La historia de la exploración marciana no es una línea recta de triunfos, sino una sucesión de intentos, fracasos y logros que aún generan discusiones. Determinar cuál fue la primera nave que logró posarse con éxito en Marte implica definir qué entendemos por “éxito” y aceptar que la frontera entre victoria y derrota, en el espacio, no siempre es nítida.
Primeros pasos en una carrera incierta

En la década de 1960, tanto la NASA como la Unión Soviética lanzaban sondas con rumbo al planeta rojo, enfrentándose a limitaciones tecnológicas que hoy parecen impensables: computadoras rudimentarias, electrónica pesada y márgenes de error minúsculos. El desafío no era solo llegar, sino sobrevivir a la peligrosa secuencia de entrada, descenso y aterrizaje conocida como los “siete minutos de terror”.
En noviembre de 1971, la misión soviética Mars 2 se convirtió en la primera en alcanzar Marte… para estrellarse sin frenar. Pocos días después, la Mars 3 protagonizó un aterrizaje suave en medio de una tormenta global de polvo. Parecía una victoria, pero la nave solo permaneció operativa menos de dos minutos, enviando una imagen parcial y sin detalles del terreno.
Cuando el éxito se mide en años, no en segundos

Kamran Abdullayev.
Tras varios intentos fallidos de la URSS, en 1976 la NASA llegó con las Viking 1 y 2, idénticas en diseño y preparadas para una misión ambiciosa. La Viking 1 no solo aterrizó sin contratiempos: envió imágenes claras, realizó experimentos biológicos y permaneció activa en la superficie marciana durante más de seis años.
Bajo el criterio más extendido en ciencia espacial —cumplir plenamente la función para la que se diseñó—, la Viking 1 es la primera misión que aterrizó con éxito en Marte. La Mars 3, aunque logró posarse, no alcanzó a desarrollar un programa científico significativo, quedando su hazaña en el terreno de la proeza técnica más que del éxito funcional.