Con una amplia trayectoria en neuropsiquiatría y psicogeriatría, Rosa Molina es una firme defensora de la relación entre la mente y el cuerpo. “Las somatizaciones son manifestaciones físicas que responden a estados emocionales”, explica. Un simple insulto puede generar una reacción inmediata en el organismo, elevando la presión arterial o erizando la piel.
Esta interacción entre lo psicológico y lo físico es la base del éxito de las psicoterapias, según Molina. Se apoya en las investigaciones del Nobel de Medicina Eric Kandel, quien demostró que la palabra puede provocar cambios cerebrales. “Nuestra mente se manifiesta en nuestro cuerpo y nuestro cuerpo es el escenario de nuestras emociones”, sostiene la psiquiatra.
El lenguaje corporal como reflejo de las emociones

Las emociones no siempre se expresan con palabras. Muchas veces se traducen en síntomas físicos, lo que se conoce como somatización. Esto no significa que la persona esté inventando su malestar, sino que está manifestando lo que no ha podido verbalizar.
La tendencia a somatizar depende de factores individuales, pero también culturales. En sociedades donde el sufrimiento físico es más aceptado que el emocional, las personas pueden ser más propensas a desarrollar síntomas físicos en lugar de expresar sus emociones de forma directa.
Molina señala que la sociedad actual ha pasado del Paleolítico al Neolítico y, finalmente, al “Ansiolítico”. El estrés se ha convertido en una pandemia silenciosa, aumentando la prevalencia de síntomas psicosomáticos.
La solución, según la experta, está en algo tan sencillo como poner en palabras lo que se siente. Estudios científicos han demostrado que simplemente nombrar una emoción (“Estoy triste” o “Siento frustración”) reduce su intensidad.
Este ejercicio de verbalización es especialmente importante en la infancia. Los niños necesitan que un adulto los ayude a reconocer sus emociones y a expresarlas. Si esto no ocurre, pueden desarrollar dificultades para la regulación emocional en la adultez.
Estrategias para tomar el control del estrés
Además de aprender a verbalizar emociones, Molina recuerda que los hábitos de vida saludables son esenciales para la estabilidad emocional. La alimentación, el ejercicio y, sobre todo, el descanso, juegan un papel clave.
“El sueño es fundamental”, advierte. La falta de descanso nos vuelve más impulsivos, irritables y propensos a tomar malas decisiones. Cuando dormimos poco, nuestra capacidad para regular las emociones se ve gravemente afectada.
Por último, reconoce que en algunos casos es necesario pedir ayuda. Hablar con un ser querido o acudir a un profesional de la salud mental también forma parte del proceso de regulación emocional.
Para Molina, la clave está en entender que la mente y el cuerpo son una unidad. Promover la regulación emocional desde la infancia y prestar atención a los hábitos de vida puede marcar la diferencia en la lucha contra la “pandemia del estrés”. Tomar conciencia de cómo nos sentimos y expresar nuestras emociones con palabras es un primer paso hacia el bienestar.
[Fuente: La Nación]