La Isla de Rapa Nui, más conocida como Isla de Pascua, es famosa por sus moais. Estos gigantes monolitos antropomorfos han presentado un dilema para los antropólogos durante mucho tiempo, e impulsado muchos estudios e investigación sobre su construcción. Un nuevo trabajo parece contradecir la presunción común de cómo llegaron a elevarse estos enormes centinelas sobre la remota isla del Pacífico.
Los expertos creen que las comunidades polinesias empezaron a tallar los moai en el siglo 13. Esculpir y mover cientos de estatuas, la más grande de 20 metros de alto con un peso de 82 toneladas métricas, fue una increíble hazaña de ingeniería. Es difícil imaginar que algo así haya sido posible sin contar con una gestión jerárquica de algún tipo, pero la investigación publicada el miércoles en PLOS One sugiere que así fue.
Los hallazgos revelan “una sofisticada alternativa a la organización jerárquica”, como le dijo en un e-mail a Gizmodo el autor principal del estudio, Carl Philipp Lipo, profesor de antropología de la Universidad de Birmingham. “El trabajo fue auto-organizado en lugar de comandado”.
Practicas antiguas reveladas con tecnología moderna

Lipo y sus colegas usaron drones para captar más de 11.000 imágenes de la principal cantera de moais, Rano Raraku. Luego usaron fotogrametría de estructura a movimiento para crear un modelo 3D del sitio, superponiendo las imágenes 2D.
Rano Raraku contiene cientos de moais preservados en diferentes etapas de compleción. El análisis de este modelo reveló 30 zonas diferentes de canteras, cada una funcionando como área de extracción definida con límites claros, y no como operación continua, según Lipo.
Estas estaciones de trabajo independientes contenían evidencia que sugiere que todo el proceso de producción, desde cortar la roca a tallar la estatua y darle los toques finales, sucedió en zonas individuales. El análisis reveló además variaciones en las técnicas de producción, proporciones de los moais y detalles de estilo que variaban según las zonas, lo que apunta a tradiciones separadas que mantenían grupos sociales definidos.
“Estos patrones sugieren que la construcción de los moais al igual que la sociedad Rapa Nui en su conjunto no tenía una organización de una administración central”, afirmó Lipo.
Repensar la historia d ellos Rapa Nui
Lo que encontraron pinta una imagen de la producción de los moais más alineada con lo que entendemos y sabemos del pueblo Rapa Nui. La evidencia arqueológica apunta a que esta sociedad no estaba políticamente unificada, sino que consistía en pequeños grupos de familia, independientes.
“Cada zona de canteras probablemente represente a una familia extendida o una comunidad territorial que trabajaba de forma autónoma”, explicó Lipo. “Las cuadrillas pequeñas necesarias para el transporte (según la arqueología experimental entre 18 y 20 personas) están perfectamente en línea con lo que son los grupos de familias y parientes”.
Al mismo tiempo, los hallazgos se suman a la creciente evidencia que indica lo contrario a lo que se creía: la sociedad Rapa Nui no colapsó cerca del 1600. Los expertos antes entendían que la deforestación de la isla y los moais sin terminar eran señales de que la población humana se había quedado sin recursos y se había extinguido, pero este nuevo trabajo de investigación cuenta una historia diferente.
“Nuestros hallazgos en Rano Raraku y otros estudios que llevamos a cabo en los últimos 25 años reescriben fundamentalmente la narrativa temporal de los Rapa Nui, reemplazando la historia de apogeo y caída con otra diferente, de continua adaptación y persistencia”, dijo Lipo. “Los moai sin terminar en Rano Raraku no son evidencia de una catástrofe repentina sino de operaciones normales en las canteras”.
Las implicancias de este estudio van mucho más allá de la arqueología y echan luz sobre preguntas fundamentales sobre la cooperación y la organización social humana. Son hallazgos que no solo demuestran que los humanos pueden lograr notables hazañas sin una organización jerárquica, sino que muestran que las sociedades pueden desarrollar formas de vida sostenibles, pacíficas y de riqueza cultural, en opinión de Lipo.