Un cambio de rumbo tras Danny Boyle
A diferencia de la entrega anterior, dirigida por Danny Boyle y marcada por un estilo visual hiperestilizado, esta nueva película pone el timón en manos de Nia DaCosta. La cineasta, conocida por Candyman y The Marvels, toma una decisión consciente: no imitar a Boyle.
Su puesta en escena es más funcional, directa y menos autoral, pero eficaz. El resultado es un terror más crudo, menos estilizado y mucho más incómodo, que se apoya en el choque frontal con el espectador.
Una historia que abraza la locura
El guion vuelve a estar firmado por Alex Garland, quien se distancia del tono solemne de trabajos recientes como Civil War para abrazar una narrativa casi desquiciada. La película alterna largos momentos de calma tensa con estallidos de brutalidad extrema.
La trama se divide entre el personaje interpretado por Ralph Fiennes, un científico obsesionado con un infectado “Alpha”, y el grupo de los “Jimmys”, liderado por Jack O’Connell. Este villano toma inspiración directa de la figura real de Jimmy Savile, lo que añade una capa perturbadora al conjunto.
Ciencia, religión… y zombis con conciencia
Más allá del espectáculo sangriento, El templo de los huesos introduce temas ambiciosos: la oposición entre la ciencia (la búsqueda de una cura para el patógeno) y la religión, que interpreta la plaga desde un prisma casi satánico. Incluso se permite coquetear con una idea claramente “romeriana”: la posible reeducación o humanización de los zombis.
No es un terror convencional, y tampoco lo pretende.
Una secuencia para el recuerdo
El clímax de la película llega con una escena que ya está dando que hablar. Ralph Fiennes, en un registro desatado y cercano al de Nicolas Cage, protagoniza una secuencia de violencia extrema al ritmo de The Number of the Beast de Iron Maiden. Un momento tan excesivo como inolvidable, diseñado para dividir al público.
¿Habrá tercera entrega?
Aunque su ritmo irregular y su naturaleza “extrañísima” no la libran de críticas, la película ha conseguido destacar por su audacia visual y su falta de complejos. Su futuro dependerá del rendimiento en taquilla —donde ha tenido que competir con Avatar: Fuego y Ceniza—, pero los primeros resultados han sido lo suficientemente sólidos como para que los fans mantengan la esperanza de una tercera entrega.
Si algo deja claro 28 años después: El templo de los huesos es que el terror de 2026 no ha venido a jugar sobre seguro. Ha venido a incomodar.
Fuente: SensaCine.