El sueño de viajar entre continentes en cuestión de horas nunca desapareció del todo. Lo que desapareció fue la tecnología capaz de hacerlo sin generar problemas. Cuando el Concorde realizó su último vuelo en 2003, también pareció apagarse la posibilidad de que los pasajeros volvieran a cruzar el Atlántico a velocidades superiores a la del sonido. No porque el avión no funcionara, sino porque arrastraba un inconveniente que ninguna ingeniería había conseguido resolver de forma convincente.
Cada vez que rompía la barrera del sonido, producía una potente onda de choque que llegaba al suelo en forma de un estruendo capaz de sacudir ventanas y generar molestias a kilómetros de distancia. Aquella limitación obligó a restringir los vuelos supersónicos sobre tierra firme y redujo enormemente el potencial comercial de estas aeronaves.
Más de dos décadas después, la NASA cree que ha encontrado una solución.
El avión que quiere acabar con el estallido sónico

La agencia espacial estadounidense prepara el primer vuelo del X-59 QueSST, una aeronave experimental desarrollada junto a Lockheed Martin cuyo objetivo principal no es batir récords de velocidad, sino demostrar que es posible volar más rápido que el sonido sin provocar el característico «boom» supersónico.
La apuesta pasa por una idea aparentemente simple, aunque extremadamente compleja desde el punto de vista de la ingeniería: rediseñar completamente la forma del avión.
El X-59 mide aproximadamente 30 metros de largo y presenta una silueta muy diferente a la de cualquier avión comercial actual. Su rasgo más llamativo es una nariz extremadamente alargada que ocupa cerca de un tercio de toda la aeronave.
Los ingenieros diseñaron esta estructura para controlar la formación de las ondas de choque que aparecen cuando un objeto supera la velocidad del sonido. En lugar de concentrarse en un único impacto acústico, las ondas se distribuyen gradualmente a lo largo del fuselaje. El resultado esperado es una reducción drástica del ruido percibido desde tierra.
Volar a más de 1.400 kilómetros por hora sin despertar a toda una ciudad
La NASA estima que el sonido generado por el X-59 será comparable al portazo de un automóvil visto desde cierta distancia o al ruido de un trueno lejano. La diferencia es enorme si se compara con los tradicionales estallidos sónicos asociados al Concorde y a otros aviones supersónicos.
Para lograrlo, el aparato volará a unos 16.800 metros de altitud y alcanzará una velocidad de Mach 1,4, equivalente a cerca de 1.500 kilómetros por hora. Otro detalle curioso del diseño es que prácticamente no existe una visión frontal directa desde la cabina. La larga nariz hace imposible que el piloto observe el espacio aéreo como lo haría en un avión convencional.
Para solucionar este problema, la NASA instaló un sistema denominado XVS (External Vision System), una combinación de cámaras de alta resolución y pantallas que muestran una imagen digital en tiempo real del entorno exterior. En cierto modo, el piloto vuela observando una versión digital del mundo que tiene delante.
Lo que realmente está en juego no es el avión

Aunque el primer vuelo previsto para junio representa un hito importante, el verdadero objetivo del programa está mucho más allá de esta prueba inicial. La NASA quiere recopilar datos que permitan convencer a los organismos reguladores de que las normas actuales necesitan cambiar.
Hoy, muchas restricciones relacionadas con vuelos supersónicos se basan simplemente en la velocidad de la aeronave. Si supera la barrera del sonido, las limitaciones se activan automáticamente.
El X-59 pretende demostrar que el criterio correcto no debería ser la velocidad, sino el nivel de ruido que llega al suelo. Si los reguladores aceptan esa idea, podrían abrirse las puertas a una nueva generación de aeronaves comerciales capaces de realizar trayectos que hoy parecen impensables.