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Imagen: Policías preparados para actuar en medio de la pandemia de gripe (Dominio público)

Posiblemente, no existe otra infección tan similar por sus excepcionales características como la gripe española (o gran pandemia de gripe) de 1918 y lo que está ocurriendo estos días en la mayor parte del planeta. Y si de algo sirve la historia es para repasar lo que hicimos bien (o mal). Por eso la historia de un médico que salvó la vida de miles de personas es más relevante que nunca.

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La gran pandemia de gripe que tuvo lugar a comienzos del siglo XX es considerada como la más devastadora de la historia de la humanidad. Pensemos que en un solo año acabó con la vida de entre 20 y 50 millones de personas, y no solo eso, se cebó especialmente con los más pequeños.

Los científicos ofrecen varias explicaciones posibles para la alta tasa de mortalidad de la pandemia de gripe de 1918. Algunos análisis han demostrado que el virus era particularmente mortal porque desencadenaba una tormenta de citoquinas (proteínas que regulan la función de las células que las producen sobre otros tipos celulares), que devasta el sistema inmunológico de los adultos jóvenes.

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Imagen: Mortalidad por semana en París, Berlín, Londres y Nueva York entre 1918 y 1919. El pico es atribuible a la gripe (Dominio público)

En contraste, un análisis de 2007 de revistas médicas del período de la pandemia encontró que la infección viral no era más agresiva que las cepas de gripe anteriores. En cambio, la desnutrición, los campos médicos y hospitales superpoblados, y la falta de higiene promovieron la sobreinfección bacteriana. Esta superinfección mató a la mayoría de las víctimas.

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Sea como fuere, la historia del hombre que salvó a miles de personas adelantándose a la pandemia tuvo lugar en Estados Unidos. Allí, en otoño de 1918, una segunda ola de la pandemia de gripe se expandió por las costas del país. La traían soldados de la Primera Guerra Mundial que regresaron a casa desde Europa.

La gripe comenzó su propagación de Boston a Nueva York y Filadelfia antes de viajar al oeste para infectar a las poblaciones, para entonces en pánico total, de St. Louis a San Francisco. Como hoy, no había vacuna para combatir el brote, y como hoy también, los gobiernos improvisaban aplicando leyes similares con algunas variaciones.

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Imagen: El auditorio municipal de Oakland convertido en improvisado hospital en 1918 (Dominio público)

¿Qué demonios debían hacer? ¿Cerrar las escuelas y las masificaciones ¿Cerrar a cal y canto la ciudad? ¿Paralizar la economía durante un tiempo indefinido? Hablamos de un época donde, entre 1890 y 1918, la Revolución industrial, la evolución tecnológica y la rápida expansión de las ciudades en Estados Unidos crearon las bases para la vida moderna y los conceptos básicos de la vida urbana, incluidas también las escuelas, el transporte y el entretenimiento público.

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Por tanto, cuando la pandemia llegó en 1918 la solución podía dar un vuelco a lo construido en los 30 años anteriores. La desaceleración parecía obvia, pero las consecuencias de la misma totalmente imprevisibles.

En este contexto económico (y al igual que hoy) posiblemente se entiendan mejor las soluciones que ofrecieron la mayoría de los gobiernos. La diferencia entre las acciones tomadas por las autoridades, hablando estrictamente en número de vidas, iba a ser abismal.

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Un encierro total es la mejor opción

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Imagen: Imagen al microscopio electrónico del virus de 1918 (recreado en laboratorio (Dominio público)
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Aquel otoño con la llegada de la pandemia ofreció una primera actuación fallida. Ocurrió cuando la gripe se propagó a través de las instalaciones militares y navales en Filadelfia. Entonces, Wilmer Krusen, director de salud pública de Filadelfia, le dijo a la gente que los soldados afectados solo estaban sufriendo una gripe estacional pasada de moda y que sería contenida antes de infectar a la población civil.

