Hace más de 4.500 años, en el borde del desierto de Giza, una civilización levantó una obra tan precisa que todavía hoy desafía a la ingeniería moderna. La Gran Pirámide de Keops, con sus 2,3 millones de bloques de piedra y sus 140 metros de altura original, sigue siendo un rompecabezas técnico y humano.
Las teorías clásicas apuntan a rampas exteriores colosales por las que miles de trabajadores arrastraban los bloques sobre trineos. Pero los números no encajan. Para alcanzar la cima en poco más de 20 años, los constructores habrían tenido que colocar un bloque de varias toneladas cada minuto, día y noche, durante dos décadas. La rampa, además, debería haber medido más de un kilómetro y medio, un desafío casi tan monumental como la pirámide misma.
Un estudio que da la vuelta a la historia

El profesor Simon Andreas Scheuring, investigador de la Universidad Weill Cornell Medicine de Nueva York, ha publicado en Heritage Science una propuesta que, de confirmarse, reescribiría la historia de la arquitectura egipcia. Según su modelo, los antiguos ingenieros no dependieron de rampas externas, sino de pasadizos internos diseñados como mecanismos de elevación.
Scheuring sostiene que el Pasaje Ascendente, la Gran Galería y el Pasaje Descendente no eran simples corredores ceremoniales, sino canales estratégicos por los que se desplazaban trineos con bloques de granito y contrapesos. Estas estructuras funcionaban como rampas internas que aprovechaban la fuerza de la gravedad: al soltar un contrapeso cuesta abajo, la energía generada servía para elevar un bloque por el eje vertical hasta su posición final.
La pieza más intrigante del rompecabezas es la Antecámara, un pasadizo rectangular que precede a la Cámara del Rey. Durante siglos se pensó que servía para bloquear el acceso con grandes losas de granito, pero Scheuring sugiere otra cosa: habría actuado como una polea primitiva, un dispositivo que multiplicaba la fuerza de las cuerdas para levantar los bloques más pesados, incluso los de más de 60 toneladas.
La pirámide que se levantó desde dentro

En este modelo, la construcción de la pirámide habría comenzado desde un núcleo central interno, que servía de eje mecánico, y continuado hacia afuera. Los sistemas de poleas y contrapesos permitían subir los bloques con precisión, mientras las caras exteriores se completaban en paralelo mediante pequeñas rampas alimentadas por esos mismos mecanismos.
Scheuring incluso detalla que el sistema podía funcionar en “diferentes marchas”: al doblar las cuerdas sobre varios troncos, se multiplicaba la fuerza aplicada, aunque a costa de aumentar la distancia de tracción. Es, en esencia, una idea tan simple como brillante: una maquinaria oculta dentro de la pirámide que se alimentaba de su propio diseño.
¿Ingeniería imposible o intuición genial?

El investigador reconoce que su teoría aún debe validarse mediante simulaciones físicas y excavaciones internas, pero insiste en que resuelve mejor los problemas logísticos y temporales que las teorías de rampas. Además, ofrece una visión más coherente del propósito funcional de los pasadizos, hasta ahora interpretados solo como vías rituales.
Si Scheuring tiene razón, los egipcios no solo fueron constructores titánicos, sino también ingenieros visionarios, capaces de transformar la piedra y la gravedad en un sistema mecánico autosuficiente. Y lo más sorprendente: esa complejidad habría estado siempre ante nuestros ojos, esculpida en el interior del monumento más famoso del mundo.
El eterno enigma de Giza
La Gran Pirámide ha sobrevivido a imperios, guerras y arenas, pero su mayor secreto sigue siendo el mismo: cómo fue construida. Cada generación de científicos propone una nueva respuesta, y cada respuesta parece añadir un nuevo misterio.
Quizá nunca sepamos la verdad completa. Pero si algo demuestra la teoría de Scheuring es que el ingenio humano pudo ser tan monumental como las piedras que dejó atrás. Y en el silencio del desierto, la Gran Pirámide sigue ahí, observando, como si aún guardara para sí la última palabra.