Crecí en la Era del Apocalipsis junto con el resto de mi generación. Ya había terminado la Segunda Guerra Mundial, pero quedaban los sobrevivientes; la guerra de Vietnam ya había quebrantado mentes y cuerpos; la Revolución Cultural finalmente había matado a millones junto con la Guerra de Corea; y la Guerra Fría con su amenaza de aniquilación nuclear estaba muy caliente.
¡Qué tiempos para ser niño! Pensarías que jugábamos a la rayuela o a las escondidas. Sí, a veces. Pero también jugábamos a la guerra, a juegos de disparar primero y preguntar después, a juegos de decidir qué llevar al búnker. Cuando tenía siete años me hice una carterita que llené con cosas de mi abuelo: una navaja, fósforos, tiritas, y dinero que saqué de la billetera de mi madre. Llevaba eso conmigo a la escuela todos los días, y lo hice durante años en caso de que cayeran bombas y tuviera que “sobrevivir”. Todo muy aspiracional.
No todo era amenazante e incierto en esos años. Teníamos caricaturas. Teníamos películas. Teníamos libros y cómics. Teníamos héroes. Nací en 1978, el mismo año en que se estrenó Superman: The Movie.
Unos tres años después ABC emitió una edición especial de la película, en dos noches. Toda mi familia miró la película. Yo era pequeño, pero no tanto como para que los recuerdos formadores no queradan marcados a fuego en mi mente. Y recuerdo lo que sentía al ver volar a Superman. Antes de eso ya había estado expuesto al Hombre de Acero, me dijeron, por mirar la caricatura de la década de 1940. Pero este Superman era una persona de carne y hueso, Christopher Reeve, con su cabello oscuro, volando a través de las nubes por encima del planeta, con su capa roja flameando detrás en el viento, y con ojos que reflejaban su alma bondadosa.
Ante todo, el Superman de mis recuerdos de la época era amable siempre, totalmente desinteresado, valiente para expresar su bondad, no importa si era Clark o Kal-El, y eso quedó en mí y me inspiró en mi niñez hasta que fui adulto. Eso formó la columna vertebral de todo lo que creo hasta hoy. Y no fue solo Superman sino también Lois Lane (porque no existen el uno sin el otro en ningún universo). La valiente y áspera Lois con su moral exigente y recta, dispuesta a lo que fuera con tal de ir por la verdad.
¿Por qué me importaba esto cuando era pequeño? ¿Por qué me sigue importando ahora, tal vez más que antes?
Porque en un mundo temible y sensacional como aquel en el que yo creí – un mundo que seguimos habitando – nosotros, los chicos de los muchos apocalipsis aprendíamos lenta pero inexorablemente a temer a los desconocidos, a nuestras comunidades, a romper con la solidaridad excepto con los de la familia. Porque se nos decía que lo que no conocíamos era peligroso. La bondad era para los tontos, para los que no querían sobrevivir. Extender una mano de ayuda era esperar a que te la mordieran…y te la arrancaran. No es que los héroes hubieran muerto – todo lo contrario – pero parecía que el heroísmo se convertía en algo para otros, para gente de otro tipo, fantásticamente irreal. El heroísmo en este contexto no era tanto sobre salvar a los demás sino más sobre cuánto daño podías infligir en una interminable cantidad de malhechores.
Esto entretenía pero sin duda nacía y era reforzado por la inquietante idea de que con excepción de los pocos privilegiados la humanidad era, o depredadora o inútil, y habitualmente ambas cosas. Había una perspectiva con la que yo no quería acordar, ni siquiera de chico, aunque casi todo lo que me rodeaba me dijera lo contrario, desde los adultos hasta los medios que yo consumía. No quería sentirme impotente para cambiar el mundo que tenía alrededor. No quería oír o sentir que ser abierto y amable con los desconocidos pudiera ser un defecto o fatal debilidad. No quería ser una víctima tonta, ni un cruel héroe asesino.
No había muchas opciones ¿verdad? Con los abismos sociales casi nunca las hay. Lo que me ayudó para no sucumbir a esas creencias, a caer en esas profundidades, fue Superman.
