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La otra cara de la pandemia: cruceros de lujo desmantelados como chatarra en un astillero

Cruceros en el astillero de Aliaga en diferentes estados de desmantelamiento.
Cruceros en el astillero de Aliaga en diferentes estados de desmantelamiento.
Foto: Chris McGrath (Getty Images)

En apenas un año, la pandemia de covid-19 ha vuelto del revés nuestra sociedad. Lo que antes considerábamos normal ya no lo es en absoluto, y eso incluye algunas maneras de hacer turismo como los cruceros de lujo, que hoy acaban sus días como chatarra.

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Las fotos las tomó Chris McGrath en el centro portuario de reciclaje marítimo de Aliaga, en la ciudad turca de Izmir, y tienen el mismo siniestro encanto que los parques de atracciones abandonados. A Aliaga llegan muchos barcos de diferentes tipos, pero últimamente el astillero muestra el insólito panorama de cinco cruceros de lujo en perfecto estado esperando la muerte. Algunos de ellos ya han empezado a ser desmantelados pieza a pieza y parecen cadáveres descompuestos, los restos de algún mítico animal marino a medio consumir por un ejército de laboriosos parásitos humanos.

Lo de ejército no es una manera de hablar. Según informa Reuters, en Aliaga trabajan 2.500 especialistas en demolición de barcos. Consumir hasta el tuétano uno de estos colosos no es tarea fácil. El proceso puede llevar hasta seis meses en función del tamaño del barco.

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Ilustración para el artículo titulado
Foto: Chris McGrath (Getty Images)

La pandemia de Coronavirus ha supuesto un golpe brutal para la industria de los cruceros de lujo. Según datos de CNN, el sector de estos descomunales navíos tenía un valor de nada menos que 150.000 millones de dólares en 2019, y daba trabajo a 1.200.000 personas.

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Entonces llegó el SARS-CoV-2, y la mala suerte quiso que uno de los primeros eventos de contagio masivo fuera un crucero de la compañía Diamond Princess. Las noticias del barco en cuarentena y sus 3.600 pasajeros atrapados a bordo caló hondo en el imaginario público. La odisea del navío y sus 702 casos obligó a la industria de los cruceros a suspender actividad hasta nueva orden. La pandemia remitió un poco en verano, pero la llegada de la segunda ola no augura nada bueno para esta industria que vive precisamente de poner a miles de personas en festivo contacto directo en lugares cerrados.

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Compañías como Norwegian Cruise Line, Oceania Cruises o Regent Seven Seas Cruises han suspendido todas sus operaciones hasta diciembre. Hasta gigantes como Royal Caribbean han parado hasta el 30 de noviembre, pero nada indica que la situación vaya a mejorar a partir de esa fecha. En Estados Unidos el gobierno ha prohibido la circulación de estos barcos en sus aguas hasta el 31 de octubre para tratar de frenar el avance de la enfermedad. Según el CDC, entre marzo y septiembre de este año se han registrado 3.689 casos de covid-19 en barcos que se han saldado con 41 muertes. No es una cifra especialmente elevada, pero es un lastre demasiado pesado en una industria que vive de la diversión.

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Con los barcos amarrados y sin posibilidad de funcionar, muchas compañías han apostado pro deshacerse de ellos. No es una decisión fácil. Según Financial Times, un crucero típico cuesta entre 500 y mil millones de dólares. Venderlo como chatarra permite recuperar unos cuatro millones. La ruina de unos a menudo es la fortuna de otros y en Aliaga están contentos. La producción de acero desmantelado ha subido de 700.000 toneladas métricas en enero, a 1.100.000 para estas fechas. En el astillero, los barcos se pudren lentamente víctimas de una enfermedad que no solo se ceba en la carne y la sangre, sino también en los mimbres de la economía. Son testigos mudos del ocaso de un mundo que quizá estaba haciendo turismo por encima de sus posibilidades.

Editor en Gizmodo, fotógrafo y guardián de la gran biblioteca de artículos. A veces llevo una espada.

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