Desde 2016, la nave Juno de la NASA explora Júpiter con un objetivo claro: desvelar los misterios de su atmósfera y sus lunas. Ahora, su instrumental ha conseguido resolver un enigma pendiente desde hace décadas: detectar la huella auroral de Calisto, la más esquiva de las lunas galileanas. Con ello se completa el retrato de este peculiar “álbum familiar” de firmas luminosas que orbitan al mayor planeta del sistema solar.
Auroras en el gigante gaseoso

Las auroras de Júpiter son las más brillantes y potentes del sistema solar. Igual que en la Tierra, nacen de la interacción entre el campo magnético del planeta y el viento solar. La diferencia es que, en el caso jupiterino, su magnetosfera es tan extensa que engloba a sus lunas principales, generando interacciones únicas.
En este escenario, cada luna galileana imprime una firma propia sobre las auroras del planeta. Ío, Europa y Ganímedes ya habían mostrado esas marcas en observaciones anteriores, pero Calisto seguía resistiéndose a ser detectada.
Calisto, la más difícil de encontrar

La dificultad radica en su distancia: Calisto es la luna galileana más alejada, y su huella auroral es más débil que la de sus hermanas. Para lograr captarla, Juno necesitó una alineación poco común. Durante la órbita 22 de la nave, en septiembre de 2019, se dieron las condiciones perfectas: el óvalo auroral principal se apartó lo suficiente como para dejar al descubierto la región polar.
Las imágenes revelaron la presencia de la huella de Calisto, confirmando lo que hasta ahora era solo una predicción.
Un retrato familiar completo
Con este hallazgo, los científicos pueden afirmar que las cuatro lunas galileanas dejan su impronta en la atmósfera de Júpiter. Cada firma auroral actúa como un indicador de la interacción entre el satélite y el entorno espacial que lo rodea, ofreciendo pistas sobre el comportamiento de la magnetosfera jupiterina.
“Las huellas de Calisto se sostienen de forma muy similar a las de sus hermanos, completando el retrato familiar de las lunas galileanas”, explicó la NASA.
Un fenómeno que recuerda, a escala cósmica, a los juegos de luces de nuestro planeta, pero con una diferencia clave: la Luna terrestre jamás dibuja su marca en el cielo de la Tierra.