Sí, el Hombre de Acero era a prueba de balas, extremadamente fuerte, y cumplía en todos los aspectos con los criterios del héroe perfecto imposible, pero con una arruguita, un pequeño problema definitorio que estoy convencido ha mantenido ese amor por Superman a lo largo de las décadas.
Porque con Superman siempre estuvo la expectativa implícita y explícita de que el heroísmo no era, en verdad, la excepción. De hecho, era así como debían actuar todos – con coraje, decencia y bondad – pasara lo que pasara. Que la humanidad como colectivo debe siempre cuidar al otro, los unos a los otros. Superman, después de todo, puede ser super por derecho por sus ancestros kryptonianos, pero también era imposiblemente humano, producto de nosotros, regalo de sus esforzados y humildes padres adoptivos (por eso solo Martha y Jonathan Kent deberían ser ungidos como verdaderos héroes del Universo DC), y también por sus propias sensibilidades como inmigrante. Clark no era solo un disfraz. Clark era el traje que vestía la humanidad de Superman, y sus gafas eran su blasón.
Una extraordinaria y esperanzada visión de la promesa de la humanidad. La bondad engendra bondad. El gran poder no necesariamente corrompe, sino que puede convertirse en un bien mayor. La capacidad de la humanidad para amar, preciosa, transformadora del mundo, digna de protección. Son esas las lecciones que aprendí de Superman. Y Superman, a través de esas lecciones, salvó a mi joven ser y preservó mi corazón optimista y esperanzado de que lo marchitaran las ortodoxias radiactivas de mi niñez nuclear. Lo mismo sucedió con muchos otros.
Sé que no estoy diciendo nada particularmente nuevo. Que Superman es buena persona, el mejor de todos los héroes, en este punto es algo que casi se da por sentado. Pero en esta época tal vez valga la pena recordar por qué es que todavía importa.
Es porque nosotros somos lo único que tenemos. Los humanos que habitan este pequeño mundo en el vasto cosmos indiferente, estamos solos excepto porque nos tenemos los unos a los otros. Y Superman, más que cualquier otro, último hijo de un pueblo extinto y un mundo destruido que son símbolo de lo que podría pasarnos si nos volvemos en contra unos de otros, una advertencia de lo que pasará con nosotros si le damos la espalda.
Otra historia de Superman
Cuando estaba en la escuela media durante una excursión escolar de dos días, lejos de mi casa, caí por una escalera. Una caída muy fea. No recuerdo el impacto, sino que desperté despatarrado en las escaleras, y recuerdo que me costaba respirar, confundido. Lo peor de todo es que estaba solo. Parece que nadie se había enterado de mi caída. No me sorprende porque yo era un nerd raro y tímido que jamás llamaba mucho la atención.
Les llevó un rato a los demás darse cuenta de que me encontraba al pie de las escaleras y en problemas. Cuando mis amigos por fin me encontraron, hicieron todo lo posible por ayudar. Pero los adultos, mis profesores que no habían visto la caída y tal vez pensaban que exageraba, me dijeron que se me pasaría todo si iba a dormir. Fui hasta mi cabaña avanzando con renguera y con la cabeza que me latía. Sentía que las costillas cortaban mis pulmones como si fueran vidrios, y vomité varias veces en ese trayecto. Pero ninguno de los adultos prestó atención a lo que me pasaba. Luego supe que tenía una conmoción y otras lesiones, pero esa noche la pasé acostado en un catre, me dolía terriblemente respirar, y no podía moverme. Mis amigos vinieron a verme tanto como pudieron, y doy gracias por eso, pero estaba más o menos solo, indefenso, temiendo que podía morir.
No aburriré contando sobre mis miedos – o mi enojo con los adultos – pero sí digo algo: todas esas horas de esa horrible y aterradora noche, la pasé imaginando a mis héroes preferidos. Pensé en sus mejores cualidades y eso me ayudó a mantenerme fuerte, a tener voluntad, a esforzarme por ser mayor que el miedo o el enojo.
