La agricultura no apareció una mañana para reemplazar de golpe miles de años de caza y recolección. Fue un proceso largo, irregular y lleno de decisiones pequeñas: permanecer más tiempo en un lugar, almacenar alimentos, sembrar determinadas plantas o mantener animales cerca del asentamiento. El problema es que la arqueología rara vez conserva todas esas etapas dentro de un mismo lugar.
Coves del Fem, un gran abrigo rocoso de Ulldemolins, en Tarragona, constituye una excepción extraordinaria. Las excavaciones realizadas desde 2013 han documentado ocupaciones humanas relativamente continuas entre aproximadamente el 6000 y el 4500 a. C., un intervalo que abarca desde los últimos cazadores-recolectores del Mesolítico hasta la consolidación de las primeras comunidades agrícolas y ganaderas de la región.
La campaña de 2026 ha reforzado esa importancia. Debajo de las estructuras utilizadas por agricultores neolíticos, los arqueólogos encontraron dos niveles mesolíticos muy bien conservados con hogares, herramientas de piedra, huesos de animales y restos vegetales. No es una prueba automática de que ambos grupos convivieran, pero sí una oportunidad poco habitual para comparar sus formas de vida separadas por un intervalo relativamente reducido.
Ocho silos convertidos en basureros conservaron la vida cotidiana de los primeros agricultores
La ocupación neolítica pertenece a la fase cardial, llamada así por las decoraciones realizadas sobre la cerámica mediante la impresión de conchas y otros instrumentos. En este nivel, el equipo de la Universitat Autònoma de Barcelona y el CSIC identificó dos hogares y ocho grandes fosas excavadas en el suelo.
Esas cavidades habían funcionado originalmente como silos para almacenar alimentos. Cuando dejaron de resultar útiles, los habitantes las rellenaron con residuos domésticos: cerámicas decoradas, herramientas de sílex, restos del proceso de talla, huesos de animales consumidos, semillas y frutos carbonizados.
Lo que para aquellas personas era basura se ha convertido en un archivo excepcional. Las semillas pueden indicar qué plantas cultivaban o recolectaban; los huesos permiten estudiar la dieta y la gestión de los animales; las herramientas revelan cómo procesaban alimentos y materias primas. La posición de cada objeto dentro de los silos también ayuda a reconstruir cómo fueron utilizados, abandonados y rellenados.
La capacidad de almacenar comida representa uno de los cambios fundamentales del Neolítico. Permite planificar más allá del consumo inmediato, conservar excedentes y reducir parcialmente la dependencia de los recursos disponibles cada día. También exige permanecer cerca de las reservas, protegerlas y organizar su distribución.
Los nuevos agricultores no solo producían alimentos: comenzaron a modificar su relación con el futuro.
Bajo los agricultores aparecieron tres hogueras de los últimos cazadores-recolectores

La gran sorpresa estaba debajo. La excavación descubrió dos niveles mesolíticos especialmente bien preservados, con tres hogares asociados y una abundante colección de objetos de sílex, fauna y restos arqueobotánicos. En campañas anteriores, algunas estructuras neolíticas habían alterado las capas más antiguas; esta vez, los arqueólogos encontraron sectores capaces de conservar con mucha mayor claridad aquellas ocupaciones previas.
Los hogares pueden parecer estructuras sencillas, pero concentran buena parte de la actividad humana. Alrededor del fuego se cocinaba, se fabricaban herramientas, se procesaban animales y probablemente se compartían alimentos. Las cenizas, los carbones y los restos microscópicos permiten reconstruir qué combustible se utilizó y cómo era el entorno vegetal.
Las herramientas y los huesos ayudarán, por su parte, a entender cómo se desplazaban los grupos mesolíticos y qué recursos explotaban en el valle del Montsant. Eran comunidades cuya subsistencia dependía de la caza, la recolección y el aprovechamiento estacional del paisaje, pero eso no significa que vivieran vagando sin organización. Podían regresar periódicamente a lugares conocidos y mantener una relación compleja con determinados territorios.
La comparación entre ambos niveles permitirá estudiar qué cambió con la agricultura, pero también qué prácticas continuaron. La neolitización no tuvo por qué implicar la desaparición inmediata de la caza, la recolección o los conocimientos desarrollados durante generaciones.
Una cueva de 300 metros cuadrados contiene una historia que abarca miles de años
Coves del Fem se abre unos diez metros por encima del río Montsant y ocupa una superficie superior a los 300 metros cuadrados. Su secuencia arqueológica comprende desde el Paleolítico superior final hasta el Calcolítico, aunque el tramo situado entre 6065 y 4458 a. C. presenta una continuidad especialmente valiosa para estudiar la llegada del modo de vida neolítico.
El lugar ya había ofrecido una plaqueta de piedra con al menos seis animales grabados, atribuida a un periodo situado entre hace 15.000 y 11.700 años. Aquella pieza demostró que el abrigo había formado parte del paisaje humano mucho antes de que aparecieran la agricultura y la ganadería.
Ahora, los nuevos niveles permiten acercarse a una transformación menos visible que una pintura o una herramienta espectacular. Cuentan cómo cambió la manera de conseguir comida, organizar el espacio y permanecer en un territorio.
Coves del Fem no conserva el instante exacto en que un cazador decidió convertirse en agricultor. Conserva algo más realista: generaciones distintas encendiendo hogueras, fabricando herramientas, almacenando cosechas y dejando residuos en el mismo abrigo. Esas acciones cotidianas, acumuladas durante siglos, terminaron construyendo una de las mayores revoluciones de la historia humana.