Durante décadas, el registro más antiguo de vida detectable parecía detenido en los 1.700 millones de años. Las biomoléculas anteriores, se asumía, se habían perdido para siempre bajo calor, presión y reacciones químicas. Pero un nuevo estudio rompe ese límite: gracias a la inteligencia artificial, los científicos han identificado señales biológicas en rocas de más de 3.300 millones de años. El hallazgo amplía nuestro pasado y redefine cómo, y dónde, deberíamos buscar vida en el cosmos.
Una ventana inédita al Arcaico
La combinación de análisis químicos avanzados y modelos de aprendizaje automático permitió detectar rastros biológicos ocultos en rocas extremadamente antiguas. El consorcio internacional, liderado por la Institución Carnegie y la Universidad Estatal de Michigan, reveló que la vida dejó huellas mucho antes de lo que sugerían los registros fósiles tradicionales.
El hallazgo desplaza hacia atrás cerca de 800 millones de años el registro molecular fiable, mostrando que los primeros organismos fotosintéticos ya modificaban el ambiente en un planeta marcado por volcanes, océanos primitivos y una atmósfera pobre en oxígeno.

Cómo lo descubrieron: romperlo todo para verlo todo
El límite temporal previo —1.700 millones de años— era consecuencia de la degradación extrema de las moléculas orgánicas. Para superar ese obstáculo, los investigadores pulverizaron literalmente las muestras. Utilizaron cromatografía de gases, espectrometría de masas y pirolisis para fragmentar cada muestra en componentes diminutos capaces de sobrevivir miles de millones de años.
Con más de 400 muestras entrenaron un modelo de IA para distinguir materiales biológicos de no biológicos. La precisión superó el 90 %, llegando al 98 % en algunos casos.
Lo sorprendente fue la señal: rocas de más de 2.500 millones de años mostraron evidencias vinculadas a la fotosíntesis, indicando que la producción de oxígeno comenzó cientos de millones de años antes de lo pensado.
“Ecos químicos” que sobreviven al tiempo
La IA no buscó células, fósiles ni moléculas intactas: buscó patrones residuales, fragmentos de carbono reorganizados por procesos biológicos. Estas huellas perduran incluso cuando las moléculas originales desaparecen.
Como explicó Robert Hazen, uno de los autores principales: “La vida antigua deja más que fósiles; deja ecos químicos. Ahora podemos interpretarlos de forma fiable”.
Con este salto, la ventana temporal del registro biológico casi se duplica, permitiendo reconstruir episodios que estaban enterrados bajo miles de millones de años de metamorfismo.

Un método listo para viajar a Marte
El impacto del estudio va más allá de la geología terrestre. Si fragmentos químicos ultradegradados pueden conservar señales biológicas durante 3.300 millones de años en la Tierra —un planeta activo, tectónico y corrosivo—, las posibilidades en Marte son enormes.
Las rocas marcianas permanecen estables desde hace miles de millones de años. Si alguna vez existió vida allí, este método podría detectar sus “ecos químicos”, incluso sin fósiles visibles ni moléculas completas.
Lo mismo ocurre con lunas como Europa o Encélado, donde los océanos subterráneos podrían haber generado procesos orgánicos complejos.
Una nueva era para la astrobiología
Este avance redefine dónde mirar, qué instrumentos priorizar y qué tipo de señales buscar. La IA ha demostrado que la vida deja una firma profunda y persistente, incluso cuando aparentemente se borra.
Por primera vez, la humanidad dispone de una herramienta capaz de reconstruir un pasado casi perdido y, a la vez, de iluminar nuestro futuro en la exploración planetaria. El viaje hacia los orígenes se extiende ahora hasta los 3.300 millones de años.
Fuente: Infobae.