Durante años fue visto como un destino solo apto para científicos, militares o exploradores extremos. Pero algo ha cambiado. Lo que antes parecía inalcanzable ahora atrae a miles de personas cada año. Hablamos de un continente helado, inabarcable, aislado por océanos bravos y cubierto en su práctica totalidad por hielo. Su clima extremo y su lejanía no han impedido que en la temporada 2023 más de 100.000 personas decidieran viajar allí. ¿Qué hay detrás de este auge inesperado? ¿Y cuáles son los riesgos que entraña?
El turismo hacia esta región comenzó siendo una rareza. A finales del siglo pasado, apenas 10.000 personas lo visitaban anualmente. Pero en los últimos años, la cifra se ha multiplicado por diez. La razón no es solo la belleza del paisaje o el magnetismo de sus pingüinos: también influye una motivación más urgente y emocional, una especie de “turismo de última oportunidad” impulsado por el cambio climático.
Los operadores turísticos ofrecen rutas que surcan aguas agitadas o incluso vuelos que reducen el viaje a unas pocas horas. Una vez allí, los visitantes navegan entre icebergs, recorren bases científicas o caminan por playas congeladas plagadas de fauna salvaje. La experiencia es transformadora, dicen. Pero también tiene un coste.
Chile, puerta de entrada al continente blanco

El turismo antártico tiene su epicentro en el extremo sur de América. Es desde puertos como Ushuaia, Puerto Williams o Punta Arenas, todos en Chile y Argentina, desde donde parten la mayoría de expediciones. Este hecho convierte a Chile, en particular, en un actor clave en la gestión del acceso turístico a la Antártida.
Jorge Flies, gobernador de la región de Magallanes y la Antártica Chilena, lo resume así: “La Antártida posiciona a Chile como líder en sostenibilidad”. Desde su perspectiva, el turismo genera empleos y visibilidad, a la vez que debe equilibrarse con un compromiso firme con la conservación. El Tratado Antártico de 1959, que declara al continente como zona dedicada a la paz y la ciencia, no prohíbe el turismo, pero sí exige que se realice bajo estrictas normas.
Y esas normas existen. La Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida (IAATO) regula aspectos clave: los grupos que desembarcan no pueden superar las 100 personas, se exige desinfección del calzado, y está prohibido acercarse demasiado a la fauna. Las empresas que operan en la zona, como Lindblad Expeditions, promueven además una fuerte componente educativa, con charlas científicas y guías especializados.
Turismo responsable o amenaza velada

Aunque las reglas están claras, la presión sobre este ecosistema único aumenta. Los científicos alertan de que el turismo, por muy bien regulado que esté, implica tráfico marítimo, emisiones contaminantes, riesgo de accidentes y la posible introducción de especies invasoras. La propia IAATO reconoce que no se trata de un destino masivo, ni debería serlo, pero con más de 100.000 visitantes en una sola temporada, la línea es cada vez más fina.
María Intxaustegi, historiadora y guía vasca con decenas de travesías antárticas a sus espaldas, resume la paradoja con claridad: “Los turistas ya no vienen solo por aventura; quieren entender este lugar frágil y llevar su mensaje por la vida”. Y añade: “Nunca va a ser un destino para masas, pero tampoco puede seguir creciendo sin reflexión”.
El problema no es solo ecológico. También lo es logístico y simbólico. La Antártida es el último rincón virgen del planeta, un espacio sin propiedad nacional, sin ciudades ni industrias, donde la presencia humana ha sido, hasta ahora, mínima. Convertirlo en un producto turístico de moda amenaza esa excepcionalidad.
¿Un privilegio con fecha de caducidad?
La pregunta que flota en el aire, mientras los glaciares retroceden y las temperaturas alcanzan récords nunca vistos, es si estamos ante una ventana de oportunidad que pronto se cerrará. “El año pasado tuvimos 21°C en verano, algo inédito”, explica María. Y, paradójicamente, añade que este año hubo más hielo que nunca. Los cambios son impredecibles, pero constantes.
La imagen de turistas navegando en kayaks entre icebergs o buceando junto a focas leopardo puede parecer sacada de una película de ciencia ficción. Sin embargo, es real, accesible y cada vez más demandada. Y con ella, crecen también los dilemas éticos y ecológicos.
El equilibrio es delicado. Algunos defienden que el turismo bien gestionado puede servir como herramienta de concienciación y financiación para proyectos científicos. Otros temen que, una vez cruzado cierto umbral, el daño sea irreversible. Porque la Antártida, a pesar de su inmensidad, es vulnerable.
Mientras tanto, las preguntas persisten: ¿Hasta cuándo podremos visitarla sin dañarla? ¿Deberíamos limitar aún más el acceso? ¿O cerrarlo por completo algún día? Nadie lo sabe con certeza. Lo único claro es que su belleza y su silencio helado siguen siendo, por ahora, un privilegio. Pero uno que podría no durar para siempre.
[Fuente: La Vanguardia]