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Ciencia

Islandia no intenta vencer a los volcanes. Intenta algo mucho más realista: ganar tiempo para salvar ciudades, energía y vidas

Muros de hasta 20 metros, millones de toneladas de roca y agua lanzada sobre lava a más de 1.100 °C no buscan detener la erupción, sino frenar lo suficiente como para evacuar, desviar y resistir. En Islandia, la ingeniería no compite con los volcanes: negocia con ellos.
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En Islandia, la pregunta nunca es si habrá otra erupción, sino cuándo y dónde. El país se asienta sobre la dorsal mesoatlántica, una grieta geológica activa en la que dos placas tectónicas se separan lentamente, permitiendo que el magma ascienda desde el manto. El resultado es un territorio con más de 130 sistemas volcánicos y fisuras capaces de abrirse en cualquier momento y liberar ríos de lava a temperaturas superiores a los 1.100 grados.

Ante esta realidad, la respuesta no es heroica ni romántica. Es práctica. No se trata de dominar al volcán, sino de ganar tiempo.

Cuando la lava apunta a algo importante

Islandia no intenta vencer a los volcanes. Intenta algo mucho más realista: ganar tiempo para salvar ciudades, energía y vidas
© rtve.

La mayoría de las erupciones islandesas discurren por campos deshabitados. El problema empieza cuando la dirección del flujo cambia y se acerca a carreteras, pueblos, puertos o infraestructuras críticas. En esos casos, la ventana de actuación es corta. A veces, de horas.

Eso fue lo que ocurrió con las erupciones en la península de Reykjanes desde 2023. El magma emergió cerca de zonas habitadas y de una central geotérmica clave para el suministro de agua caliente y electricidad. Si la lava alcanzaba esa instalación, el impacto no sería solo local: afectaría a decenas de miles de personas y a servicios esenciales.

La decisión fue inmediata: construir muros.

Muros gigantes, decisiones urgentes

En pocas semanas se movilizó una flota de maquinaria pesada poco habitual incluso para obras de gran escala. Bulldozers, excavadoras, camiones articulados, equipos de trituración. El objetivo era simple y brutal: mover millones de metros cúbicos de tierra y roca para levantar barreras de hasta 20 metros de altura frente al avance de la lava.

No se trata de ingeniería fina. No hay hormigón armado ni estructuras elegantes. Son terraplenes masivos, construidos capa a capa, pensados para aprovechar una propiedad básica de la lava: fluye en superficie y sigue la pendiente. Si se eleva el terreno lo suficiente, se puede forzar un desvío.

En seis meses se desplazaron más de tres millones de metros cúbicos de material. Parte de la roca utilizada procedía de lava antigua, triturada in situ. Infraestructura ya destruida se convertía en material de contención para intentar salvar lo que aún estaba en pie.

La velocidad como única ventaja

La lucha contra la lava no se gana con precisión, sino con velocidad. Cada hora cuenta. Cada metro ganado es tiempo para evacuar, reforzar, aislar zonas o proteger instalaciones. Por eso la obra no se detiene. El muro se eleva, la lava se acerca, el muro se vuelve a elevar.

En algunos puntos, la roca fundida superó la barrera. Entonces se pasó al siguiente recurso: agua. Equipos de emergencia rociaron la lava directamente para enfriarla, solidificar su superficie y ralentizar el avance. No es una solución definitiva, pero puede ganar minutos, a veces horas. En escenarios así, eso es oro.

No es control, es negociación

Islandia no intenta vencer a los volcanes. Intenta algo mucho más realista: ganar tiempo para salvar ciudades, energía y vidas
© Protección Civil Islandia.

Los muros no apagan la erupción. No detienen el volcán. No garantizan nada. Son, en el mejor de los casos, una forma de redirigir el problema.

En 2024, en Reykjanes, la lava encontró nuevas fisuras, atravesó superficies pavimentadas donde la fricción era menor y se coló por zonas no previstas. Algunas barreras funcionaron. Otras no. Es parte del juego. La geología siempre va por delante. La ingeniería lo sabe. Por eso el enfoque no es “detener”, sino reducir el daño.

Una tradición de intervenciones extremas

Islandia no improvisa. En 1973, durante la erupción en Heimaey, la lava amenazó con cerrar el puerto. La respuesta fue tan simple como radical: bombear agua de mar directamente sobre el flujo. La superficie se enfrió, se solidificó y creó una barrera natural que obligó a la lava a desviarse. El volcán no se apagó, pero el puerto se salvó.

En otros lugares del mundo se han probado soluciones aún más desesperadas. En Hawái, en los años 30 y 40, se lanzaron bombas sobre tubos de lava para intentar colapsarlos. A veces funcionó brevemente. A veces no sirvió de nada. El patrón se repite: cuando la alternativa es perderlo todo, se intenta todo.

El límite físico siempre gana

Los muros gigantes dejan clara una cosa: la ingeniería humana tiene un alcance real, pero limitado. Puede ralentizar, puede redirigir, puede ganar tiempo. No puede conquistar.

La lava sigue su camino. A veces lo acepta. A veces lo ignora. A veces se cuela por donde no se la esperaba. Y en ese pulso, el humano solo puede reaccionar. Por eso Islandia no habla de “vencer” al volcán. Habla de convivir. De adaptarse. De reaccionar rápido.

El verdadero objetivo: tiempo

Islandia no intenta vencer a los volcanes. Intenta algo mucho más realista: ganar tiempo para salvar ciudades, energía y vidas
© Protección Civil Islandia.

En este contexto, el éxito no se mide en muros intactos, sino en horas ganadas. Horas para evacuar barrios. Horas para proteger una central. Horas para reorganizar una ciudad. Horas para que no haya víctimas.

La imagen de bulldozers empujando tierra frente a un río de lava a 1.100 grados no es épica. Es pragmática. Es la representación física de una idea muy islandesa: no podemos controlar la geología, pero tampoco vamos a quedarnos mirando.

Lo que realmente enseña Islandia

Lo que Islandia demuestra no es que se pueda domesticar un volcán. Demuestra algo más honesto: que la ingeniería no sirve para ganar, sino para resistir.

En un país construido sobre fuego, la tecnología no es un símbolo de dominio, sino de supervivencia. Y en ese equilibrio frágil entre magma y maquinaria, cada metro de muro no es una victoria, es una oportunidad.

Una oportunidad de que la lava pase por otro lado. Una oportunidad de que alguien tenga tiempo de irse. Una oportunidad de que algo se salve. Y, en un mundo donde la Tierra sigue haciendo lo que quiere, eso ya es mucho.

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