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Ciencia

El cerebro humano está acumulando cada vez más plástico y los científicos encontraron una pista inquietante

Un nuevo análisis de tejido humano revela cómo cambió la presencia de partículas plásticas en el organismo durante las últimas décadas y plantea preguntas difíciles de ignorar.
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Durante años, los microplásticos fueron asociados principalmente con los océanos, los alimentos y el agua. Sin embargo, las investigaciones más recientes muestran que estas diminutas partículas también pueden atravesar distintas barreras del organismo y llegar a órganos donde su presencia resulta especialmente llamativa.

Ahora, un estudio publicado en Nature Medicine aporta una nueva pieza a este rompecabezas. Al comparar tejidos obtenidos en diferentes momentos, los investigadores encontraron que la cantidad de micro y nanoplásticos presente en el cerebro aumentó de manera considerable. Y cuando ampliaron la mirada hacia muestras todavía más antiguas, apareció una tendencia que se extiende durante décadas.

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©RHJPhtotos -ShutterStock

Una diferencia que apareció al comparar los cerebros

El trabajo, dirigido por el toxicólogo Matthew Campen, de la Universidad de Nuevo México, analizó muestras de cerebro, hígado y riñones procedentes de personas fallecidas. Para identificar y cuantificar las partículas se utilizó una técnica de alta precisión conocida como pirólisis-cromatografía de gases.

El resultado más llamativo apareció al comparar las muestras de cerebro obtenidas en 2016 con las de 2024. En las primeras, la concentración mediana de micro y nanoplásticos era de aproximadamente 3.345 microgramos por gramo de tejido. Ocho años después, la cifra había aumentado hasta 4.917 microgramos por gramo.

En términos relativos, esto representa un incremento cercano al 50%.

Los investigadores señalaron que las diferencias observadas no podían atribuirse de forma evidente a factores como la edad, el sexo, la etnia o la causa de muerte. El paso del tiempo fue el elemento que distinguió las muestras, lo que plantea una posible conexión con el aumento generalizado de la contaminación plástica.

Pero el hallazgo no terminó allí. El cerebro mostró además una característica que sorprendió a los investigadores: la cantidad de partículas encontrada en este órgano era muy superior a la detectada en el hígado y los riñones.

La diferencia resulta particularmente interesante porque el cerebro está protegido por la barrera hematoencefálica, una estructura que limita el paso de numerosas sustancias presentes en la sangre.

El plástico que llega al cerebro no tiene la forma que muchos imaginan

Entre las partículas identificadas predominó un material conocido por prácticamente cualquier consumidor: el polietileno. Este tipo de plástico, utilizado ampliamente en envases, bolsas y otros productos cotidianos, representó alrededor del 75% de las partículas encontradas en las muestras cerebrales.

El análisis microscópico también reveló algo importante sobre su aspecto. En lugar de aparecer principalmente como pequeñas esferas, muchas partículas tenían formas irregulares, similares a diminutas astillas o escamas.

Su tamaño era extremadamente reducido, del orden de 100 a 200 nanómetros en algunas de las estructuras observadas. Esa dimensión permite comprender por qué resulta tan complejo estudiar su comportamiento dentro del organismo y determinar exactamente cómo pueden desplazarse entre diferentes tejidos.

Los investigadores también observaron diferencias en la composición de las muestras cuando eliminaron el material orgánico durante el análisis. El tratamiento utilizado disolvió prácticamente toda la masa de hígado y riñón, mientras que una proporción mayor permaneció en el tejido cerebral.

El resultado fue coherente con la elevada cantidad de material plástico identificada en este órgano y reforzó una de las preguntas centrales del estudio: ¿por qué el cerebro parece acumular estas partículas en una proporción tan elevada?

Todavía no existe una respuesta definitiva.

Las muestras antiguas muestran que el fenómeno viene de mucho antes

Para comprobar si el aumento observado entre 2016 y 2024 era un fenómeno reciente, el equipo amplió su análisis. Los investigadores recurrieron a muestras de tejido cerebral conservadas desde 1997, procedentes de bancos de tejidos vinculados con las universidades de Duke, Harvard y Maryland.

La comparación cambió la perspectiva del hallazgo.

En esas muestras antiguas, la concentración mediana de plástico era de aproximadamente 1.254 microgramos por gramo de tejido, una cantidad considerablemente menor que la registrada en los análisis más recientes.

La diferencia sugiere que el incremento no sería simplemente un episodio puntual ocurrido durante los últimos ocho años. En cambio, los datos son compatibles con una tendencia ascendente que se habría desarrollado durante varias décadas, en paralelo con la expansión mundial de la producción y utilización de materiales plásticos.

El estudio también encontró concentraciones especialmente elevadas en muestras procedentes de personas con demencia. En este grupo, la mediana alcanzó 26.076 microgramos por gramo.

Sin embargo, este dato requiere especial cautela. La investigación no demuestra que los microplásticos causen demencia. Los propios resultados abren una asociación que deberá estudiarse con mayor profundidad.

Una de las posibilidades planteadas por los investigadores es que las alteraciones de la barrera hematoencefálica asociadas con determinadas enfermedades puedan facilitar la entrada o acumulación de partículas. También podría existir una relación en sentido contrario, aunque determinar qué ocurre primero requerirá nuevas investigaciones.

La gran pregunta ahora es qué efecto tienen esas partículas

La presencia creciente de micro y nanoplásticos en el cerebro plantea interrogantes que todavía no tienen una respuesta clara. Saber que las partículas están allí no permite determinar por sí solo si provocan daños, si permanecen durante largos períodos o si el organismo consigue eliminarlas parcialmente.

También queda por aclarar cómo llegan exactamente al tejido cerebral. Las partículas pueden estar presentes en distintos elementos a los que las personas están expuestas diariamente, pero su recorrido desde el ambiente hasta determinados órganos continúa siendo objeto de investigación.

El hallazgo, por tanto, no significa que cada partícula encontrada produzca necesariamente una enfermedad. Sí muestra, en cambio, que la exposición humana al plástico tiene una dimensión que va mucho más allá de la contaminación visible en el ambiente.

Los investigadores consideran necesario realizar nuevos estudios para comprender qué ocurre dentro del cerebro, cómo cambia la acumulación con el tiempo y si existe alguna relación consistente con alteraciones neurológicas.

Por ahora, una de las conclusiones más llamativas es también una de las más sencillas: al comparar tejido humano de distintas épocas, los científicos encontraron que el plástico no solo está cada vez más presente en nuestro entorno. También aparece en lugares del organismo donde hasta hace pocos años su presencia era mucho menos conocida.

 

[Fuente: El Cronista]

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