Unos días después comenzaron a llegar los primeros casos de civiles contagiados, y aún así, el mensaje de Krusen no cambió un ápice. Volvió a repetir que todo iría bien como estaba y que los habitantes de Filadelfia podrían reducir el riesgo de contraer la gripe al mantenerse calientes, con los pies secos y sus “estómagos abiertos”.

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¿Qué ocurrió? Que las tasas de infección no hicieron más que aumentar con el paso de los días. Y cuando la situación comenzaba a preocupar a parte de la sociedad, surge una nueva decisión que iba a ser el golpe de gracia para el pueblo. Una que, regresando otra vez al presente, puede sonar muy familiar: el 28 de septiembre debía celebrarse el Liberty Loan Parade, una manifestación multitudinaria pata ayudar a financiar la Primera Guerra Mundial.

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Imagen: Hospital improvisado en el Campamento Funston en Kansas, en 1918 (CC BY 2.0)
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Por su puesto, se celebró, porque aunque las noticias que llegaban no eran del todo buenas, la “gripe española” seguía siendo un problema de Europa, o de España, y aquello se veía como algo lejano, o al menos lo suficientemente lejos como para permitir evadirse con una última gran fiesta y baño de masas.

Tres días después de que las calles fueran una fiesta, los hospitales de Filadelfia se habían colapsado. Centros repletos de infectados y casi 3.000 personas fallecidas a finales de la misma semana.

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Filadelfia fue un ejemplo de lo que ocurrió en tantos otros enclaves de Estados Unidos.

No así en St. Louis, donde lograron otro mantra que escuchamos una y otra vez estos días: aplanar la curva de la infección. La culpa de ello la tuvo un hombre, el doctor y comisionado de salud, Max Starkloff, quien tenía a los médicos locales en alerta máxima y escribió un editorial en un periódico local que iba a resultar histórico. Un texto donde Starkloff hablaba de la importancia de evitar las multitudes.

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Imagen: A medida que las tropas estadounidenses se desplegaron en masa en la guerra en Europa, llevaron consigo la gripe española. (Dominio público)

Lo primero que hizo Starkloff fue dirigirse a la clase política. Sabía que si lograba convencer al alcalde había ganado la batalla más difícil de todas, el escudo ante las críticas que le iban a llegar de la opinión pública y los empresarios. Starkloff le dijo al alcalde que la enfermedad se estaba extendiendo por primera vez de los cuarteles militares a la población civil, y que si no hacían algo no iba a quedar nadie con vida.

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Su plan era sencillo de entender: cerrar la ciudad a cal y canto, “congelar” la vida pública durante un tiempo. Para ello, Starkloff no quería concesiones: escuelas, cines, teatros, bares, deportes, reuniones de cualquier carácter público y negocios, a excepción de los esenciales. También creó un Departamento de Información para mantener a los ciudadanos al día, y detuvo, a diferencia de Filadelfia, la Liberty Loan Parade que iba a tener lugar allí.

El alcalde accedió a sus peticiones y se mantuvieron firmes ante las primeras críticas de los dueños de los negocios. 

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Imagen: Dominio público

El comienzo fue lo más duro. Tal y como esperaba Starkloff, las infecciones aumentaron, miles de residentes enfermos se trataron en el hogar, y lo hicieron gracias a una red de enfermeras voluntarias. Sin embargo, con el paso de los días el pueblo comenzó a ver resultados. St. Louis pudo “aplanar la curva” y evitar que la epidemia de gripe explotara de la noche a la mañana como lo hizo en Filadelfia.

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Con el tiempo, las acciones tomadas por Starkloff se han tratado como pioneras por sus resultados. Según un análisis de 2007 de los registros de defunciones de gripe, la tasa de mortalidad máxima en St. Louis fue solo un octavo de la tasa de mortalidad de Filadelfia en su peor momento.

Fue el primer ejemplo de cómo una pandemia tan similar a la actual se puede aplanar. Las pocas ciudades que actuaron de manera rápida y proactiva limitando la vida pública hasta sus límites desaceleraron la propagación de la enfermedad y salvaron cientos de miles de vidas. [Wikipedia, Curbed, The Atlantic, Wall Street Journal, NIH]

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