.

La primera explicación que viene a la cabeza es que los infortunados perros acabaron en la cazuela, pero si algo se sabe de los Srubnaya es que no se alimentaban de estos animales. Por el contrario, hay muchas pruebas de que aquellos seres humanos convivían con perros y los usaban como compañía y para cazar.

La forma en la que están dispuestos y troceados los huesos tampoco encaja en absoluto con un simple tema culinario y apunta a algún tipo de ritual. Los huesos de los animales están cortados meticulosamente y todos siguen el mismo patrón. El cráneo, por ejemplo, está cortado en decenas de pedacitos, siempre por los mismos lugares

Advertisement

Además, los rituales no se hacían todo el año. Tan solo en invierno. Los perros que morían en estas celebraciones eran siempre adultos sanos, y provenían de diferentes lugares de la región, no solo de la zona en la que estaba el asentamiento.

Imagen: Journal of Anthropological Archaeology

La principal hipótesis de Anthony y su equipo es que la muerte de los perros formaba parte de un escalofriante ritual de paso a la edad adulta. Los niños llegaban a este santuario y allí debían acabar con sus propios perros para convertirse en guerreros. A ojos de los Srubnaya, el ritual no solo servía para asimilar las cualidades espirituales del animal. También era la prueba definitiva de que el joven candidato a guerrero podía matar sin remordimientos. El golpe psicológico desde luego debía ser de los que dejan cicatrices.

Advertisement

Los pormenores del ritual se perdieron en la noche de los tiempos, pero las culturas indoeuropeas son la cuna de múltiples tradiciones en las que los guerreros son tan feroces que absorben el alma de las bestias o se convierten en ellas para acabar con sus enemigos. Esas tradiciones tan bárbaras como asesinar a un fiel compañero son el germen del que destilan leyendas como la del hombre-lobo. [Journal of Anthropological Archaeology vía Ars Technica]