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La ONU advierte que el planeta cruza un punto crítico: el agua ya no alcanza como antes

Un nuevo informe impulsado por el sistema de Naciones Unidas plantea un concepto inquietante para describir el estado del agua en el planeta. Ya no se habla solo de escasez o estrés hídrico, sino de un punto de no retorno que afecta a regiones clave y amenaza con alterar economías, ecosistemas y formas de vida en todo el mundo.

Durante décadas, la crisis del agua se explicó como un problema local, asociado a sequías puntuales o a la falta de lluvias. Hoy, esa mirada resulta insuficiente. Un análisis reciente advierte que el planeta atraviesa una etapa mucho más profunda, marcada por pérdidas irreversibles y desequilibrios estructurales. El concepto que proponen sus autores busca sacudir conciencias y cambiar la forma de entender el problema.

El concepto que cambia la forma de hablar del agua

“El planeta ha entrado en la era de la bancarrota hídrica global”. Con esta frase contundente, un informe elaborado por el think tank del agua de Naciones Unidas propone un giro conceptual para describir la situación actual de los recursos hídricos. Según el estudio, términos como “estrés hídrico” o “crisis del agua” ya no alcanzan para explicar lo que sucede en muchas regiones del mundo.

La investigación fue realizada por el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH), con sede en Canadá. Sus autores sostienen que, en numerosos sistemas hídricos, las pérdidas de capital natural son tan profundas que resulta imposible volver a los niveles históricos de disponibilidad de agua. En ese contexto, la idea de “bancarrota” busca reflejar un colapso estructural y no un problema pasajero.

Gastar más de lo que la naturaleza puede reponer

El informe utiliza una metáfora financiera para explicar el fenómeno. Muchas sociedades no solo consumen más agua de la que reciben cada año a través de lluvias o nieve, sino que además están agotando sus “ahorros” a largo plazo: acuíferos, glaciares, lagos y humedales.

Según los autores, este desequilibrio lleva a una pérdida progresiva de resiliencia. Los sistemas hídricos dejan de recuperarse tras sequías o episodios de contaminación y entran en un estado crónico de degradación. No se trata de afirmar que todo el planeta esté en bancarrota hídrica, sino de reconocer que ya existen suficientes cuencas quebradas como para hablar de un riesgo global compartido.

Un problema conectado a escala planetaria

El director de UNU-INWEH, Kaveh Madani, advierte que los fallos hídricos ya no pueden entenderse como crisis aisladas. Las interconexiones entre regiones hacen que los impactos se propaguen a través de cadenas alimentarias, mercados internacionales, flujos migratorios y sistemas económicos.

Cuando múltiples zonas del mundo sufren colapsos hídricos al mismo tiempo, las consecuencias se amplifican. Por eso, el informe insiste en que el desafío no es local ni puntual, sino sistémico, y exige respuestas coordinadas a escala internacional.

Cifras que revelan un deterioro silencioso

Los datos recopilados por el estudio refuerzan la gravedad del diagnóstico. Cerca del 70% de los principales acuíferos del mundo muestran descensos sostenidos a largo plazo. El hundimiento del terreno asociado a la sobreexplotación de aguas subterráneas afecta a millones de kilómetros cuadrados y a una parte significativa de la población global.

Más de la mitad de los grandes lagos del planeta han perdido volumen desde la década de 1990, mientras que en los últimos 50 años desaparecieron cientos de millones de hectáreas de humedales naturales. A esto se suma la pérdida de más del 30% de la masa glaciar mundial desde 1970, un fenómeno que compromete la seguridad hídrica de regiones enteras dependientes del deshielo.

Las regiones más expuestas al colapso

El informe identifica varios puntos críticos donde la bancarrota hídrica ya es una realidad o está muy cerca de serlo. Entre ellos se encuentran Oriente Medio y el norte de África, amplias zonas de Asia central y meridional, el norte de China, el Mediterráneo y el sur de Europa, el suroeste de Estados Unidos y el norte de México, además de partes de África austral y Australia.

En todas estas regiones se repite un patrón: uso excesivo durante largos periodos, recarga limitada y degradación progresiva de las reservas naturales de agua. Esto reduce drásticamente la capacidad de los sistemas para recuperarse tras eventos extremos.

Más allá de la sequía: el caso del sur de Europa

Aunque el informe no analiza países concretos, Madani señala que algunas cuencas del sur de Europa ilustran bien el problema. Un año lluvioso no basta para reconstruir un capital natural agotado durante décadas. Muchos acuíferos y ecosistemas continúan sometidos a un estrés estructural, independientemente de las precipitaciones puntuales.

En regiones donde la agricultura tiene un peso central, cualquier estrategia para evitar la bancarrota hídrica debe integrar a los productores y replantear el vínculo entre uso del suelo, actividad económica y disponibilidad de agua.

Un concepto discutido, pero deliberadamente provocador

El término “bancarrota hídrica” no está exento de debate. Algunos especialistas consideran que es exagerado o demasiado ligado a experiencias regionales concretas. Otros, en cambio, valoran su potencia comunicativa para visibilizar la magnitud del problema y sus implicancias económicas.

Desde esta mirada, hablar de quiebra permite entender el agua como un activo de capital natural cuya degradación genera fallos sistémicos. Gestionar el agua, sostienen, implica gestionar las actividades humanas que presionan los ecosistemas acuáticos.

Una advertencia antes de decisiones clave

El informe se publica en un momento estratégico, previo a reuniones internacionales destinadas a preparar la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua de 2026. Para sus autores, el mensaje es claro: incluso las regiones aparentemente “ricas” en agua pueden entrar en bancarrota si mantienen modelos de consumo insostenibles.

La advertencia apunta a un cambio de enfoque. No se trata solo de enfrentar sequías, sino de reconocer cuándo un sistema pierde su capacidad de recuperación. Ese, según el informe, es el verdadero umbral que el mundo empieza a cruzar.

 

[Fuente: El País]

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