A medio siglo de la llegada del hombre a la Luna, Estados Unidos vuelve a trazar una meta ambiciosa: desplegar un reactor nuclear operativo en su superficie antes de que termine la década. Esta vez, el objetivo no es simbólico, sino energético, y responde a una carrera tecnológica y geopolítica que ya tiene a China en la línea de partida.
De las baterías radioisotópicas a la fisión lunar

La NASA no es nueva en el uso de energía atómica en el espacio. Desde los años 60, misiones Apolo, sondas como Voyager y módulos marcianos han funcionado con baterías radioisotópicas. Sin embargo, estos dispositivos apenas alcanzaban los 100 vatios, frente a los 100 kilovatios que generaría un reactor de fisión lunar, suficiente para alimentar una base y sostener operaciones prolongadas.
La motivación es clara: en la Luna, la noche dura 14 días terrestres, lo que limita severamente la eficacia de los paneles solares. En ese contexto, un reactor estable y autónomo podría garantizar energía continua sin depender de combustibles imposibles de usar en el vacío.
Tecnología, competencia y plazos

El proyecto Kilopower validó la viabilidad de microrreactores espaciales y en 2022 la NASA financió tres consorcios para diseñar sistemas de 40 kilovatios. Las especificaciones son estrictas: menos de seis toneladas, dimensiones reducidas y una década de funcionamiento sin mantenimiento.
Lockheed Martin, Westinghouse y la startup X-Energy lideran las propuestas, explorando soluciones como motores Stirling y refrigeración por sodio líquido. Para Sebastián Corbisiero, del Laboratorio Nacional de Idaho, instalar un reactor antes de 2030 es técnicamente posible, siempre que el programa Artemis y su presupuesto avancen según lo previsto.
Un tablero lunar con piezas estratégicas
Más allá de la tecnología, el factor geopolítico pesa. China proyecta su misión Chang’e-8 para 2029, con la mira en construir una base cerca de los polos lunares, ricos en hielo y con luz solar constante. Para la administración estadounidense, llegar primero con un reactor significa asegurar recursos y posiciones clave en la futura economía lunar.
En este contexto, la carrera no solo será por encender un reactor en el regolito, sino por reclamar un lugar en la historia de la colonización espacial.