Hubo una generación que aprendió a llamar por teléfono antes de mandar audios, a buscar información en enciclopedias antes de abrir Google y a quedar con alguien en un lugar exacto porque no existía la opción de “te aviso cuando esté llegando”. Después, casi sin transición amable, esa misma generación tuvo que entender los cibercafés, Messenger, los SMS, Facebook, los smartphones, las videollamadas y la disponibilidad permanente.
Las personas nacidas entre 1985 y 1995 quedaron justo en esa bisagra. No pertenecen del todo al mundo analógico, pero tampoco crecieron desde la cuna dentro de la hiperconexión. Y esa posición incómoda, a medio camino entre dos sistemas culturales, pudo haber entrenado una ventaja psicológica muy concreta: la flexibilidad para cambiar de reglas, formatos y contextos.
La ventaja no era saber usar tecnología, sino sobrevivir al cambio constante
Durante años se repitió una idea seductora: los jóvenes que crecieron rodeados de pantallas serían “nativos digitales”, casi expertos naturales en tecnología. El problema es que la evidencia no acompaña tan bien esa etiqueta. Paul Kirschner y Pedro De Bruyckere cuestionaron ese mito en un estudio publicado en Teaching and Teacher Education, donde sostienen que no existe una categoría automática de jóvenes expertos en información solo por haber nacido en una época digital. También advierten que lo que muchas veces llamamos multitarea suele ser, en realidad, cambio rápido de tareas, algo que puede perjudicar el aprendizaje profundo.
Por eso, el punto interesante de los nacidos entre 1985 y 1995 no es que sepan hacer muchas cosas a la vez. Esa lectura sería cómoda, pero falsa. La clave está en otra parte: tuvieron que aprender varios mundos consecutivos sin manual de instrucciones.
Pasaron del teléfono fijo al móvil, de la televisión abierta al streaming, del videoclub al algoritmo, de estudiar con fotocopias a estudiar con pestañas abiertas, de la conversación cara a cara a la mensajería permanente. Cada salto exigía algo más que aprender una herramienta: obligaba a modificar hábitos, tiempos de espera, formas de atención y códigos sociales.
La flexibilidad cognitiva aparece cuando las reglas dejan de quedarse quietas

La psicología tiene un nombre para esa capacidad de cambiar de enfoque cuando el entorno cambia: flexibilidad cognitiva. La OCDE la describe como la habilidad de adaptar el comportamiento ante cambios en el ambiente, y la incluye entre las capacidades relevantes para aprender, resolver problemas y moverse en escenarios inciertos.
Dicho menos académico: es la habilidad de no quedarse congelado cuando el mundo cambia de interfaz.
Y ahí esta generación tuvo un entrenamiento bastante singular. No porque su cerebro sea superior, ni porque haya nacido con una ventaja biológica, sino porque vivió una transición cultural acelerada en una etapa clave de la vida. Quienes nacieron en esos años aprendieron primero una lógica lenta y material: esperar el turno del teléfono, grabar un programa, rebobinar una cinta, ir a buscar información físicamente. Luego tuvieron que incorporar una lógica opuesta: inmediatez, conexión permanente, abundancia de datos y cambios de plataforma cada pocos años.
Ese contraste pudo volverlos especialmente hábiles para leer contextos. Saben interpretar una conversación sin pantallas, pero también entienden el lenguaje de los chats. Recuerdan cómo era perderse sin GPS, pero usan mapas digitales sin drama. Conocen la autoridad de un libro o un profesor, pero también aprendieron a sospechar de una búsqueda mal hecha en internet.
Ser una generación puente también significa traducir entre edades

En el trabajo y en la vida social, esa mezcla puede tener un valor enorme. Los nacidos entre 1985 y 1995 suelen funcionar como traductores culturales: pueden entender la relación más analógica de generaciones mayores con la tecnología y, al mismo tiempo, seguir el ritmo de herramientas digitales actuales.
No es raro que sean quienes explican una app a sus padres, pero también quienes recuerdan a los más jóvenes que no todo se resuelve con una notificación. Su ventaja no es dominar cada plataforma nueva antes que nadie. De hecho, muchas veces ya no son los más rápidos. La ventaja es haber visto morir y nacer sistemas completos.
Eso produce una forma particular de criterio. Haber usado internet cuando todavía parecía una herramienta separada de la vida diaria, y no el aire mismo que respiramos, permite mirar la tecnología con cierta distancia. No siempre, claro. Pero sí con una memoria comparativa que generaciones más jóvenes quizá no tienen del mismo modo.
Pero adaptarse tanto también cansa
La otra cara de esta historia es menos luminosa. La misma generación que aprendió a moverse entre dos mundos también recibió de lleno la presión de estar siempre disponible. La hiperconexión trajo ventajas evidentes, pero también comparación constante, fatiga mental, ansiedad por respuesta inmediata y dificultad para separar trabajo, ocio y descanso.
Por eso conviene no romantizar demasiado esta “ventaja”. La flexibilidad cognitiva puede ser una fortaleza, pero si se convierte en obligación permanente termina agotando. Cambiar de contexto todo el tiempo no siempre es adaptación: a veces es dispersión. Y estar preparado para todo no significa tener que responder a todo.
Quizá la verdadera habilidad de quienes nacieron entre 1985 y 1995 no sea vivir conectados, sino recordar que hubo un mundo donde no todo exigía respuesta inmediata. Esa memoria puede ser más valiosa de lo que parece. Porque en una época obsesionada con actualizarse, tal vez la ventaja psicológica más profunda sea saber cuándo cambiar de sistema y cuándo, simplemente, apagar la pantalla.