China está preparando una de esas misiones espaciales cuyo funcionamiento parece brutalmente sencillo: alcanzar un asteroide, apuntar una nave contra él y estrellarla a una velocidad suficiente para modificar su trayectoria. Detrás de ese choque aparentemente primitivo habrá años de cálculos orbitales, navegación autónoma y observaciones destinadas a responder una pregunta crucial: ¿podríamos apartar una roca que realmente se dirigiera hacia la Tierra?
La última planificación conocida sitúa el lanzamiento en diciembre de 2027 mediante un cohete Larga Marcha 3B/E. Dos naves viajarían juntas hacia el espacio profundo. Una actuaría como observadora y la otra impactaría contra el objetivo en abril de 2029 a cerca de 10 kilómetros por segundo, unos 36.000 km/h. Comparado con la velocidad del sonido al nivel del mar, equivaldría aproximadamente a Mach 29, aunque en el vacío espacial no existe sonido y, por tanto, el número Mach solo sirve como referencia intuitiva.
El asteroide que pasaría a siete millones de kilómetros ya no parece ser el objetivo

El nombre 2015 XF261 aparece todavía en numerosos artículos y estudios sobre el programa chino. No es un error inventado: fue durante un tiempo uno de los candidatos más importantes para la misión.
Un trabajo publicado en Advances in Space Research diseñó posibles trayectorias para enviar en un único lanzamiento un impactador y una nave de observación hacia ese pequeño asteroide. 2015 XF261 ofrecía ventanas favorables en 2029 y 2030, cuando pasaría a unos siete u ocho millones de kilómetros de la Tierra, una distancia adecuada para medir desde nuestro planeta las consecuencias del choque.
Sin embargo, una presentación ofrecida en marzo de 2026 por Long Lehao, veterano diseñador del programa espacial chino, mostró un nuevo objetivo: 2016 WP8. Se trata de un asteroide cercano a la Tierra que completa una vuelta al Sol aproximadamente cada 341 días y cuya magnitud sugiere un diámetro posiblemente inferior a 40 metros, aunque su tamaño y estructura todavía no se conocen con precisión.
El cambio tampoco es el primero. Las planificaciones anteriores habían considerado sucesivamente los asteroides 2020 PN1, 2019 VL5 y 2015 XF261. Elegir un objetivo para una prueba de defensa planetaria exige encontrar una combinación muy concreta: debe ser alcanzable con el cohete disponible, pasar relativamente cerca de la Tierra, permitir observaciones posteriores y no presentar riesgo de que la misión pueda convertirlo en una amenaza.
Por tanto, los siete millones de kilómetros y el nombre 2015 XF261 describen una versión anterior del proyecto. La misión continúa, pero su blanco más reciente es otro.
Una nave observará el asteroide; la otra se convertirá en un proyectil de 36.000 km/h

El plan no consiste simplemente en lanzar una sonda a ciegas. La nave observadora realizaría primero una asistencia gravitatoria con Venus y llegaría hasta el asteroide a comienzos de 2029. Allí tendría que caracterizar su forma, movimiento, superficie y propiedades físicas antes del impacto. Meses después, la segunda nave chocaría contra él a unos 10 km/s.
Medir el objeto antes del golpe es fundamental. Dos asteroides del mismo tamaño pueden reaccionar de maneras completamente distintas. Una roca compacta podría absorber buena parte de la energía, mientras que una acumulación porosa de fragmentos (lo que los astrónomos denominan una pila de escombros) podría expulsar grandes cantidades de material.
Esos restos actúan como el escape de un cohete: al salir despedidos en una dirección, empujan el asteroide hacia la contraria y multiplican el cambio producido por el impacto. Sin conocer la masa, la densidad y la cohesión del objetivo, resulta imposible anticipar con exactitud cuánto se desviará.
La sonda observadora permanecería cerca para fotografiar el momento del choque, estudiar la nube de partículas y comparar la órbita posterior con las mediciones realizadas antes de la colisión. El programa científico chino ha planteado precisamente el desarrollo de instrumentos y técnicas capaces de medir el efecto del impacto y convertir esta demostración en una base para futuras misiones defensivas.
DART demostró que el golpe funciona, pero China quiere probarlo con otra clase de objetivo
La idea ya fue puesta a prueba por la NASA en septiembre de 2022. La misión DART impactó contra Dimorphos, una luna de unos 160 metros que orbita alrededor del asteroide Didymos. El golpe acortó su periodo orbital alrededor del cuerpo principal en aproximadamente 33 minutos y confirmó que un impactador cinético puede modificar de forma medible el movimiento de un objeto celeste.
China pretende repetir el principio, pero con una arquitectura diferente. DART golpeó un miembro de un sistema binario, algo que facilitaba medir el cambio observando cuánto tardaba Dimorphos en completar cada órbita. La misión china busca estudiar la modificación del recorrido heliocéntrico de un asteroide mucho más pequeño, siguiendo directamente cómo cambia su trayectoria alrededor del Sol.
También será una prueba de precisión extrema. La nave deberá localizar y golpear de manera autónoma un objeto de apenas unas decenas de metros, moviéndose ambos a velocidades enormes y a millones de kilómetros de cualquier intervención inmediata desde la Tierra.
Ni 2016 WP8 ni los candidatos anteriores han sido identificados como amenazas actuales. El propósito no es salvar el planeta en 2029, sino practicar mientras no existe una emergencia. Porque desviar un asteroide peligroso no requeriría una explosión espectacular: con suficiente anticipación, un cambio diminuto de velocidad podría convertirse, años después, en miles de kilómetros de separación respecto a la Tierra.