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Ciencia

La vida antigua descubierta en las Cascadas de Sangre de la Antártida podría resolver un misterio de larga data

Esta comunidad de microorganismos podría contener la respuesta a uno de los enigmas científicos que llevan décadas desconcertando a los investigadores.
Por Ellyn Lapointe Traducido por

Tiempo de lectura 3 minutos

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En el extremo del glaciar Taylor, en los Valles Secos de McMurdo, en la Antártida, un líquido de intenso color carmesí desemboca en el lago Bonney. Los científicos bautizaron acertadamente este fenómeno como «Cascadas de Sangre» debido a su apariencia, provocada por la composición mineral del agua. Sin embargo, a pesar de décadas de investigaciones, una pregunta fundamental seguía sin respuesta: ¿de dónde procede realmente ese líquido rojo?

Los científicos creen que el color de las cascadas se debe a una salmuera rica en hierro que emerge desde debajo del glaciar. Ahora, un estudio publicado en la revista Nature Geoscience ha revelado que esa agua podría tener un origen marino muy antiguo. La principal pista está en una comunidad de microorganismos que los investigadores encontraron en el interior de estas aguas escarlatas.

«Encontrar lo que, en esencia, es un oasis marino en medio de un desierto polar, a más de 30 kilómetros del océano, fue algo extraordinario», explicó a Gizmodo por correo electrónico Andrew Allen, profesor de biología marina del Scripps Institution of Oceanography y coautor del estudio.

Un océano antiguo oculto bajo el hielo

Investigaciones geoquímicas anteriores ya habían planteado que el agua de color rojizo que alimenta las Cascadas de Sangre podría ser en realidad agua de mar antigua. Según esta hipótesis, el océano habría inundado el valle Taylor durante períodos en los que el clima era más cálido. Cuando el nivel del mar descendió, parte de esa agua habría quedado atrapada bajo el avance del glaciar.

El hallazgo previo de bacterias marinas en esta salmuera proporcionó una importante evidencia biológica a favor de esta explicación. El nuevo estudio aporta ahora pruebas adicionales.

Allen y sus colegas analizaron 167 muestras de agua, sedimentos y aire procedentes de los Valles Secos de McMurdo para averiguar de dónde procedían los microorganismos encontrados en el glaciar Taylor y las Cascadas de Sangre. Para ello utilizaron diferentes técnicas genéticas capaces de identificar grupos de organismos eucariotas (cuyas células poseen un núcleo y otros orgánulos) y procariotas, que carecen de núcleo y de orgánulos especializados.

Los resultados fueron llamativos. Casi todos los microorganismos presentes en el hielo rojizo, el barro y los sedimentos situados en el extremo del glaciar estaban relacionados con ambientes marinos. En cambio, las zonas cercanas estaban dominadas por organismos propios de ecosistemas terrestres y de agua dulce.

Los científicos también descubrieron que el extremo del glaciar compartía muchas más especies de organismos eucariotas con las muestras marinas cercanas que con las procedentes de otros puntos de los Valles Secos. Este patrón refuerza la posibilidad de que las Cascadas de Sangre sean el vestigio de un antiguo entorno marino.

«Incorporar a los eucariotas a este análisis aporta otra línea de evidencia independiente a favor de la existencia de un sistema marino relicto en las Cascadas de Sangre», señaló Allen.

Los pequeños supervivientes de las Cascadas de Sangre

Estos resultados podrían abrir la puerta a nuevas investigaciones sobre los microorganismos que sobreviven en las aguas de las Cascadas de Sangre. Estudiarlos con mayor detalle podría ayudar a determinar cuándo quedó atrapada el agua bajo el glaciar y, en consecuencia, reconstruir cómo evolucionó el paisaje antártico a lo largo del tiempo.

«Todavía queda trabajo por hacer para interpretar estos hallazgos en relación con las condiciones climáticas del pasado, pero para nosotros es un primer gran paso en esa dirección», explicó Allen. Según el investigador, la información contenida en los organismos eucariotas podría ayudar a establecer cuándo se produjo el episodio en el que el valle quedó inundado y posteriormente aislado.

El descubrimiento también ofrece una oportunidad poco habitual para estudiar cómo puede sobrevivir la vida cuando las condiciones ambientales cambian de forma drástica.

«La diversa comunidad microbiana que encontramos conserva una conexión biológica con un antiguo entorno marino y, al mismo tiempo, demuestra la extraordinaria resistencia y capacidad de adaptación de la vida», afirmó Allen.

Una vez más, la investigación demuestra que incluso algunos de los lugares más extremos del planeta pueden albergar ecosistemas complejos y altamente especializados. Solo hace falta contar con las herramientas adecuadas y saber dónde buscar.

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