Y cuando los demás héroes caían, consumidos por el dolor, solo quedó Superman.
Para ese momento yo había visto la película de Superman de 1978 tantas veces que ya conocía de memoria cada escena y cada línea. Eso hice de nuevo en la oscuridad, prestando particular atención en medio del dolor a esos momentos en que Superman parecía estar más solo que nunca, o tal vez perdido. Me sentía completamente solo, desesperado porque alguien viniera a salvarme, aunque sabía que no iba a suceder.
Lo que siguió a esas escenas que repasaba una y otra vez en mi mente fue esto:
El retorno de Superman a la humanidad, con corazón abierto y con esfuerzos por conectarse, ya fuera por medio de Louis y Jimmy o de desconocidos. Sus intentos por ser parte de algo más grande que él mismo. Un superhumano humillado por la soledad, capaz de perdonar a otros porque no les importaba o no entendían lo solo que pudiera estar.
Cuando estás desesperado, necesitando solaz y decisión, formas conexiones y encuentras sentido en cosas que solo lo tienen para ti. Recuerdo con claridad mi concentración obsesiva en lo que parecía ser el antídoto de Superman para la soledad, y lo convertí en mi antídoto, en mi cura, ante la más terrible soledad y abandono que hubiera sentido yo en toda mi vida.
Quiero que entiendan que yo ya tenía los problemas de la ansiedad social y la inseguridad, un profundo sentido de no pertenencia. Y mirando hacia atrás, supongo que ese momento podría haber empeorado mi fobia y desconfianza social, y podría haberme convertido en el tipo de persona en la que querían convertirnos a todos esos juegos de guerra de nuestra niñez.
No sucedió eso, sin embargo. A lo largo de esa noche, me dije una y otra vez. “Me siento solo, pero no lo estoy. No estoy solo”.
Tenía cerca a mis amigos, que me querían. Y tenía a mi familia que me amaba. Volvería a estar con ellos.
Estaba muy enojado en ese momento, pero me negué a permanecer enojado.
Tenía miedo, pero me negué a seguir teniendo miedo.
Todo esto pasaría. Volvería a la Tierra y empezaría de nuevo.
Porque eso es lo que haría un héroe.
Dentro de mil años cuando los arqueólogos excaven los restos fragmentados y descompuestos de nuestra efímera cultura, sin duda habrá dos áreas de estudio inmensamente populares, basadas en el gran volumen de material que habremos dejado, nosotros los futuros muertos antiguos.
Lo primero serán los gatos.
Y supongo que el segundo será Superman.
También sospecho que esos arqueólogos sabrán exactamente qué es lo que ven cuando excaven pedazos de nuestros objetos de colección, o algún precioso archivo de comics envasados al vacío, o cuando encuentren en montañas de poliéster los restos preservados de esa icónica “S” roja y azul. Porque si hay un superhéroe que seguirá siendo inmortal y pasará de generación en generación, ese será Superman.
No creo que sea una idea demasiado optimista. Si los dioses de la antigua Grecia sobrevivieron en la memoria humana durante miles de años, entonces los dioses de nuestra imaginación popular, en todas partes, alrededor de nosotros y que nos consumen tanto como los consumimos a ellos nosotros, seguirán sobreviviendo en el futuro profundo.
Entonces, quizá piense sobre nosotros con más bondad, esa humanidad futura, por haber creado, amado, abrazado a un héroe como Superman, la antítesis de nuestra voraz indiferencia y nuestra violencia sin misericordia.

Acabas de leer el prólogo a DC: Superman de la Folio Society, una nueva colección de 12 historias esenciales de distintas generaciones de la historia del libro de cómics del Hombre de Acero. Curada en la edición de tapa dura por la ex presidente de DC Comics Jennette Kahn, el estreno incluye una rara carta de 1934 del co-creador de Superman Jerry Sielen, donde esboza los primeros detalles de Superman como personaje. Además, incluye una copia de réplica de Superman #1.
DC:Superman estará disponible exclusivamente en the Folio Society a partir del 4 de febrero, a U$ 100.