A simple vista, Rapa Nui (o mayormente conocida como la Isla de Pascua) parece el último lugar donde esperar una revolución cultural. A más de 3.700 kilómetros del continente sudamericano, azotada por el viento y rodeada de océano por todos lados, fue uno de los últimos territorios habitados por seres humanos. Y, sin embargo, allí apareció algo que solo unas pocas civilizaciones en la historia lograron crear desde cero: un sistema de escritura.
Durante años, la idea dominante fue sencilla y cómoda. Los rapanui habrían desarrollado el rongorongo después del contacto europeo en el siglo XVIII, inspirados por misioneros, comerciantes o administradores coloniales. Pero esa explicación acaba de tambalearse. Un nuevo estudio publicado en Scientific Reports apunta a que al menos una de las tablillas de madera con inscripciones rongorongo es anterior al primer contacto europeo, fechado en 1722. Y eso lo cambia todo.
Rongorongo: la escritura que nadie ha logrado descifrar

El rongorongo es uno de los mayores enigmas de la arqueología. Se trata de un sistema compuesto por glifos (figuras humanas, animales, plantas y formas abstractas) grabados en tablillas de madera. Su lectura es aún más extraña: se hace en bustrofedón inverso, girando la tablilla al final de cada línea.
A diferencia de otros sistemas antiguos, no existe una “piedra de Rosetta” rapanui. La escritura dejó de usarse en el siglo XIX, probablemente tras epidemias, esclavitud y colapso social. Nadie vivo recuerda cómo se leía. Lo que sí se sabía hasta ahora era cuándo fue documentada por primera vez: en 1864. Y ese dato había pesado mucho en la interpretación histórica. Hasta ahora.
Una tablilla que adelanta el reloj
El equipo liderado por la arqueóloga y lingüista Silvia Ferrara, de la Universidad de Bolonia, analizó mediante datación por radiocarbono una de las 27 tablillas conocidas. El resultado fue sorprendente: la madera fue talada entre 1493 y 1509, más de dos siglos antes de la llegada europea documentada.
Esto no prueba de forma absoluta que los glifos fueran grabados en ese momento exacto, pero introduce una hipótesis poderosa. La madera antigua no suele conservarse durante siglos sin uso, y menos en un entorno como el de Rapa Nui. Todo apunta a que la inscripción fue realizada poco después del corte. Si esto es así, el rongorongo no sería una imitación. Sería una invención independiente.
Un club extremadamente exclusivo

La escritura no surge fácilmente. A lo largo de la historia humana solo se reconocen unas pocas invenciones originales: Mesopotamia, Egipto, China y Mesoamérica. Todas ellas asociadas a sociedades complejas, urbanas y con fuertes estructuras políticas.
Aceptar que los rapanui desarrollaron su propio sistema implica algo incómodo para muchos relatos tradicionales: que una sociedad pequeña, aislada y sin contacto externo pudo alcanzar un nivel de abstracción cultural comparable al de las grandes civilizaciones antiguas. Además, el rongorongo no se parece a ningún sistema europeo, ni en forma ni en lógica interna. Esa diferencia refuerza la idea de una creación autóctona, no de una copia apresurada tras la colonización.
Lo que aún no sabemos (y lo que está en juego)
El estudio tiene limitaciones claras. Solo una tablilla arroja fechas previas al contacto europeo. Las demás, analizadas hasta ahora, parecen posteriores. Para confirmar la hipótesis haría falta estudiar más piezas. El problema es que esas tablillas están repartidas por museos de todo el mundo, muchas de ellas con acceso restringido. Cada análisis requiere permisos, recursos y, sobre todo, voluntad institucional.
Pero el debate ya está abierto. Y es profundo. Porque si el rongorongo nació antes de Europa, entonces Rapa Nui no fue solo una isla de estatuas gigantes. Fue también uno de los últimos lugares del planeta donde la humanidad inventó la escritura por sí misma. Un recordatorio incómodo (y fascinante) de que incluso en los confines del mundo, la creatividad humana puede surgir donde menos lo esperamos.