La Guardia Suiza es uno de los símbolos más antiguos y emblemáticos del Vaticano. Famosos por su colorido uniforme y su rol como protectores del Papa, sus tradiciones se remontan a más de 500 años. Sin embargo, no todos los papas convivieron igual con este cuerpo. Francisco, fiel a su estilo, desafió ciertas costumbres y dejó su huella en una decisión que generó polémica dentro y fuera del Vaticano.
El origen y la función de la Guardia Suiza

Desde 1506, la Guardia Suiza se encarga de la seguridad del Papa y del Estado Vaticano. Estos soldados, todos suizos, jóvenes, solteros y católicos practicantes, deben cumplir con exigentes requisitos para integrar este prestigioso cuerpo. Su tarea no solo incluye la protección del Pontífice, sino también la vigilancia de accesos y la custodia en ceremonias solemnes.
A lo largo de la historia, estos hombres han defendido al Papa en situaciones extremas, como durante el saqueo de Roma en 1527, donde murieron casi todos los miembros de la Guardia protegiendo a Clemente VII. Hoy, su presencia es parte del paisaje habitual del Vaticano, pero detrás de su impecable disciplina, también han vivido momentos de tensión.
A diferencia de muchos de sus predecesores, Francisco optó por una relación menos formal con los miembros de la Guardia Suiza. Solía saludarlos, conversar con ellos y hasta pedirles que descansaran cuando notaba su agotamiento. En una ocasión, se dice que rompió el protocolo al sugerirle a un joven guardia que abandonara su puesto por unas horas, tras notar que había pasado toda la noche en pie.
Estos gestos, simples pero significativos, reflejaban el deseo del Papa argentino de humanizar las rígidas normas que regían al cuerpo militar. Su visión contrastaba con la tradicional rigidez que caracterizaba a la Guardia y eso no tardó en generar tensiones.
El despido del comandante que no encajaba con la visión papal

Uno de los episodios más comentados fue cuando en 2014 Francisco decidió poner fin anticipadamente al mandato del entonces comandante de la Guardia Suiza, Daniel Rudolf Anrig. Nombrado por Benedicto XVI, Anrig tenía fama de ser extremadamente estricto con sus subordinados. Según la prensa italiana, el Papa consideró que su estilo autoritario no encajaba con el ambiente que él quería fomentar en el Vaticano.
La decisión fue interpretada como una señal clara de que Francisco prefería una Guardia menos rígida, más cercana y comprensiva con sus miembros. Anrig fue reemplazado por Christoph Graf, alguien que, según las fuentes, tenía un carácter más afable.
A pesar de estos cambios, las reglas para ingresar a la Guardia Suiza siguen siendo estrictas. Además de ser suizos, católicos y solteros, deben tener entre 19 y 30 años, medir al menos 1,74 metros y haber cumplido con la instrucción militar en su país. Su salario, alrededor de 1.700 dólares al mes, está por debajo del promedio suizo, por lo que la mayoría lo hace por vocación.
Sin embargo, el número de candidatos ha disminuido en los últimos años debido a la baja natalidad y al buen estado de la economía suiza. Aun así, quienes ingresan lo hacen con orgullo y sienten que forman parte de la historia viva del Vaticano.
Un legado de cercanía y humanidad
La relación de Francisco con la Guardia Suiza es un reflejo de su papado: cercano, directo y dispuesto a romper con formalismos. A través de pequeños gestos, mostró que incluso en una institución con más de cinco siglos de historia, siempre hay espacio para la empatía y la humanidad. Un legado que, más allá de las ceremonias, quedará grabado en la memoria de quienes compartieron esos momentos con él.
[Fuente: Clarín]